Ilustración: Noelia Guerrero.

No comprendí la decisión. Me costaba compartirla. Supongo que el miedo a que siendo tan pequeña, de edad y contextura, le ocurriera algo me hacía prudente frente a tamaña afirmación. Finalmente me plegué a la alegría generalizada cuando Mora nos informó que estaba embarazada. Acompañé su proceso de empollación día tras día. Su cuerpo fue mutando para que creciera una persona dentro de sí. Sabía mucho al respecto de la metamorfosis pero mi saber se limitaba solo a la acumulación de conocimientos teóricos apilados en cúmulos de libros de medicina. La cuestión práctica, empírica de la sucesión de fenómenos que atravesaba ese cuerpo me resultaba fascinante. El abultamiento conforme pasan las semanas en forma de cuerda del cuerpo flaco y escuálido de Mora. Luego como un nudo en la mitad de ella fue tomando forma de pelota, primero de fútbol y casi al final como una de playa. El ser en cuestión midió y pesó, mas de lo que Mora podía soportar. Una cesárea de apuro. La cría quería salir. Ya no tenía suficiente espacio. Los dolores de parto comenzaron un jueves a la madrugada. La obstetra no quiso exponerlas a más sufrimiento, a las 6:00 am. decretó que iban a cirugía.

Alba, nació con el sol de las 7:18 hs. de un jueves 12 de octubre. Pataleando, a los manotazos y a puro grito de pulmón se abrió paso en este mundo ensangrentado como ella. Cuando se calmó sus ojos eran ventanas abiertas que de tanta oscuridad podían reflejar la propia luz de cada cosa donde los posaba. Esa capacidad para absorberlo todo, como si lo entendiera con solo mirarlo, siempre me sorprendió a lo largo de lo que acompañé de su vida. Alba sólo tenía que mirar algo con su profundidad de abismo para asimilar el funcionamiento de los objetos, de las personas y sus rituales, de cómo funcionaba cada
engranaje en este sistema perverso al que había venido a parar.

Mi trabajo me permitía pasar mucho tiempo en mi casa. Así fue que dedique mucha parte de él a cuidarla. Mora tuvo que trabajar casi inmediatamente luego de parir. El que aportó el semen, se borró ni bien ella le informó que pensaba seguir adelante con el embarazo. Mora puso el cuerpo una vez más para que a Alba no le faltara nada. Una amplia red de crianza de amigas, abuelas y tías postizas hizo el resto. Aun así, el núcleo fuerte éramos nosotras tres. El triangulo de las bermudas retroalimentándonos, sosteniéndonos y criándonos a la par. Alba me ayudó a ser una tía, una mejor. No solo de esas que adoptan a los hijos de las amigas y los amigos regalando un pequeño tiempo y millones de juguetes con sonidos, sino una de verdad. De las que aprenden y deconstruyen formas de crianza. También a ser una hermana más amorosa, menos exigente y mas compañera.

Alba casi no emitía sonidos al principio. Solo demandaba lo que necesitaba sin tener más que exponer unos mínimos balbuceos que se hacían entender perfectamente. Al principio solo lo más básico y primigenio: comer, cagar, dormir y cariño. Creo que casi en ese orden. El resto era sueño profundo de sonrisas y a veces de pucheros.

Como comunicadora social, parte de mi trabajo era mirar constantemente noticias. El mundo se iba al tacho. Masacres, quemas de bosques, la tierra azotándonos en tifones, terremotos y tsunamis. Incluso los propios animales a los que destruimos y extinguimos nos provocaban enfermedades, pestes y ataques. Nos lo merecíamos. Mirarla dormir era un placebo al alma. La esperanza de mínima de querer construir y dejarle un mundo más amable o al menos uno con mayor equilibrio donde las niñeces pudieran convivir con todo lo que habita sin destruirlo. El estrés ondulaba entre el insomnio y pesadillas vívidas en las que la pachamama destruía a los humanos, y con justa razón. Alba se convirtió en mi causa. Estaba empecinada en hacer que entendiéramos que no había vida posible si los únicos que finalmente poblaran la tierra fueran los humanos. Así comenzó mi militancia en organismos que defendían la vida silvestre, los bosques y humedales, y todo aquello que hacia nuestra vida un poco mejor y de la que solo nos ocupábamos como depredadores de cazar y destruir.

