Ciudad de Buenos Aires, Agosto de 2017.

La cuestión es la siguiente: ¿es preciso considerar que el avance científico y tecnológico es lo que realmente tiene la capacidad para modificar y hacer la diferencia frente a las distintas problemáticas que el género humano ha tenido y tendrá que afrontar? ¿O solo debería tratarse de una reorganización de los elementos existentes, sin necesidad de “inventar” o “descubrir” algo que posea la capacidad de solucionar aquellas problemáticas que, aunque recurrentes, están siempre arraigadas en una determinada época? ¿Es, acaso, que el género humano debe enfrentarse, en todas sus épocas, al problema de la falta de herramientas? O, por el contrario, ¿al incorrecto aprovechamiento de las existentes?

Este dilema, que ha marcado las condiciones de existencia en cada momento y lugar, y que aparenta ser irresoluble en una vacilación constante entre la paciencia de la reorganización y la prepotencia de la invención, es lo que ha signado el derrotero intelectual y hasta la vida misma del científico rioplatense, el Dr. Roque Salvador Arriaga.

Nacido durante los albores de la primera mitad del siglo pasado en la ciudad de Montevideo, sería solo un niño cuando su familia se instaló en Buenos Aires, ciudad en la que daría sus primeros pasos en los estudios de las Ciencias Biológicas. Su primera especialización en el campo de la ciencia sería producto de estudios de posgrado en la Universidad de Buenos Aires, dedicados al campo de la Entomología. Algunos años antes de concluir con su especialización publicaría sus primeros trabajos en la revista especializada: “Estudios sobre genética y biología molecular tropical” dependiente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Según estas publicaciones, resulta evidente la inclinación por el estudio de todo lo referido a la morfología, fisionomía y taxonomía de distintas especies de artrópodos, en particular de hormigas. Es así que, al día de hoy, podemos contar con artículos disponibles en el repositorio académico de la institución, tales como “Regeneración celular en invertebrados a partir del suero de la Paraponera Clavata (Hormiga bala)” publicado en 1986, o “Exoesqueletos y biomineralización en la Acromyrmex echinatior” datado en 1990.

Sobre los primeros años de aquella década, se radicaría en la ciudad de México D.F para cursar estudios de posgrado en el Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre 1990 y 1993 se especializaría en el campo de la biología molecular y, según los archivos administrativos de la institución mexicana, compartiría estudio junto al biólogo molecular brasileño Samuel Edgardo Costa Roth. Según el registro de migraciones de la República Argentina, Arriaga viajó de ida y vuelta a distintas ciudades de Brasil durante esa misma y última década del siglo XX, años en los que se registran una gran cantidad de publicaciones distintas en diversas instituciones académicas, pero todas firmadas en coautoría con su colega brasileño. Si bien publicaron artículos de relativa importancia académica en instituciones de gran prestigio internacional, tales como el Departamento de Biología y Desarrollo perteneciente al Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Sao Paulo, el artículo más destacado y que generó mayor revuelo en el circuito científico y académico fue: “Proteic biomineralization in eukaryotic cells through Paraponera Clavata ́s serum.publicado en 1996 en la prestigiosa revista científica “Microbiological and genetic research”. El artículo expresa un registro detallado de experiencias en laboratorio a partir de la sintetización de una proteína extraída del suero producido en base al veneno de la picadura de la famosa hormiga bala amazónica y luego suministrada en células eucariotas. Este proceso lanzaría resultados, cuando menos, novedosos y con aristas que despertarían la controversia en el ámbito científico y académico. Del artículo de Arriaga-Costa Roth puede extraerse como conclusión que al exponer una célula con núcleo a la proteína extraída del veneno de esa particular hormiga, luego de ser sintetizada, ya no se comporta como agente patógeno sino que, por el contrario, se aloja entre la membrana plasmática y el citoplasma, generando así una suerte de envoltura celular. Pero esto no sería nada sin mencionar el desenlace del estudio expresado en el artículo. Sus experimentaciones, realizadas sobre una gran cantidad de células eucariotas tomadas de distintas especies animales, demostraban que mediante un correcto suministro acumulativo de la proteína se terminaba por generar una envoltura completa de la célula como si cada partícula de esta proteína se encontrara imantada y atraída por otra, a la vez que (siendo esto lo más revolucionario del estudio) activaba un componente inorgánico entre cada partícula de proteínas, creando lo que Arriaga-Costa Roth dieron a llamar “Micro biomineralización proteica”.

Ahora bien, ¿qué es lo que generó tal asombro de la comunidad científica como para que Arriaga y Costa Roth sean visitados en la oficina que compartían en la Universidad de Sao Paulo por el director general del National institute of biological research con sede en la ciudad estadounidense de Bethesda del Estado de Maryland, el Dr. John Richard Becker? El director del instituto responsable de la revista en la cual había sido publicado el artículo algunos meses antes de aquella visita, debió haber sentido extremada urgencia para cruzar de hemisferio con el objetivo de reunirse con los investigadores responsables de aquella publicación que parecía ser, al menos, desconcertante.

El asunto central de aquella publicación consistía en que esa biomineralización proteica a nivel microcelular provocaba una sobrevida considerable a la célula que poseyera una cantidad necesaria del suministro de aquella proteína inicial. De manera esquemática, Arriaga-Costa Roth explicaban la razón de este proceso con el ejemplo ilustrativo del efecto invernadero. La biomineralización solidificada que provocaba el suministro acumulativo de la proteína terminaba por crear una especie de ecosistema propio, a nivel microcelular, proveyendo así a la célula de todos los elementos necesarios para esa sobrevida, con ningún otro elemento externo más que los rayos del sol y una correcta hidratación.

