Ferlinguetti y la situación cultural nacional

Esta debía ser una nota referida a la reciente desaparición física, a los 101 años del mítico poeta, editor y militante Lawrence Ferlinguetti; algo así como “entrada en la eternidad del último de los poetas beats” o “el mundo de la cultura llora la desaparición de uno de sus últimos pesos pesados”. Sin embargo, entre la multitud de reseñas producidas en la actualidad abunda el comentarismo irreflexivo de lo que ocurre o se publica o se reedita o se premia. No tenemos intenciones de sumar una carilla más en ese sentido. Preferimos abordar la siguiente pregunta. ¿Qué es lo que desaparece del mundo literario-poético y editorial (en su generalidad) con la muerte de Ferlinguetti? Y aún más, porque tenemos vocación de localistas, porque pensamos que hay que problematizar el entorno más cercano para desde ahí preocuparse por lo global ¿Qué es lo que la desaparición de esa figura tiene para decirnos al ambiente literario y artístico nacional?

Lawrence Ferlinguetti fue pionero de lo que se denominó generación Beat. Como editor se encargó de publicar algunos de los grandes hitos de los poetas agrupados bajo esa denominación; valga como ejemplo la edición de Aullido, de Allen Ginsberg, que le valió un juicio por obscenidad pública. Lo que nos interesa destacar es que como editor, y también como autor se caracterizó por una clara postura ética contracultural, comprometida, profundamente política sin lugar a medias tintas. No solamente fue el más longevo de los escritores de la generación beat, sino que incluso cuando algunos de ellos aún estaban vivos, fue el que llevó de una manera consecuente y comprometida, una determinada ética política contracultural y anti sistema en el corazón de la gran bestia del norte. Mientras muchos otros (o casi todos) eran fagocitados por la industria cultural, docilizados, neutralizados. Apenas unos años atrás, en una entrevista para el periódico español “La Vanguardia” afirmaba que “La poesía debe comunicar con la gente, este no es momento para una poesía minoritaria. Es un lujo que no podemos permitirnos mientras contemplemos como arde Roma”. Y a continuación, cuando el periodista pretende darle un baño de realidad, porque los setenta quedaron lejos y este es un mundo distinto, depurado de las asperezas del fantasma que recorrió europa y de los populismos sudamericanos, el poeta reafirma “De ningún modo, la situación actual es muy semejante a la que vivimos antes de 1950, antes de la revolución poética de San Francisco. No podemos conformarnos con ser poetas de salón. Se escribe mucha poesía sobre la poesía, mucha poesía sobre el lenguaje y naturalmente, nos lamentamos -como ha hecho recientemente la revista Atlantic Monthly- de la desaparición del público que lee poesía. El público desaparece porque los poetas no le dicen nada importante”.

¿Y por casa cómo andamos?

¿Cómo puede ser que la realidad ardiente de la calle, los temas urgentes que nos sitúan al borde de una crisis sistémica planetaria, las grandes preguntas de fondo por la continuidad o no de la especie humana sobre la tierra, depredada por un capitalismo sin límites o la propia continuidad de la vida, no encuentra eco en la obra de los artistas? O si lo hace no pasa el filtro de quienes deciden qué se debe leer y que no. ¿Cómo es que no podemos salir del ombliguismo de las literaturas y visualidades del yo en sus variantes más superfluas?

En términos culturales todavía vivimos en los 90’s.

La década del 90 en nuestro país y en el mundo escenificó la cristalización de los valores neoliberales que se venían intentando imponer desde mediados de los años 50 con distintas variantes. En nuestro país, tanto el proceso de “desperonización” iniciado por la “fusiladora” en 1955, como las sucesivas e intermitentes dictaduras militares de la década del 60 que sucedían a gobiernos títere con el peronismo proscripto, desplegaron ese proyecto en lo económico aunque se vieron impedidos de imponerlo en función de la relación de fuerzas del movimiento obrero. Recién mediante la brutalidad genocida y sistemática de la última dictadura militar, lograron generar las condiciones de posibilidad (sobre tierra arrasada: 30000 desaparecidos, proscripción del peronismo, sindicatos intervenidos) para refundar la sociedad sobre líneas fuerza completamente alineadas al proyecto neoliberal. Paco Urondo es asesinado en Mendoza por un grupo de tareas de la dictadura; lo mismo ocurre con Miguel Angel Bustos; Haroldo Conti; Rodolfo Walsh. Todos ellos escritores y militantes políticos de organizaciones revolucionarias (Montoneros y ERP). Decenas de poetas, escritores, artistas son expulsados al exilio. Durante años la vida cultural de nuestro país vivirá de espaldas a sus producciones. Algo se quiebra en esa generación masacrada, censurada y proscripta.