Alba caminó a los 9 meses. Al año dejó los pañales y hablaba a la perfección. Su precoz aventura nos valía el mote de la súper estimulación de nuestro entorno afectivo. Se comunicaba con todo lo que podía responderle e incluso con los seres que no hablaban, aparentemente, su mismo idioma. A veces me la encontraba charlando con palomas de la plaza, gatos y perros, arañas y bichos bolitas. Frente a todo pronóstico, todos parecían responderle de algún modo. Aleteos, movimientos de patas, ladridos, maullidos y ululeos. Uno de sus pasatiempos preferidos consistía en acariciar árboles y flores. El balcón poblado
de macetas aumentó de manera descontrolada. Alba trasplantaba cada brote que encontraba en cada caminata de vuelta a la casa. Sus manos transmitían tal energía que cualquier gajo, por pequeño que fuera, crecía con una fuerza descomunal. Ese pequeño espacio a la intemperie que llamábamos balcón, pronto se convirtió en su selva personal. Tuvimos que hablar al respecto una tarde que llegó la queja del consorcio que las enredaderas estaban tomando parte del muro de la fachada y varios balcones vecinos. Llegamos al acuerdo de comenzar a regalar algunas plantas para poder seguir cuidando otras, una vez que haya lugar. Alba a regañadientes accedió solo con la condición de dárselas a quienes pudieran cuidarlas y brindarles la atención, y el amor que ella les
propinaba. Cada visita a la casa era bendecida con un souvenir que Alba elegía dando indicaciones de cantidad de agua, limpieza de hojas y tipo de sol, fuerte o suave, que necesitaba la habitante. Esto iba acompañado, cuasi como amenaza en las ocasiones que el visitante no fuera de su total confianza, con la advertencia de la responsabilidad que estaba adquiriendo.

Su carácter, ya decisivo, a sus cortos 6 años, nos ponía a veces en bretes con respecto a su educación. Convivíamos con sus pareceres apegadas a las reglas de una vida sana y la conexión con todo el entorno. En nuestras largas horas de convivencia diurna compartíamos las noticias que eran parte de mi trabajo: “millones de hectáreas se queman en la Amazonia”, “Cientos de personas trabajan para apagar los focos de incendios en Córdoba y los humedales argentinos”, “Los incendios provocados en San Francisco deja al descubierto el negociado de las tierras” “Miles de animales son encontrados entre las cenizas”. La angustia manifiesta de Alba, incluso en llantos descontrolados o ahogos repentinos, frente a todo lo que se refería a las tragedias ambientales, me llevó a hacerlo en forma privada. No podía protegerla del horror de la humanidad, pero al menos podía mirar esas noticias desde mi computadora en mi habitación para evitar su dolor frente a tanta desidia.

