Los domingos eran sus días preferidos. Se quedaban en la cama hasta entrada la tarde. Desde ahí disfrutaban cómo se filtraba la luz del oeste a través del ventanal. El tiempo les huía y los sorprendía la intermitencia de los faroles de la noche. Un tema tras otro. Música, poesía, política. Silencios consentidos de besos largos y pegajosos. La discusión sobre el peronismo siempre los alejaba. T tomaba distancia. Mínima, medida en hálitos con sabor a sexo. Pensaba que así la discusión podía ser seria y sus argumentos mejor fundados. G retenía, brazos pulpos, mientras contrariaba a T. Como pez en una red, T ponía resistencia hasta que la discusión existencialista no iba a ningún lado. Dos salmones, por fin, se rendían al arrumaco cursi de una reconciliación mal actuada. Siempre muy malos intérpretes de los papeles que carteleaban. Las discusiones importantes, las que realmente los afectaban, ni siquiera merecían un título. Quien quisiera arriesgar horas de felicidad por nimiedades. Dos farsantes, reyes del melodrama. Para las cosas serias estaban los lunes. El agobio de la rutina. El peso del aplomo gris de la ciudad y su vaho de responsabilidades impostergables. Invenciones de un mundo que sólo valía la pena una vez por semana. Hablaban todos los días, o casi. Mensajes breves de presencia sin invasión. Detalles. Dos frases, una coma y un signo de interrogación. Con palabras mínimas, T y G sabían del día del otro. Todo era espera. Unos puntos suspensivos hasta el próximo encuentro dominical. Los silencios eran respuestas que se podían interpretar. Las onomatopeyas también. Uff, Aia, Wuow, deuss.

La relación comercial fue el principio. La cortesía fluyó hacia el devaneo. G odiaba a la gente que tenía frases de cabecera. T la tenía, lo cortés no quita lo valiente. Quién podría toda su vida tener los mismos sueños y usar las mismas frases. Una estática fidelidad incomprensible, en un mundo devenido en caos constante.

Había una rutina de mails que mantenía a raya la formalidad : Estimado; buenas tardes. Es un placer contactarnos nuevamente en relación al pedido oportunamente realizado… Jugaban a la burocracia de la sobriedad. Una exigencia tramiteril de cláusulas pactadas. Poco duró la farsa. Ante el pedido de confirmación de presupuesto, G contestó Confirmo a ciegas mi confianza en ti. Gracias por todo y te sigo a donde vayas. T enloqueció y fue corriendo al WhatsApp, VOS PERDISTE LA CABEZA, le gritó con la furia de caps lock. Una a una, las fichas como los días fueron cayendo derrumbando las horas de felicidad construidas. Mentiras brotaron de cada baldosa que pisaron. T lo miró con odio cuando empezó a explicarle. Con el odio a las cosas que alguna vez nos fueron amadas. G tenía esa mueca en el labio que siempre intentaba disimular. Como un guiño de boca. La desaprobación en forma de cara. Cuando acabó de hablar, solo atinó a decirle: Me dejás con las manos vacías. Las tuyas están llenas de decisiones que tomaste solo. Nos vemos cuando termine la cuarentena, se despidió T. G azotó la puerta como tormenta de verano. Después, la calma. Pero de esas que dejan el ánimo astillado como botella con líquido. T se decidió a juntar las esquirlas solo cuándo supo que no había retorno. Un pequeño bucle de tiempo se formó en el piso. La nada lo absorbió todo. Ya eran agujero negro, devoradores de mundos.

Un lunes, después de muchas semanas, llegó un mail. T escribió perdón en el asunto y en el cuerpo solo repitió: Perdón, no pude hacer las cosas de otra manera. Te pido perdón. Tres veces tres. G contestó: Terminaste siendo un libro abierto de palabras atolondradas. Amontonamiento de oraciones unimembres. Un sin sentido. Un final esperado de frases hechas. Salameras. Estropeadas de tanto uso. Gastadas todas las letras, solo te quedó el llanto como recurso. No te molestes en contestar. Ya sos spam.

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NOELIA GUERRERO
Que explote desde la hojarasca esta resistencia primaveral. No hay invierno que dure 100 estaciones, ni pueblos que lo soporten. Saltemos sobre esta mojada realidad el pogo más grande del mundo.

9 COMENTARIOS

  1. Te lo dije en alguno de esos comentarios que quedan dando vueltas en algoritmos que viven modificando rutas de información pero que por suerte podemos utilizar a nuestro favor al encontrarme con estos relatos. Esa interioridad es maravillosa.

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