Nada se sabe de lo que pudo haber sucedido en aquella reunión entre los investigadores y el Dr. Becker., pero resulta evidente su interés especial por esta investigación que de ser probada, como primera instancia en organismos vivos, pasando por la fase de laboratorio en células humanas y finalmente inoculando la proteína en seres humanos vivos, podría significar, al menos, la prescindencia absoluta de todo alimento externo, incluso tal vez una mayor expectativa de vida en humanos, y vaya a saber qué otras cosas más. De aquí se entiende por qué Arriaga y Costa Roth decidieron bautizar a la proteína extraída del suero del veneno de la hormiga bala como: “Secreto divino”.

Sin embargo, apenas unos tres meses y doce días después de la fecha de publicación de aquel controversial artículo, la misma revista publicó un breve y modesto párrafo con el siguiente título: “Amendment about inconsistent results on synthesization process of the Paraponera Clavata´s serum and further process of biomineralization.”. La bajada de este extenso título no agregaba mucho más que lo que ya en sí mismo indicaba; un problema de inconsistencia en el proceso técnico de sintetización de la proteína de la hormiga bala a causa de una presunta falta de precisión en la calidad de los instrumentos y los reactivos utilizados en la fase inicial del laboratorio de la Universidad de Sao Paulo, lo cual conducía a una cadena de errores que teñían de nulidad toda la investigación registrada en el artículo de Arriaga – Costa Roth. Sin más explicaciones ni detalles, se concluye el escrito con un breve comentario sobre la repetición fallida de la experimentación retomada por ambos investigadores, pero esta vez de manera conjunta con el Dr. Becker en los laboratorios de Bethesda, Maryland.

Luego de cuatro años desde aquella publicación, un pequeño artículo de un semanario regional del Estado de Saõ Paulo publicó una breve nota sin firma, a modo de obituario, dedicada a Costa Roth, en la cual se narraba el padecimiento de casi dos años en un tratamiento médico para combatir un Cáncer linfático que, finalmente, terminaría con su vida el 12 de Abril del 2000.

Y aquí se cortaba la línea de los acontecimientos. Quiero decir, no hay ningún registro después de aquellos años en lo referido a Arriaga, a Costa Roth, ni a sus investigaciones. Nada publicaron posterior a la fecha de publicación de aquel controversial artículo y su desmentida; ni juntos ni por separado. Tampoco figuraban en los registros de las universidades con las que en algún momento habían estado vinculados. Como si después de aquella publicación fallida ellos mismos hubiesen dejado de existir. O al menos así era para mi frustrada búsqueda. Y por eso mismo necesitaba bajar a papel toda la información que durante este tiempo había recopilado. Algo que pase en limpio todas mis anotaciones desordenadas y desprolijas, mis brutos subrayados sobre las fotocopias de los artículos y los archivos que he logrado conseguir, para así poder aclarar mi cabeza. Necesitaba marcar una pausa al frenesí que mi investigación había tomado desde el preciso instante en que, reordenando los viejos legajos de la oficina del Dr. O’Callaghan, una amarillenta y ajada carpeta deslizó fuera de la pila de legajos que mis manos sostenían sobre mi cabeza y se estampó justo contra mi nariz, sacudiendo un polvo que amenazó con despertar mis alergias en pleno esfuerzo titánico por despejar la inmensa estantería que mi jefe tiene en su despacho. Dediqué casi dos jornadas completas de trabajo para cumplir con la tarea que mi jefe, el viejo y aburrido Dr. O’Callaghan, me había encomendado: ordenar su despacho con el objetivo de hacer mayor espacio para que podamos estar ambos trabajando en el mismo espacio, ya que, de manera evidente, los ingresos del Dr. ya no alcanzaban a costear la totalidad del alquiler de aquel departamento que durante años había albergado a su estudio jurídico.

Lo cierto es que, a pesar del polvo, la suciedad, el papelerío suelto e inútil, las telarañas (¡y las mismas arañas!), era una tarea que tenía su encanto y que cada vez disfrutaba más, a medida que abría los ficheros y las carpetas, encontrándome con historias de todo tipo. Debo confesar que no veo ningún interés en el trajín sudoroso por las calles Talcahuano, Viamonte, Riobamba, Tucumán, o Libertad, ni mucho menos por los Tribunales o juzgados que suelen conformar el paisaje de todo empleado de un estudio jurídico como es mi caso, por lo que no sentí mayor disgusto cuando el Dr. O’Callaghan me liberó de mis otras tareas para poder dedicarme expresamente a ordenar su oficina. De hecho, siempre me consideré uno de esos “bichos de biblioteca”, no solo por ser un ávido lector sino especialmente por disfrutar de los recovecos que solo las bibliotecas y las estanterías pueden otorgar. Cierto es, también, que no se trata de cualquier biblioteca en cualquier despacho. El viejo y aburrido Dr. Guillermo O’Callaghan, hijo de irlandeses asentados en la Argentina durante los años de la primera guerra, fue también un reconocido y experimentado abogado que, aunque hace tiempo en franca decadencia profesional, tiene en su haber y en el de su homónimo estudio una incontable cantidad de casos de lo más interesantes y peculiares, y más aún cuando se trata de alguien como yo que busca dar los primeros pasos de su carrera en el mundo del Derecho por fuera de la caución y la seguridad del espacio universitario. Pero ninguno de aquellos polvorientos y olvidados casos que estaban archivados en esa oficina del séptimo piso de Talcahuano 433, llamó tanto mi atención y despertó tanto entusiasmo en mi como aquel que, después de rebotar contra mi nariz, terminó abierto y deshojado contra el alfombrado piso de la habitación, exhibiendo en su carátula un título manuscrito en lápiz que rezaba una frase de la cual mis ojos no pudieron despegarse: “Secreto divino”.