1983

Cómo alguna vez señaló el gran ensayista Nicolás Casullo el retorno democrático del año 83 tuvo de todo menos de retorno. Hubo una continuidad de las reglas de juego triunfantes con la dictadura más ciertas “aperturas” democráticas en el marco de una sociedad, que en lo profundo, ya se encontraba atravesada por la filosofía neoliberal. Y entonces llegó el menemismo a culminar, con el partido de mayor representatividad política y social del país cooptado, la definitiva refundación neoliberal de la sociedad argentina. Usando distintos instrumentos en lo económico, como los retiros voluntarios y despidos masivos de trabajadores industriales, la desregulación de importaciones y de las retenciones a la producción agraria, la liberación impositiva para las grandes empresas; se indujo una mayor concentración del capital y al mismo tiempo una definitiva transnacionalización del mismo. Florecieron los kioskos, las canchas de Paddle, los videoclubes y más tarde las remiserías, como producto del “capital” invertido por los ex trabajadores industriales o estatales con unos mangos en el bolsillo de sus retiros voluntarios o exangües indemnizaciones. La retórica neoliberal aseguraba que a partir de ahora se convertían en “sus propios jefes”(hoy se usaría el concepto “emprendedores”). La realidad: miles de personas expulsadas a un progresivo desempleo o condiciones laborales desreguladas.

¿Y el arte qué?

La pizza con champagne menemista tuvo su correlato de papel picado y brillantina en el mundo cultural. No es una metáfora. No había prácticamente una sola muestra de arte visual de la época que no exhibiera prolijamente sus instalaciones de jóvenes artistas realizada con cajas de productos comercializables, espejitos, papel picado, plastilina, cortinitas plásticas, chapitas de coca-cola y la inefable brillantina. La pintura figurativa era cosa de carcamanes, setentistas inadaptados que no se habían aggiornado al mercado del arte que ahora, por fín, y gracias al uno a uno, tenía sus sucursales en Recoleta. El mundo de las artes visuales y de la poesía se reunía en la galería Belleza y Felicidad (toda una definición en ese entorno de dolor y horror, toda una declaración de principios) verdadera usina del arte nacional bajo el paradigma de lo “barato”, no sólo en términos económicos, sino también simbólicos. La galería se asemejaba a la multitud de Todo X2 pesos que por esa época comenzaron a saturar las calles del centro. El arte como bazar de baratijas. Blando, cosmético, banal. Fue escuela.

Culturalmente el menemismo operó una especie de cirugía plástica. Como correspondía a los preceptos del posmodernismo (la filosofía de fondo del proyecto neoliberal) los grandes discursos debían ser abandonados, desterrados, olvidados y con ellos la vocación de una poesía y un arte de temas universales, políticos, comprometidos. Se optó por la microhistoria. Algunos artistas exhibieron sus uñas recién cortadas, las pelusas del ombligo, el acné, con tal de evitar el horror de invocar alguno de los grandes fantasmas totalizantes del SXX. Se mostraron sobreadaptados, esa era la clave del éxito. A lo sumo estaba bien visto ironizar sobre la condición deplorable de los contingentes de excluidos que ya comenzaban a desbordar las calles. En poesía, una sana actitud desacralizadora y de salir a la calle, con algunas expresiones de notable talento, derivó entrados los 2000 en un yoismo sentimentaloso de burbuja porteña. Cualquier intento de incorporar a la escritura una visión crítica o comprometida sobre el mundo comenzó a ser automáticamente censurada, reprobada por “anacrónica”, “panfletaria”, “fanática”. Como si de pronto fuera Mirta Legrand quién trazase las líneas estructurales del mundo cultural argentino.

¿Y ahora qué?

