Desde las ruinas de una humanidad postrada por la guerra y la miseria, el poeta Giuseppe Ungaretti se aplicó profundamente a lograr una expresión lírica
contundente y profunda.
Despojada de excesivas descripciones o incluso de anécdotas. Como si buscara llegar al hueso del asunto del lenguaje.

Aquí llega el poeta
y después vuelve a la luz con sus cantos
y los dispersa.

De esta poesía
me queda
esa nada
de inagotable secreto

Se vuelve resignificado de las navegaciones poéticas. Como el crítico José María Valverde afirmó, la filosofía son naufragios sobre la piel del caos, y en la experiencia poética hay algo de ese deambular hacia el fondo. De allí se retorna quizá con una sabia desconfianza por la palabra, tan contaminada por los usos periódicos, por las orientaciones publicitarias y la entronización de la comunicación instrumental. El problema del lenguaje es en Ungaretti algo que va más allá de una poética, tiene que ver con la condición rota del existente humano.

«El hombre, me parece, no atina más a hablar. Hay una violencia en las cosas que se convierte en su propia violencia y le impide hablar. Una violencia más fuerte que la palabra. Las cosas cambian y nos impiden nombrarlas y permitir a los otros gozar de ellas».

Si ese status de permanente mutación, de constante fosa de aire sobre la que intentamos construir contratos con lo real es insuperable (como parece sostener el poeta) habrá que conformarse con aproximaciones, allí donde las cosas ya no están, ya son otras. Hay un permanente componente elegíaco en toda la poesía del autor.

Adorna las cosas una amplia monotonía de ausencias
Ahora es una pálida envoltura
El azul oscuro de la profundidad se ha roto
Ahora es un árido manto

«El arte de hoy sangra de una herida que no es otra cosa que su injusta impotencia» había dicho este poeta nacido en Alejandría en 1888. Testigo de las
guerras y los desplazamientos empujados por el hambre, los totalitarismos, el vaciamiento ético de occidente. Hay en esas palabras un poco de aquella intuición que el chileno Zurita compartiera hace poco tiempo, quizá la humanidad que vio nacer el lenguaje poético, los cantos, los himnos como articulación del mundo y de la interioridad, se encuentra en sus momentos finales. Un modo de ser que se extingue inexorablemente. Otros modos de expresar la ruptura entre naturaleza y sujeto vendrá a remplazar la voz del poeta, quizá ya ha ocurrido. Y frente a eso, apenas queda intentar que las últimas voces entonadas sean lo más prístinas y dignas que sea posible. «Hoy que la poesía se desespera por tornar visible, y hacer arder sobre ella misma, en un relámpago, toda la memoria humana, ¿podrá encontrar nunca una forma tan sintética que pueda responder a las impaciencias de tanta brevedad?»

El tiempo está mudo

El tiempo está mudo entre cañas inmóviles…
Lejos del muelle erraba una canoa…
Extenuado, inerte iba el remero…Los cielos
ya decaídos en abismos de humos…

No supo
Que la misma ilusión son mundo y mente,
Que en el misterio de las propias olas
Naufraga toda voz terrena.

Lejos

Lejos lejos
como a un ciego
me han llevado de la mano

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