Sobre el avejentado y estriado papel de esa vieja fotocopia de la carátula, circundado por los sellos del Ministerio público fiscal y aquel que indica el número de legajo 173 de la fiscalía N°11, se asoma el título mecanografiado de la carátula indicando que se trató de un caso de averiguación de paradero.

En aquellos años, el Dr. O’Callaghan trabajaba en la fiscalía del municipio de Morón en la provincia de Buenos Aires como abogado de oficio, por lo que, según el legajo, el sexto día del mes de junio de 1997 cayó en sus manos una denuncia a nombre de Mirta Susana Gallegos, con domicilio en la calle Agustín Camerucci 1218 entre las intersecciones con las calles Consejal Sequeira y Cnel. Brandsen, en la localidad bonaerense de Ituzaingó. Se reportaba una desaparición el día cuatro del mismo mes a las dieciocho horas (aprox.) desde aquel domicilio que la mujer compartía, en calidad de concubina, con el desaparecido: Roque Salvador Arriaga. Lo cierto es que durante aquellos años la tasa de secuestros extorsivos y de personas desaparecidas había adquirido magnitudes altísimas, especialmente en las zonas más pobladas del conurbano bonaerense. Muchos de los casos terminaban inconclusos, o bien por una repentina aparición del desaparecido jamás reportada, o por una resolución mediante vías que excluían a la justicia y a sus operadores, sin mencionar aquellos casos más trágicos en los que nunca se terminaba por encontrar a la persona o pasaban años antes de que así fuera. También contribuía a todo este escenario una época de desigualdad y profundización de la miseria, acompañada de una desfinanciación agresiva en todo lo referido a los poderes del Estado, y la justicia y sus fiscalías no fueron la excepción. Con esta ausencia absoluta de recursos, sería algo injusto acusar de negligencia al Dr. O’Callaghan por la falta de una resolución del caso, al menos, en lo que puede concluirse por lo reflejado en esas siete únicas fojas que contenía aquel legajo. La denuncia realizada por la Srta. Gallegos en la comisaría N° 24 de Ituzaingó, la fotocopia de su Cédula de Identidad, una constancia emitida por Migraciones declarando la ausencia de entradas o salidas del país por parte de Arriaga, algunas fotocopias que contenían las últimas publicaciones del Dr. Arriaga en las distintas revistas o instituciones científicas, y la fotocopia de una vieja foto en la que se lo veía con una sonrisa espontánea, eran los únicos documentos que, al parecer, conformaron la precaria investigación del Dr. O’Callaghan. Eso fue todo con lo que comencé, pero fue suficiente para generar en mí un entusiasmo casi detectivesco que me llevó a dedicar cada momento libre de mi jornada laboral -y no laboral también- en revisar los documentos y la información que poco a poco fui añadiendo por mi parte a aquel viejo legajo. Comprendí que comenzaba a tomar aquella empresa como si se tratara de mi primer caso. Fui a los registros de la biblioteca nacional; a la hemeroteca de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA; busqué en los repositorios de otras tantas universidades y revistas especializadas de la región y del continente; indagué en los registros de distintos organismos estatales como Migraciones, el Registro Nacional de las Personas y hasta logré a acceder al Registro de la Propiedad de Inmuebles, a la Autoridad Fiscal y al registro de infracciones viales; incluso consulté los últimos treinta años de obituarios de los principales diarios. Me llevó casi seis meses reconstruir la historia de Arriaga hasta fines de la década del ‘90, pero nada después de esos años. Ni una infracción de tránsito, ni alguna constancia tributaria ante las entidades prestadoras de servicios básicos, ni tampoco alguna aparición en el circuito académico. Como si Arriaga se hubiese desvanecido. Como si se hubiera muerto sin morir. Pero lo que desató mi mayor intriga y ansiedad por llegar al fondo de la historia sería un documento con el cual estaría a punto de dar.

Una de esas mañanas soleadas de invierno en donde el calor del sol despierta la transpiración que al frío de la sombra y el viento se seca y estremece el cuerpo, bajé las escaleras del subte en la estación Carlos Pellegrini en medio de una típica jornada de vaivenes y tramiteríos judiciales. El vaho característico que sorprende de a ratos en los subtes de la ciudad me provocó un sopor tal que cuando las puertas del vagón se abrieron, mis labios murmuraban el deseo supersticioso de encontrar un asiento, aunque no fue más que una ingenuidad propia de la fantasía o la ciencia ficción. Avancé resignado y me sumé a la danza diaria de los empujones, apretones y “permisos”. La tarea encomendada por O’Callaghan consistía en dejar un paquete antes del mediodía en el domicilio de uno de sus clientes en la calle Padilla al 700, entre Aráoz y Scalabrini Ortíz, en el barrio de Villa Crespo. Me bajé en la estación Malabia y subí las escalinatas que desembocaban en la avenida Corrientes. Caminé algunas pocas cuadras por la avenida Scalabrini Ortíz, exhausto por aquella jornada agitada y mientras intentaba recuperar el aire de las exigentes escaleras, giré por la calle Padilla hasta que mi andar cansino y tesonero se detuvo. Allí estaba, fumando un cigarrillo mientras observaba el paisaje urbano desde el umbral de la puerta de un diminuto local del cual parecían rebalsar libros usados, Alejo Sancho.

