Aunque no sea una buena manera de comenzar una historia, no tengo más opción que pedirle a usted, lector, que me crea. Así es, sin otro preámbulo necesito pedirle que crea en cada una de mis palabras ya que son estas las únicas que tengo para expresar aquellos hechos de los que me ha tocado ser testigo. De lo contrario (en caso de que usted no se considere poseedor de la credulidad necesaria), me veo en la obligación de pedirle con el mayor de mis respetos, que abandone la lectura de este humilde opúsculo. La vida, comúnmente juzgada corta, se vuelve demasiado larga y pesada si se acumulan las frustraciones, siendo estas las únicas sensaciones posibles ante la incredulidad del interlocutor de aquel que cuente una historia. Mucha más experiencia de la que me gustaría es la que tengo en estos asuntos de las frustraciones.Y muchas de estas como resultado de los rostros y las miradas de aquellos que ante la desconfianza de la veracidad de mis palabras solo accedían a disponer de una sonrisa condescendiente, terminando por sellar así tanto mi frustración como la suya. Son estos, entonces, los motivos que hoy me impulsan a dejar por escrito aquellos acontecimientos que tal vez el tiempo juzgue irrisorios, pero no seré yo quien lo haga.

Hoy ya solo soy un hombre jubilado a los placeres fieles de la lectura y la buena compañía de mi familia; un hombre muy conforme de su paso por la vida pero que, a pesar de la irreductible casuística que coloca menos años en mi futuro que en mi pasado, no miro con nostalgia los días de antaño ni tampoco me falta entusiasmo cuando pienso en mis días venideros.

Era el año 1980 y habían pasado más de ocho meses desde que me quedé sin trabajo después de que el ramal en el que me tocó ser maquinista durante toda mi vida laboral había cerrado. Mi hijo mayor tenía solo seis años y si bien con el sueldo de docente de mi mujer nos manteníamos, la situación económica era muy apremiante. Un día vino mi padre -ferroviario él también- y me sugirió que vaya al sindicato. Solo podían ofrecerme un trabajo temporal como guardavidas de la pileta del club, lugar al que yo había ido algunos años en mi infancia. Se había liberado el turno de la mañana y necesitaban a alguien que pueda cubrir esas horas, al menos por un tiempo ya que si bien yo siempre fui un eximio nadador, no tenía experiencia alguna como guardavidas. A pesar de que la paga era baja acepté enseguida dado que la falta de actividad ya comenzaba a afectar tanto mi bolsillo como mi humor. Esa misma tarde, el guardavidas del otro turno me tomó una prueba en la misma pileta en la que aprendí a nadar cuando era niño, y a los pocos días ya estaba allí sentado en la reposera de lona y metal, justo al lado del panel en el que se colgaban todos los carnet de los socios que venían a nadar. La mayor parte del tiempo consistía en estar sentado corroborando que los carnet tengan la revisión médica al día, y mis mayores intervenciones aparecían cuando algún chico corría cerca de la pileta -algo peligroso y prohibido-, a lo que yo advertía con mi silbato. De todos modos no era un horario en que se vieran muchos chicos -a excepción de los sábados- ya que yo debía cubrir la franja entre las cinco de la mañana y la una del mediodía. Los que sí venían sin falta todos los días eran “Las autoridades”, dos chicos de unos diez años que salían del colegio de la otra cuadra a las doce del mediodía, venían directo al club y, a pesar de que se cambiaban en el vestuario con la ropa de la pileta nunca entraban sino que se sentaban delante del pequeño televisor que don Pedro, el encargado, tenía en el mostrador de entrada al vestuario. Todos los socios que entraban conocían a esos dos chiquitos que con total sobriedad se pasaban las horas sentados hablando entre ellos y observando cualquier evento deportivo que haya sido transmitido. Ese mismo año se disputaban los Juegos Olímpicos de Moscú, y a pesar de que la junta militar que ejercía el poder en ese entonces se había sumado a la lista de países correveidiles que negaron la presencia de sus deportistas en los Juegos, esto no fue motivo de inhibición para “las autoridades” que se pasaban horas extrayendo juicios de todas las disciplinas que lograban ver en las transmisiones, y con el paso de los días se fueron ganando su apodo. Don Pedro, que iba y venía mientras trabajaba como único encargado de los tres pisos que tenía el club, se les acercaba y los saludaba: -¿Cómo andan las autoridades? ¿Algún récord nuevo? -exclamaba solo para reírse con algún otro socio que oficiara de cómplice, ya que nunca recibía respuesta de los chicos.