Alrededor de sus 8 años Alba comenzó a tener terrores nocturnos. Nos despertábamos con sus gritos en medio de la noche. Jamás había tenido mal sueño. Este cambio abrupto nos llevó a conversar con especialistas, sus maestras y directivos de la escuela a la que asistía. Nos informaron que de un tiempo a esa parte, Alba estaba menos animada, ya no jugaba en los recreos con sus amigos y no prestaba atención en clases. Se la pasaba dibujando solo en diferentes tonalidades de grises y negros un sin fin de catástrofes. Al preguntarle por los garabatos siempre expresaba que era el fin del mundo. Una especialista del sueño comenzó a tratarla. Acompañamos su proceso muy angustiadas y preocupadas. Mora dejó horas de trabajo y pasábamos mas tiempo juntas. Hacíamos pijamadas para poder dormir todas y poder tranquilizarla más rápidamente en sus despertares tormentosos. De a poco fue consiguiendo la paz y nosotras con ella. Me angustiaba particularmente, dado que me consideraba culpable en parte por su malestar. Tantas horas de televisión consumiendo la basura en la que se estaba convirtiendo el mundo me pesaba a mi como adulta mas o menos mayor, ¿cómo no iba a atormentar a quien no estaba acostumbrada al horror
humano y llevaba menos tiempo en este universo?. Una de las últimas noches que compartimos el descanso, Alba se despertó en la mitad de la noche tomándome de la muñeca con una fuerza que no le conocía y no se condecía con su edad. Tardó en reaccionar antes mis gritos. Me soltó pero su mirada seguía en el terror del sueño. Hice té para ambas y le pedí que me contara que había soñado. Jamás le había preguntado por sus tormentos. Temía que fueran los propios y que de algún modo que desconocía fuera la culpable de transmitírselos. Alba estaba calma, sostenía su taza preferida de flores azules con las dos manos. Como si a través de la cerámica pudiera adquirir el valor para contarme lo que iba a relatar. Me dijo que en su sueño era de día y que eso la había sorprendido, pues siempre sus sueños estaban sumidos en la más oscura noche. Me confesó que quizás que fuera de día era lo que más la asustaba. Ese cambio a lo diurno lo hacía más real que de costumbre, supuse. Alba dijo que ella, Mora y yo caminábamos hacia la Avenida principal de la esquina de nuestra casa. Hacíamos ese camino a diario para hacer compras o llevarla hasta la puerta de la escuela pública a la que asistía desde siempre. Tía, estábamos esperando el semáforo cuando el aire se empezó a ver raro, como si entráramos a la fuerza a otra realidad. En ese preciso momento un helicóptero frente a las frenadas de los automovilistas imprevistos se desparramó en el medio de la avenida. Todo se detuvo. Los carteles luminosos, semáforos, todo lo que implicara energía eléctrica dejó de funcionar. Nos miramos entre las tres y corrimos con dificultad hacia la puerta del edificio. Comenzamos a sentir mucho frío e inmediatamente empezó a nevar. Llegamos justo a la entrada cuando un diluvio de baldes caía del cielo. Empapadas subimos los tres pisos que nos llevaría a nuestro departamento mientras el agua subía de manera peligrosa peldaño por peldaño. Los gritos de los vecinos desesperados por la sorpresa se fueron callando a medida que el agua tapaba los pisos. Un vecino gritó que fuéramos a la terraza antes de que el agua siguiera subiendo. Observamos los pies presurosos en espiral, contó con sus palabras de niña adulta, Alba. Fue ahí donde las tome a vos y a mamá para mostrarles desde la ventana como unos seres que parecían hechos de plantas y agua desprendían de su manos lo que estaba provocando la inundación. Fluían con sonrisas y ojos cristalinos nuestra perdición. El agua ya nos llegaba hasta los tobillos así que subimos a la terraza junto a los vecinos. Los edificios mas bajos ya habían sido tapados. Algunos carteles flotaban en ese mar de aguas turbias y arremolinadas. En el horizonte límpido, un gris plomo de lluvia y los rascacielos que aún persistían. Luego la negrura de una ola monstruo que se acercaba nos paralizó. Nos vi tomadas de la mano, sin gritar, solo mirando como nos tragaba ese final. Ahí me desperté. Me quedé en silencio sosteniendo la taza en el aire a medio camino entre la mesa y mi boca semiabierta. Estupefacta, asustada y muda. Alba había logrado transmitirme exactamente en imágenes su sentir. Viví su relato como una película en la que yo era, también, la protagonista. ¿Tía, estás bien?. Asentí con la cabeza y bajé la taza. La tomé de la mano y mirándola a sus ojos negros de abismos le dije: Te prometo que es solo un sueño Alba. Nada de esto va a pasar. Tranquila. Vamos a tratar de dormir un poco, mañana tenes que volver a la escuela.

Los rayos del sol me pegaban en la cara. Desperté a Alba con un terremoto de besos y cosquillas. Desayunábamos cuando Mora entró de la calle con el peso de la noche en la cara pero sonriente. Le gritó a Alba con entusiasmo si ya estaba lista para volver a la escuela. Alba con su voz de gorrión levantó los brazos y le contestó con una sonrisa ¡estamos listas! Siempre incluía a una multitud en sus exclamaciones y a mi me hacía mucha gracia. La pluralidad de la reafirmación de la colectividad en la niñez es maravillosa. Salimos a horario. Alba iba en medio de las dos. Nos cruzamos con el portero en el segundo piso tratando de arreglar el ascensor. ¡Buen día! Esta porquería se atoró otra vez, y las tres le contestamos ¡Buenos días Adolfo! en coro. Tomamos la calle disfrutando del sol y el leve calor de septiembre. La calle aún estaba tranquila pese al tránsito. Llegamos a la esquina esperando el semáforo para cruzar la avenida. Me distraje con una columna negra de hormigas que a toda marcha corrían por el borde la bocacalle. Un estruendo en el medio de la avenida me cortó la respiración.

Lo último que recuerdo es a Alba tirando de mi mano gritándome y repitiendo ¡Me lo prometiste!.

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NOELIA GUERRERO
Que explote desde la hojarasca esta resistencia primaveral. No hay invierno que dure 100 estaciones, ni pueblos que lo soporten. Saltemos sobre esta mojada realidad el pogo más grande del mundo.

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