Durante los últimos años de mi infancia mi relación con Alejo había sido muy estrecha. Ambos vivíamos con nuestras familias en el mismo edificio. Nosotros en el departamento del 8° “A” y ellos en el del 2° “B”. Aunque era cinco años menor que yo, recuerdo haber pasado mucho tiempo con él y su familia en su casa. A mis doce años, cuando falleció mi padre, la sensación de calidez familiar que me transmitían en su casa resultaba un gran aliciente para soportar mi duelo, pero en especial el de mi madre y el de toda una familia que parecía estar en descomposición. No debe haber sido más que un año o dos, pero cuando se es niño las cosas se viven con más intensidad por lo que el recuerdo de aquellas interminables tardes dando vueltas por el barrio de Barracas junto con Alejo, siempre se me hacen presentes de la manera más vívida. Volvía de la escuela al mediodía deseando que mi madre se haya levantado de su cama, no solo porque me entristecía verla todo el día encerrada en su habitación, sino también porque de lo contrario yo tendría que revisar las alacenas y la heladera en busca de algo simple y a mi alcance para comer. Cuando digo “a mi alcance” lo digo de manera literal ya que recuerdo que, a pesar de mi fascinación, nunca podía comer fideos ya que los paquetes siempre estaban en el estante más alto de la alacena, al cual no podía llegar ni aún parado sobre la mesada. Cada vez que mi madre se encontraba con la fuerza necesaria para salir de su habitación, pensaba en decirle que ponga los fideos en algún estante más bajo, pero nunca me atreví a hacerlo porque sabía que eso le provocaría más angustia. Y su angustia se trasladaría al ambiente y a mí, por lo que prefería aguantar mis ganas de comer fideos. Casi inmediatamente después de almorzar iba a golpear la puerta de la casa de Alejo, hasta que el padre y su sonrisa me recibían con toda ternura y calidez mientras terminaba de limpiar la mesa o de lavar los platos. La madre de Alejo era maestra de primaria y no volvía de la escuela hasta las últimas horas de la tarde. Para eso de las tres de la tarde, el padre se acostaba a dormir la siesta mientras Alejo y yo remontábamos la calle Lamadrid, o Quinquela Martín, o Magallanes, siempre intentando dominar la pelota hasta llegar al paredón de abajo de la autopista, donde jugábamos hasta las seis o siete de la tarde, momento en el que asomaba por la esquina la madre de Alejo para decirnos que volvieramos y nos ofrecía una merienda, la cual yo aceptaba gustosamente. Lo cierto es que Alejo me admiraba. ¿Por qué? Simplemente porque era más grande, y a pesar de que en aquellos tiempos yo necesitaba a Alejo y a su familia más que ellos a mí, nuestra relación se había construido de ese modo en que los más chicos admiran a los más grandes.

Algo así como dos años después, mi madre conoció a Ricardo y nos mudamos, dando inicio a nuestro derrotero de mudanzas, y nunca más volví a ver a Alejo. Hasta aquel día en que, apenas sus ojos giraron hacia mí y su rostro se iluminó como aquellas tardes bajo la autopista, me di cuenta de que su admiración seguía intacta. Pero esa admiración suya siempre había solapado en mí una cierta sensación de fragilidad. Y tal vez por eso mismo, por no querer defraudar su admiración pero en especial por no exponer mi propia fragilidad, es que cuando me preguntó cómo andaba, qué era de mi vida y qué hacía por ahí, le dije que era abogado y con un gesto fanfarrón del cual me avergoncé en el mismo momento en que lo hacía, adicioné:

-Justo vengo a retirar unos documentos de un caso en el que estoy trabajando sobre un científico que desapareció de la faz de la tierra.

Él mostró un desmedido interés y me hizo varias preguntas, sobreactuando curiosidad, acerca de la historia de Arriaga y sus investigaciones, lo cual nos mantuvo en conversación por algunos minutos. Me contó, también, que estaba trabajando en esa librería de viejo y que también estaba estudiando cine. Más específicamente, estudiaba Producción audiovisual, y me contó que estaba contento porque hacía unos pocos días había comenzado a trabajar como asistente en la producción de un documental sobre las colaboraciones entre militares funcionarios de los gobiernos dictatoriales del denominado Plan Cóndor en Argentina, Chile y Uruguay durante la década del ‘70. Y todo esto lo mencionó, además de orgulloso por todo aquello que con absoluta sinceridad me narraba, con un evidente entusiasmo por forzar algún tipo de participación en mi vida. Y agregó:

-Deberías fijarte en los catastros o las bases de datos de las embajadas y las cancillerías o en los Archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores, para ver si aparece algo de este Arriaga. Como en general esas cosas tienen que ver con administraciones de al menos dos países distintos, es más difícil que borren o se pierdan documentos. A nosotros nos está sirviendo de mucho para juntar información.

Fue sólo un comentario y la conversación concluyó pocos segundos después, no sin antes intercambiar nuestros números telefónicos y del pedido que envíe mis saludos a sus padres. Pero lo cierto es que era una excelente sugerencia la que aquel día, casi sin proponérselo, me estaba regalando.

Aquella conversación, sumada a mi caminata errante mientras divagaba entre los pensamientos que aquel encuentro me había disparado, provocaron que llegara tarde a entregar el paquete y ya no había nadie para recibirlo en la oficina del cliente del Dr. O’Callaghan, quien se enojó mucho cuando volví al estudio, y me reprochó que había estado muy distraído durante los últimos meses. Pero para cuando despertó de la sesión de cabeceos durante su siesta diaria después del almuerzo en el sillón de cuero marrón, agrietado y con olor a viejo de su oficina, ya se había olvidado por completo del asunto, a juzgar por su actitud amistosa y nada reprochante.