Nunca había sido un gran aficionado del deporte olímpico ni mucho menos, pero a veces solo por esa curiosidad que me generaba estar temporalmente vinculado al deporte, me quedaba algunos minutos después de mi turno mirando algunas de las disciplinas. Había algo también muy entretenido, algo hipnotizante en el movimiento de los socios que entraban y salían de los vestuarios, yendo a las duchas, con ese sonido tan reverberante que hacía que todas las voces de los que allí estaban aparezcan como al mismo tiempo sin importar cuán antes o después haya hablado cada uno, como si fuera una especie de magma, o un microclima propio, muy húmedo y sin que jamás ingrese el mínimo rayo de luz solar. Muy distinto era a la mañana temprano cuando me tocaba llegar y solo estaba don Pedro que parecía nunca irse del club, ni para dormir. El silencio era absoluto en los vestuarios y solo se cortaba cuando yo encendía las luces y el filtro de la pileta, cerca de las cinco y cuarto de la mañana. Nunca llegaba ningún nadador antes de las cinco y media, momento para el cual yo estaba ya muy acomodado en la reposera de metal con el silbato colgando de mi cuello. Rondando las seis ya se podía ver cómo entraba la señora María Elena R. de Gutierrez (o al menos eso decía en su carnet), caminando con marcada parsimonia y casi sin elevar los ojos del piso, en parte por el temor a caerse en la superficie húmeda que rodeaba la pileta, y en parte también por una eminente curvatura de su espalda. Y a las seis y media en punto, todos los días, se escuchaba la puerta del vestuario rechinar para que la atraviese él; el hombre que motiva esta historia. César García. No medía más de 1.65 mts., y tampoco su peso sería inferior a los 80 kilos. Su incipiente calva aparecía circundada entre los pocos pelos grises como la ceniza que le afloraban de la coronilla y aquellos que colgaban desde su nuca. Una cadena de plata colgaba de su cuello, con un dije que se perdía entre el tupido y enrulado pelo del pecho que se conectaba con unas acolchadas hombreras de pelo que apenas se aplastaban bajo el efecto del agua de la ducha previa a la zambullida. El andar cansino del rechoncho César García se sostenía sobre las sufridas suelas de unas ojotas ya desvencijadas por el uso y el peso de aquel hombre al que cada paso parecía costarle demasiado. Según su carnet, el 5 de agosto cumpliría 54 años, pero nada de esto parecía corresponder, ni mucho menos anticipar, aquello a lo que se asistía cada mañana cuando el rechoncho César entraba en comunión con las aguas de la pileta de aquel club en el que el destino me había puesto. Los primeros días, con los nervios y la ansiedad de un nuevo trabajo, apenas advertí su presencia. Sin embargo, no tardó en llegar la mañana en la que noté que algo más sucedía con el rechoncho César. Esa primera vez fue sólo una sorpresa, una llamada de atención al advertir un fenómeno singular
que se manifestaba ante mis ojos. Al día siguiente constaté que no se trataba de una simple confusión de mi percepción aletargada durante esas primeras horas del día, ni tampoco el aburrimiento ni el sopor que me provocaba aquel trabajo que aún no conseguía acostumbrarme a su monotonía. Esa mañana no lo advertí al pasar, como la primera vez, sino que me dispuse a observar detenidamente cómo el rechoncho César fluía sobre la superficie del agua, como si las partículas de su propio cuerpo se hubieran compuesto por las mismas que la de aquel medio acuoso; medio por el cual se transportaba de una punta a la otra con una armonía y velocidad que destacaban a la vista. Brazada tras brazada iba y volvía a lo largo de los veinticinco metros que tenía la pileta manteniendo un ritmo tan regular y continuo que provocaría sospechas de algún artificio ante la mirada de cualquiera. Al cabo de una media hora el rechoncho César emergía a la superficie subiendo las escaleras, y retomaba toda su torpeza inicial. Era como si su estado original correspondiera a un medio acuoso y no a la atmósfera que nos rodea en la superficie. Cada mañana crecía mi desconcierto ante ese fenómeno, y se volvía aún mayor al contrastarse con la notoria impasibilidad que destilaba el rechoncho César al dirigirse de vuelta hacia el vestuario luego de tomar su carnet del panel mientras me saludaba con un gesto de su cabeza a la vez que comenzaba a secar su voluptuoso abdomen con una toalla.