Esa sobreadaptación al clima de época y la “filosofía” neoliberal no se ha interrumpido, a pesar de la irrupción del kirchnerismo como sujeto político (en muchos casos el propio kirchnerismo tomó en los brazos y encumbró expresiones de arte noventista). No se generó aún una síntesis nueva, antagónica, contracultural. Porque definitivamente no es contracultura lo que encontramos en los ciclos de poesía “under”. En términos generales lo que se escucha frecuentemente en los “ciclos” es la vieja y tan mentada poesía melosa del yo. Autocelebratoria, onanista, servicial y además floja, en términos generales. En muchos casos resulta la escenificación de la alianza tácita que vemos constantemente en redes sociales, entre el discurso de autoayuda con algunos elementos del discurso políticamente correcto que no puede faltar (bajo pena de no pasar el peaje de la época). Es decir, un enlatado. Al mejor estilo de los miles y miles de enlatados audiovisuales que cada día saturan los medios de comunicación del país.

Nuestra cultura (la poesía, el arte) no está dando cuenta de las tremendas transformaciones, de las enormes fuerzas en disputa y del acorralamiento civilizacional y planetario frente al que nos encontramos respecto a esas fuerzas. La voz de los millones de excluidos, la voz de la tierra depredada, de las fuerzas de la naturaleza doblegadas por el capital. Estamos en un tiempo de guerra y no de paz. Pero nuestra poesía, nuestro arte, sigue sonando a domingueros que retozan al sol, preocupados por la pelusa en su ombligo.

¿Qué rol cumple la crítica de arte?

Ya no hay crítica de arte. Nadie escribe una crítica, solo se hacen reseñas. Porque escribir una crítica, acertada o no, implicaría comprometerse, y eso está terminantemente prohibido en un mundo donde trinfó una amabilidad sosa y fingida, que oculta un verdadero proyecto de vaciamiento cultural donde todo vale, no porque hayamos ensanchado los límites de la cultura hasta lograr la inclusión de todos (los villeros, los pobres, los negros, los sectores subalternos siguen excluidos, tengan talento o no) sino porque todo aquello que pasa el filtro de las sutiles élites es suceptible de ser comercializable. Y porque esas sutiles élites agrupadas en función de afinidades y no de ideas, detrás de una aparente tolerancia omnímoda, ocultan una verdadera segregación por todo aquello que se corra de aquel pacto con el poder constituido en los 90’. Pacto del que muchos no se dan por enterados, pero del que son hijos.

Decíamos que la crítica ya no critica (es decir, no analiza, no discierne, no separa las partes, no marca posición) sino que solo se escriben reseñas. Esta es toda una toma de posición aún por su defecto. Faltan en poesía y arte publicaciones que tengan el valor de marcar una línea, de trazar una división, de marcar postura. El posmodernismo y lo políticamente correcto hizo estragos en el ambiente cultural argentino. En los últimos años vemos como hasta medios de comunicación supuestamente alternativos, comprometidos, politizados, han dado lugar a los productos culturales de la poesía y el arte instagramero. Esa sopa insípida mezcla de discurso de autoayuda, coaching ontológico (así lo llaman) y el infaltable guiño políticamente correcto del momento. Poesía de galleta de la suerte. Poesía de chocolate Dos Corazones. Poesía de sobrecito de azúcar. Esta mirada estética es la que ha ganado publicaciones que hasta hace un tiempo eran respetables como por ejemplo Sudestada. Pero también la sección cultural de periódicos como Página/12. El Radar parece que quedó definitivamente inutilizable.

Sin crítica cultural y sin artistas que se la jueguen estamos condenados a un futuro sin vuelo, sobreadaptado a las inaceptables condiciones de vida impuestas, a las reglas estéticas dictadas por el mercado, sea a través de lo que se publica, o sea a través de los likes de instagram y facebook.

Manifiesto populista (Lawrence Ferlinguetti)