Por mi parte, apenas pude desembarazarme de la vista de mi jefe, me senté en la computadora para continuar con mis averiguaciones, esta vez sumando el comentario de Alejo como pista. Para mi sorpresa, cuando abrí mi celular, que recién se volvía a conectar a la red Wi-Fi del estudio, me esperaba un mensaje de Alejo en el cual me enviaba el enlace con el que debía catastrarme para ingresar al Archivo Nacional del Ministerio de Relaciones Exteriores. Una vez ingresado busqué los nombres de Arriaga, de Costa Roth, de Becker el científico gringo, y cualquier palabra clave que me resultara plausible de generar resultados; aunque no fue así en ningún caso.

Cerré la computadora con tanta frustración que no medí la fuerza de un golpe que sobresaltó al pobre O’Callaghan que intentaba batallar contra el sueño. Fueron unos segundos de complicidad en los que nuestras miradas se cruzaron y ninguno dijo una palabra ya que, vaya a saber por qué razón, el absurdo orgullo del viejo lo llevaba a no admitir la existencia de esa siesta cotidiana. Me dije que ya no tenía ningún sentido seguir con esta búsqueda que había comenzado como un simple juego pero que ya estaba tomando demasiado tiempo en mis pensamientos que deberían estar enfocados en alguna otra cosa. Por ejemplo, no tenía una relación amorosa medianamente duradera desde el último año de secundaria. En vez de estar perdiendo el tiempo buscando datos sobre estas personas tan ajenas a mi o de estar escribiendo estas páginas, tal vez debería estar chateando con mi próxima cita, quien, con un poco de suerte, se podría convertir en mi compañera de vida. Pensé en Romina que siempre subía fotos de su gato o paisajes del norte argentino como añoranza de su lugar natal (con filtros en sepia y esas cosas). Siempre pienso en que podría buscar la forma de comentarle algo sobre esas fotos para así poder retomar una conversación que ha sido abandonada la última vez que nos vimos, hace ya unos cuatro años. Abrí el celular y revisé las fotos que ella había subido recientemente pero nada era digno de ser comentado, o al menos no bajo mi poca creatividad al respecto. Dejé el celular sobre el escritorio y recosté mi cabeza contra la pared en la que se apoyaba el respaldo de mi silla (no había sillón para mi, ni nuevo ni viejo y agrietado). Mi cuerpo exhausto por el vaivén de aquel día, apenas acompañó el relajamiento que mi cabeza buscaba divagando entre las imágenes de todo lo referido a ese bendito legajo:

Arriaga, su historia o la parte que de ella había accedido a conocer; Costa Roth y su repentina y trágica muerte; Mirta Gallegos y su denuncia; me preguntaba dónde habría conocido a Arriaga, si había convivido con él durante sus tantos viajes a Brasil para trabajar en el laboratorio de Costa Roth. Y fue entonces que mi línea de pensamiento se interrumpió para percatarme de que había cometido un error o, más bien, una falta.

Salté sobre mi computadora y la abrí con el entusiasmo renovado. Ingresé al sitio web del Archivo Nacional pero en este caso se trataba del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil. Me llevó unos minutos encontrar la dirección web correcta pero finalmente lo conseguí. Ingreso, catastro y ya estaba adentro. Entonces busqué: Roque Salvador Arriaga. Después de unos segundos interminables en que la página cargaba apareció un archivo con el documento que haría la diferencia. Se trataba de un escaneo de una típica hoja en tamaño oficio con membrete del Ministério das Relações Exteriores y con un doble sellado sobre el encabezado. El primer sello indicaba que aquel documento era secreto, pero el segundo sello apenas superpuesto indicaba que había sido desclasificado. A continuación, mi intento por transcribir aquel documento de la manera más fiel posible, apoyado sobre mi rudimentario entendimiento del portugués para la traducción:

MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES

DIVISIÓN DE SEGURIDAD E INFORMACIONES

INFORME N° 3376/97

OSTENSIVO

CIRCULAR POSTAL N° 7 953

CONTROL CONSULAR

CÓDIGO 02

Denegación de visas

Roque Salvador Arriaga.

Carácter: URGENTE.

Asunto: RELACIONES DIPLOMÁTICAS

País: BRASIL-ARGENTINA-URUGUAY

-Se ruega denegar cualquier tipo de visado al indeseable: ARRIAGA, ROQUE SALVADOR, hijo de ARRIAGA, CÉSAR JOSÉ, nacido el día 4 de junio del año 1958 en la ciudad de Montevideo, Uruguay, con actual residencia en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, por significar una amenaza potencial de conflicto diplomático indeseable para los intereses nacionales.

BRASILIA, 7 DE MARZO DE 1997.

A medida que leía y releía el documento podía sentir cómo aquella idea de abandonar esta especie de juego que había desencadenado un entusiasmo singular en mí, comenzaba a desvanecerse. El contenido de este documento sólo podía significar una cosa: algo raro había sucedido con Arriaga. Qué había pasado no lo sabía, pero ya no existían dudas respecto de que todo este asunto no era un simple pasatiempo de un joven recién graduado, ávido de aventuras y aburrido en su trabajo. Había algo más. ¿Cuál era la razón de que Arriaga podría significar una amenaza diplomática para Brasil, tanto como para ordenar una Circular que advierta a los consulados y embajadas?

Por un momento me sentí disminuido al verme de algún modo confrontado ante algo que se presentaba como mucho más grande que mi propia existencia. Pero no veía posibilidad alguna de dejar todo este asunto allí, por lo que se me ocurrió una forma de dar un siguiente paso. Revisé el viejo legajo y marqué el teléfono que Mirta Gallegos había dejado como número de contacto en su denuncia. Sonó tres veces, mientras me encerraba en el baño confiando en que O’Callaghan no se despertara de su siesta. La voz ronca de una mujer, acusando años de tabaquismo, contestó del otro lado:

-Hable-, ordenó con la impronta de aquel que recibe un llamado en un mal momento.