Los días pasaban y, exceptuando algún que otro comentario a mi mujer sobre el rechoncho César y su extraña habilidad acuática, día tras día sólo me limitaba a observar el fenómeno. Hasta que un mediodía, al finalizar mi turno, se me ocurrió algo. Iba saliendo del vestuario cuando me detuve frente a “las autoridades” que miraban la televisión: ¿Ya hubo prueba de natación? -les pregunté. Sí, ganó un alemán. – me contestó uno de ellos sin sacar los ojos del televisor. Efectivamente, la medalla dorada de los 100 metros libres en los Juegos Olímpicos de 1980 se la había llevado Jorg Woithe, un nadador oriundo de Alemania Oriental, con una marca de 50 segundos y 40 milésimas.

Enseguida le pregunté a don Pedro si tenía un cronómetro para prestarme pero me dijo que no tenía, que le pida a Bruno el guardavidas del turno tarde. Así fue entonces que lo esperé a Bruno para pedirle y él accedió, aunque con cierto recelo ya que tal vez era demasiado nuevo para andar de mangazos. De todos modos, esa misma tarde probé el cronómetro y aprendí a usarlo mientras volvía en el colectivo hacia mi casa.

A la mañana siguiente ya tenía el cronómetro preparado entre mis manos cuando a las seis y media en punto volvió a rechinar la puerta y el rechoncho César hizo su entrada habitual. Se zambulló y lo dejé hacer un calentamiento -como si fuera necesario-, hasta que finalmente me decidí por presionar el botón justo cuando sus pies golpeaban la pared del borde para volver a salir. Como se trataba de una pileta semiolímpica (lo que correspondía a una longitud de 25 metros por cada vuelta) apenas pude pestañear cuando vi que el cuerpo del rechoncho César llegó al final de su primer largo con una marca de 12 segundos y 30 milésimas, lo cual si se multiplicaba por las cuatro veces que debería recorrer para llegar a la distancia de 100 metros, lograba sacar una ventaja de 1 segundo y 20 milésimas por sobre la marca del alemán. Eso hubiera sido lo más sorprendente si no fuera que para el momento en que concluyó la cuarta vuelta, el rechoncho César había conseguido no sólo sostener el ritmo sino acelerarlo. 47 segundos con 30 milésimas le había llevado recorrer los 100 metros que el alemán había conseguido hacer en 50.40. ¡Más de tres segundos de diferencia! El rechoncho César, ahí en la pileta del sindicato en el que yo mismo aprendí a nadar, había conseguido superar por mucho la marca del último campeón olímpico. Cuando salió del agua, y a medida que se acercaba para retirar su carnet, eran muchos los pensamientos que cruzaban por mi cabeza, pero primaba en mi la sensación de impavidez, de incertidumbre extrema. ¿Habré usado bien el cronómetro? ¿No habría alguna variable que mi inexperiencia en ese mundo del deporte me estaría ocultando? Mientras el agua chorreaba del cuerpo del rechoncho César a cada paso que este daba, mi entendimiento no podía encontrar un elemento o alguna causa que advirtiera un error o alguna falta de precisión de mi parte. Pero para cuando él tomó su carnet y me saludó con el habitual gesto de su cabeza, la inseguridad me dominó y me dije que debía confirmarlo a la mañana siguiente. El resto de la mañana y de la tarde la pasé pensando en qué decirle al día siguiente cuando confirmara los resultados de esa mañana. Y para cuando terminó mi turno, todavía seguía muy pendiente del tema como para irme sin más, así que decidí acercarme a don Pedro y preguntarle si conocía al rechoncho César: Sí, claro. Viene hace años al club. Es tallerista, creo que por allá, por la zona de Remedios de Escalada. Nada bien eh… – le comenté. Y, sí, no me extraña si viene hace años. Hace un tiempo hasta estuvo en la comisión directiva del club. Creo que era delegado.- me dijo don Pedro mientras doblaba toallas y las guardaba en un canasto, a la vez que atendía a los socios que entraban y salían del vestuario.Me dió la sensación de que ya no quería seguir hablando, así que le pedí que le avise a Bruno que mañana a la tarde le devolvería el cronómetro y me fui con el entusiasmo de repetir la prueba a la mañana siguiente.

Y es ahora, estimado lector, que retomo aquellos asuntos de las frustraciones. Como le anticipé, mi experiencia es múltiple a estos respectos, pero sin dudas esta fue la más grande de las que me han tocado. Porque a la mañana siguiente, mi entusiasmo se fue diluyendo con el paso de las horas que a medida que se sucedían constataban con mayor firmeza la idea de que el rechoncho César ya no iba a venir. Y así fue también la mañana siguiente, y la que le siguió a esa. Nunca más lo volví a ver. Y nunca más nadie lo volvió a ver. Pero eso ya queda para otra historia; una historia que no tengo que pedirles que me la crean.

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