Poetas, salgan de sus armarios,
Abran sus ventanas, abran sus puertas,
Han estado hibernando demasiado tiempo
en sus mundillos cerrados.
Desciendan, desciendan
De sus Russian Hills, de sus Telegraph Hills,
Sus Beacon Hills y sus Chapel Hills,
De los Montes Análogos y de Montparnasses,
bajen de sus estribaciones y montañas,
salgan de sus tepees y de sus domos.
Los árboles siguen cayendo
y nosotros no vamos a los bosques.
No tenemos tiempo de sentarnos allí
mientras un hombre incendia su propia casa
para rostizar un cerdo.
No más cantos de Hare Krishna
mientras arde Roma.
San Francisco se quema,
el Moscú de Mayakovski se quema
los combustibles fósiles de la vida.
La Noche y el Caballo se acercan
devorando luz, calor y fuerza
y las nubes llevan pantalones.
No son tiempos para que el artista se esconda
en las alturas, más allá, detrás de la escena,
indiferente, emparejandose las uñas
refinándose hasta perder la existencia.
No es tiempo para nuestros pequeños juegos literarios,
no es tiempo para nuestras paranoias e hipocondrías,
no es tiempo para temer y detestar,
es tiempo sólo para la luz y el amor.
Hemos visto a las mejores cabezas de nuestra generación
desplomarse de aburrimiento
en las lecturas de poemas.
La poesía no es una sociedad secreta,
tampoco es un templo.
Las palabras secretas y los cánticos ya no sirven.
La hora de los cantos om ha terminado,
El tiempo de la intensidad ha llegado,
Es tiempo de entusiasmarse y de regocijarse
del cercano fin
de la sociedad industrial,
dañina para la tierra y el hombre.
Es tiempo de mirar hacia delante
en completa posición de loto
con los ojos bien abiertos,
Es tiempo ya de abrir la boca
con un nuevo discurso,
es tiempo de comunicarse con todos
los seres sensibles,
Todos ustedes “Poetas de las ciudades”
colgados en museos, incluyéndome a mí,
poetas que escriben poemas acerca de la poesía,
Todos ustedes poetas de lenguajes muertos y desconstruccionistas,
Todos ustedes poetas de talleres
en el corazón rural de América
ustedes los Ezra Pound caseros
Todos ustedes poetas excéntricos y alucinados
poetas Concretos pre-acentuados,
poetas cunnilingus,
todos ustedes puertas de excusados públicos
que gruñen con grafitis,
Todos ustedes libertinos del metro
que nunca se han columpiado de abedules,
ustedes los maestros del Haiku de aserradero
en la Siberias norteamericanas
ustedes los irrealistas sin visión
ustedes los superrealistas que se ocultan a sí mismos,
ustedes los visionarios de recámara,
los agitopropagandistas del clóset,
Ustedes los poetas Groucho-marxistas
y camaradas de clase acomodada
que se la pasan acostados todo el día
y hablan de la clase trabajadora proletaria,
Ustedes los católicos anarquistas de la poesía,
Ustedes los Montañeses Negros de la poesía,
Ustedes los Brahmanes de Boston y bucólicos de Bolinas,
Ustedes madres sobreprotectoras de la poesía,
Ustedes los hermanos Zen de la poesía,
Ustedes amantes suicidas de la poesía,
Ustedes profesores peludos de la poesía,
Ustedes los reseñadores de poesía
que se beben la sangre del poeta,
Ustedes los Policías de la poesía:
Dónde están los niños salvajes de Whitman,
dónde las grandes voces haciéndose oír
con ese sentimiento de dulzura y sublimidad,
dónde la nueva gran perspectiva,
la nueva visión del mundo,
la gran canción profética
de la inmensa tierra
y de todo lo que en ella canta
Y nuestra relación con ella.
Poetas, desciendan
una vez más a las calles del mundo
Y abran los ojos y las mentes
con el antiguo regocijo visual,
Aclaren su voz y hablen firmemente
La poesía ha muerto, viva la poesía
de ojos terribles y fuerza de búfalo.
No esperen a la Revolución
o ésta se dará sin ustedes,
Dejen de tartamudear y exprésense
con una nueva poesía abierta
con una nueva “superficie pública” racional
con otros niveles subjetivos
u otros niveles subversivos,
con un diapasón en el oído interno
para golpear bajo la superficie.
Canten de su propio y dulce yo
y sin embargo profieran la palabra en masa
La poesía es la portadora común
para llevar al público
a lugares más encumbrados
que a los que otras ruedas puedan llevarlo.
La poesía aún desciende de los cielos
a las calles todavía abiertas.
No se le han levantado aún barricadas,
y las calles todavía se animan de rostros,
de bellos hombres y mujeres que caminan por allí,
aún hay criaturas adorables por dondequiera,
y en los ojos de todos el secreto de todos
aún sigue enterrado,
Los niños salvajes de Whitman aún duermen allí,
Despierten y salgan a caminar al aire libre.

Febrero 1975,
San Francisco   

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