-Hola, buenas tardes. Mi nombre es Pablo González y me comunico desde la oficina del Dr. O’Callaghan. ¿Se encuentra la Sra. Mirta Susana Gallegos?

-Señorita… nunca me casé.-replicó con seguridad y sin un mínimo dejo de humor o ironía.

-Ah, bien… disculpeme…

-¿Quién es el Dr. O’Callaghan?

-Mire, le cuento: el Dr. O’Callaghan fue el abogado que se encargó de la denuncia que usted realizó en el año 1997 en la fiscalía N°11 del municipio de Morón…

-Se encargó es un decir.- ironizó a la vez que volvió a interrumpirme, lo que me desorientó durante algunos segundos de silencio, hasta que encontré el modo de sacar ventaja de su comentario.

-Bueno, el motivo de mi llamada, precisamente, se trata de contactar a muchos responsables de denuncias de aquellos años para revisar el accionar de los funcionarios judiciales, entre los cuales se encuentra el Dr. O’Callaghan.

-Y yo que pensé que ya la habrían tirado. ¿Guardan esas cosas?

– Bueno, sí, claro, es nuestra obliga…

-Bueno, escuchame nene, ¿qué querés saber?-, dijo con una nueva interrupción que, lejos de acobardarme, apresuró mis ideas.

-Necesitaba consultarle cómo fue aquel proceso y en qué quedó la causa.

-Mirá, yo nunca lo encontré a Roque, y no tengo idea qué pasó. Y lo que pasó, pasó hace mucho tiempo. Demasiado tiempo. Y no creo que esta llamada sea para avisarme que lo encontraron, así que si eso es todo te pido que lo dejemos acá y no me llames más.

Su discurso sonó tan contundente que durante algunos segundos de silencio frenético, vi ante mis ojos el fin de aquella aventura, de aquel juego que parecía estar llegando a su último episodio en las penetrantes y concluyentes palabras de aquella voz ronca y perturbada. Sospecho que la frustración y el abismo de la desesperanza, escoltadas por la inminencia del sonido del teléfono indicando que la mujer abandonaba la llamada, me impulsaron a escupir las siguientes palabras, de las cuales me arrepentía en el mismo momento que las decía:

-Mi nombre no es Pablo González.- A pesar de la inseguridad y el temblequeo de mi voz la mujer se mantuvo en silencio sin emitir un solo sonido más que el de su respiración de fumadora, pero aún no abandonaba la llamada, y ahora, libre de mis impulsos pero comprometido por ellos, continué con mi confesión:

-Mi nombre es Emiliano Puglia. Soy abogado recién recibido y trabajo de cadete en el estudio del Dr. O’Callaghan. Hace unos meses, por pura casualidad, me encontré con una copia de su denuncia. La curiosidad me hizo interesarme en la historia de Arriaga; de Roque. Y sé que pasó mucho tiempo, y lo último que quisiera es molestarla, ni mucho menos asustarla. Solo quería saber. Pero eso es todo, le pido disculpas y le prometo que nunca más va a escuchar de mí.

La mano que lastimosamente sostenía el teléfono pegado a mi oreja temblaba como nunca antes, mientras la respiración de la mujer se mantuvo del otro lado del teléfono durante algunos segundos, hasta que finalmente cortó la comunicación abandonandome al sonido repetitivo de la señal telefónica.

Los días más crudos del invierno comenzaban a dejar su lugar a las brisas frescas y a las tardes calurosas de la primavera. Como era de esperar, la relación con Alejo se volvió más estrecha. Desde aquel día en que la fortuna del vaivén urbano de una ciudad tan inmensa como pueblerina nos reencontró, fueron muchas las tardes en que nos encontramos por la zona del barrio de Once, como punto medio entre nuestros trabajos. Con el paso de los días se nos fue haciendo la costumbre de apostarnos en una de las mesas contra el ventanal de la calle Boulogne sur Mer del bar “Jauja”, en donde pasábamos horas conversando mientras tomábamos un café con leche y medialunas. Yo siempre fui de los que mojan todo dentro del café con leche, especialmente las medialunas, mientras que Alejo es más bien de los que la combinación entre el bocado de medialuna y el trago de café con leche lo disfruta en la boca. Alguna tarde de nuestra infancia en que la lluvia nos había negado la posibilidad de irnos a jugar a la pelota, el padre de Alejo se apareció con un pequeño tablero de ajedrez y nos propuso que aprendiéramos a jugar. Allí fue cuando aprendimos a jugar y aunque no insistimos demasiado con ese juego durante aquellos años, se volvió otro pasatiempo al cual recurrimos mucho durante las tardes en el “Jauja”. Generalmente, a eso de las siete de la tarde, Alejo sacaba el pequeño tablero de metal con sus piezas imantadas y comenzábamos a jugar mientras le pedíamos a Mario, el encargado del “Jauja”, que nos traiga una cerveza, excepto aquellas tardes en que el frío se resistía a irse y tomábamos alguna grappa para mantener el calor en el cuerpo.

Por supuesto que aquella relación de tanta admiración infantil se fue diluyendo con el correr de los días, y a pesar de que se podría sospechar que en el fondo de nuestro vínculo aún perduraba algo de esa dinámica de infancia, se había transformado en algo más adulto y entre pares. En parte como consecuencia de esta sensación y otro poco como causa, una de aquellas tardes me propuse contarle cómo había sido en realidad la cuestión de mi encuentro con la historia de Arriaga y le sumé también el hallazgo, del cual había sido parte, de aquella Circular como también el llamado a Mirta Gallegos. Lejos de molestarse o incluso desilusionarse por mi mentira u ocultamiento, Alejo se asombró y encontró muy osado y atractivo mi intento por involucrarme con aquella historia.

Y eso fue todo, nunca más hablamos de Arriaga ni de su historia. Hasta que, unas tres semanas después de aquella conversación, una mañana en el estudio del Dr. O’Callaghan, mi teléfono celular sonó con un número desconocido. Al contestar, me tomó algunos segundos caer en la cuenta de que aquella voz ronca de mujer era la de Mirta Gallegos:

-¿Tenés para anotar?- preguntó con cierto tono avasallante que demandaba respuesta inmediata.

-Sí.-, le dije mientras revolvía mi escritorio buscando algún papel y una lapicera.

-Del otro lado del río, en Nueva Palmira. La casa de ladrillo gris en la calle Oriente, entre San Salvador y el río.- Y colgó el teléfono sin darme el más mínimo espacio para agregar nada. Durante algunos segundos me mantuve inmóvil con la mirada perdida en ese pedazo de papel en el que había escrito aquella dirección, pero enseguida sentí la mirada del Dr. O’Callaghan sobre mí, por lo que intenté disimular la confusión que en realidad me había provocado esa llamada.

El resto del día me lo pasé pensando en todo aquello, y esperé con ansias a que llegara la tarde para salir del estudio y encontrarme con Alejo en el “Jauja” para contarle lo sucedido.

-Y, ¿creés que es la dirección de Arriaga?  ¿O te habrá pasado la dirección de su casa?

-Su casa no puede ser, porque yo la llamé al teléfono que ella declaró en su denuncia, y era un teléfono de acá.- dije, mientras Mario nos acercaba los café con leche y las medialunas.

-Esta dirección es en Uruguay- continué. -Tiene que ser el lugar en donde está Arriaga.-

-Y por qué se habría ido a vivir allá, tan alejado de todo.- exclamó Alejo sabiendo que yo no tenía una respuesta.

-Capaz necesitó esconderse.- dije, mientras revolvía mi café.

-Pero de qué, ¿de los gringos?- preguntó Alejo, tan compenetrado con lo que yo le comentaba que ni había tocado su taza.

-Y, qué sé yo… puede ser. O tal vez sólo quería alejarse de ese mundo en el que había fracasado.

-No sé…- me contestó con un gesto de inconformismo ante mi hipótesis.

Y es ahora cuando llego al momento más difícil de relatar, pero intentaré dar con las palabras precisas que puedan expresar en su mayor grado de esencia lo sucedido a partir de entonces. Porque algunos pocos días después de aquella tarde en el “Jauja”, Alejo y yo nos encontramos en la estación de trenes de Retiro. El frescor típico del gran hall de la estación se contrastaba de manera auspiciosa con el calor de los rayos del sol naciente que se colaban entre las hendijas de la inmensa estructura de metal que cubría los andenes por donde entraban y salían los trenes. No dijimos una sola palabra mientras esperábamos que arranque, pero nuestras miradas eran canal suficiente por el cual hacer malabares con el evidente nerviosismo de la aventura que comenzaba. Un nerviosismo que solo se calmó con el traqueteo arrullador del tren en marcha con dirección al puerto de San Fernando. Según algunas averiguaciones de Alejo, desde allí podríamos tomar un barco para cruzar hacia el puerto de Nueva Palmira.

Algo así como una hora después ya caminábamos por las calles deshabitadas de la zona de astilleros de San Fernando, en busca de la estación fluvial en donde encontraríamos una pequeña embarcación que solo salía una vez al día a las ocho de la mañana, para volver desde Nueva Palmira a las seis de la tarde. Alejo y yo, el capitán del pequeño navío y unas cinco personas más serían el total de los tripulantes que embarcamos a las ocho en punto, para zarpar unos quince o veinte minutos después, con el sol de frente que ya advertía un calor más portentoso para el resto del día. Y la pesadumbre no se hizo esperar porque a medida que bajábamos por el Río Luján hasta remontar río arriba por el Uruguay, la atmósfera se poblaba de una humedad amiga de la transpiración pegajosa y enemiga de nuestra respiración nerviosa, que se aceleraba con la cercanía de aquel encuentro que ya parecía irremediable.

Alrededor de la una del mediodía, la embarcación amarró en la zona sur del puerto de Nueva Palmira, abandonandonos a nuestra suerte en las calles de tierra que circundan la Zona Franca y el modesto sector de migraciones. Los demás pasajeros eran todos trabajadores del puerto o de los molinos y sus inmensos silos que escoltan la ruta costera enfrentados a los diques en donde descansan los barcos que esperan a ser cargados, por lo que caminamos solos unos dos kilómetros bajo el sol, acumulando polvo en nuestro rostro pegajoso, hasta que llegamos a la precaria remisería que nos había indicado amablemente el oficial de migraciones. Y así fue que, casi media hora después, el remis nos dejó en la esquina de la calle Oriente y San Salvador. El silencio de la hora de la siesta era tan rotundo que se escuchaba con todo detalle el sonido de nuestras pisadas sobre la gramilla seca de las veredas. Tal como me había mencionado Mirta Gallegos, cerca del barranco previo al río, se asomaba una casa de ladrillos grises, evidentemente maltratada por el polvo y el viento. Un umbral de concreto agrietado y rejas oxidadas nos distanciaba de un jardín de pasto seco y amarillento del cual brotaban algunos hormigueros como cuando se augura lluvia. Un poco más allá, la puerta de madera con pintura roja descascarada.

Durante algunos segundos intercambiamos miradas hasta que nos convencimos de que solo podíamos apelar a nuestra pobre imaginación de provincia para llamar a la puerta con aplausos. A pesar de nuestras tímidas palmas, para no quebrar el silencio de manera tan brusca, solo fueron necesarias unas tres o cuatro repeticiones hasta que la puerta roja se abrió, para dar paso a un hombre de avanzada edad (sesenta años según los registros), flaco, de buena estatura y hombros rectos, con el pelo del color de la ceniza prolijamente peinado hacia atrás y combinado con un bigote también muy prolijo y canoso pero algo amarillento, indicando años de humo de tabaco. Antes que avanzara por el jardín, tres perros mestizos y de mediano tamaño corrieron ladrando hasta el umbral y terminaron con el poco silencio que nuestros aplausos habían dejado.

-¡Bueno, bueno!- exclamó el hombre mientras avanzaba por el jardín hacia el umbral, agitando sus manos como arreando a sus perros.

-Hola, ¿usted es Arriaga?- pregunté intentando acabar con la inquietante sensación de la víspera de lo desconocido.

-Sí, soy. Pasen no más.- dijo, como si ya sabría que veníamos y nos estaba esperando.

La poca luz que dejaban pasar las esterillas de paja que colgaban en las ventanas, sumada a la luz que irradiaba una pequeña lamparita de bajo consumo en una lámpara de escritorio improvisada en un antiguo y oxidado anafe, eran las únicas fuentes de luz que permitían ver el modesto interior de la casa. Era todo como un gran espacio, apenas dividido por una arcada que separaba lo que parecía ser el dormitorio por un lado, y por el otro una sala con una mesa atestada de libros y una modesta cocina incorporada, en la cual se veía y se escuchaba agua hirviendo al interior de una pava. Todo resultaba, a simple vista, propio de una humilde casa de provincia, a excepción de unos largos y angostos cajones de madera y vidrio como si fueran unos maceteros altos pero de los que no salían flores o plantas, sino de esos que se usan para criar colonias de hormigas. Y fue posible corroborarlo, a través de sus vidrios laterales, mientras avanzábamos hacia la cocina, guiados por Arriaga, quien nos dió la espalda para llenar un termo con el agua hirviendo de la pava. Aproveché ese instante para echar un vistazo rápido a la multitud de libros que tenía sobre la mesa, pero mi vista solo alcanzó a leer una tapa que rezaba: “Ex libris formica. Omnia Vincit”. Y justo antes de que Arriaga se diera vuelta y despejara la mesa corriendo los libros y papeles, alcancé a ver que entre las pilas de libros reposaba un manuscrito de algunas pocas hojas, en el cual divisé el título entrecomillado que decía: “Dedicatorias”. Arriaga tomó ese manuscrito y lo ocultó debajo de algunos cuantos libros.

Con una presencia rauda y distante, pero sin embargo hospitalaria, nos ordenó que nos sentáramos, y así lo hicimos mientras él, aún de pie, cebaba un mate que nos compartió.

Se sentó y cruzó una pierna por encima de la otra mientras nos miró con un gesto de profunda calma y exhaló, como esperando que dijéramos algo.

-¿Sabía que estábamos viniendo?-, comencé.

-Algo sabía, sí.

-Bueno, muchas gracias por recibirnos. Yo hablé con Mirta Gallegos, que nos pasó su dirección. Mi nombre es Emiliano Puglia, y él es Alejo Sancho. Yo soy abogado y él es cineasta.- dije intentando generar un contexto para aquél encuentro que, si bien parecería evidente que éramos nosotros los que teníamos que aproximarnos con las primeras palabras, sentía la necesidad de que sea Arriaga el que tome al mando de la conversación y, finalmente, nos despeje todas las interrogantes que su historia nos había despertado. Pero, por el momento, él no cedía a mi intención, así que continué:

-La verdad es que, de manera azarosa, dimos con su historia y no pudimos evitar la tentación de conocerla más a fondo, ya que sus investigaciones de décadas pasadas nos resultaron increíblemente interesantes, pero también nos quedaron muchas interrogantes respecto de algunos acontecimientos que, por lo que hemos podido investigar, no se nos aparecen del todo claro.- concluí, con la determinación de no avanzar en mi perorata, y con la esperanza de que Arriaga retome mis palabras y participe de la conversación, por que ya no podía decir más nada a modo de introducción sin ir al hueso y comenzar con las preguntas que nos habían llevado hasta allí, por lo que se hizo un breve silencio hasta que la voz carrasposa de Arriaga intervino:

-¿Ustedes qué podrían imaginar?- preguntó con un tono que nos desorientó por completo, pero en especial a mí que no fui capaz de contestar, por lo que Alejo se sintió obligado a quebrar el silencio de la pregunta que aquel huraño hombre nos había lanzado:

-Que tal vez usted y su colega fueron extorsionados y marginados por grandes poderes internacionales con la complicidad del ámbito académico…- dijo, quizás precipitándose a conclusiones demasiado osadas para el momento de la conversación, por lo que Arriaga lo interrumpió, aunque con una sonrisa gentil en su rostro:

-Me refiero a qué es lo que ustedes pueden imaginar.- Hizo un breve silencio y agregó:

-Miren, les voy a contar una historia que espero que pueda ayudarlos. Hace algunos cuantos siglos, en una región al sur de la amazonía peruana, lindante con las primeras zonas cordilleranas y sus montañas, se planteó un dilema entre un hombre que habitaba en una aldea de la zona baja más selvática al pie de una montaña, y otro hombre que vivía en la aldea apostada en la ladera de la montaña. Al parecer, ambos habían salido a recorrer en busca de alimento. El de la montaña había bajado para recolectar frutas de las ramas de los frondosos árboles, y el de la selva había subido montaña arriba para recolectar los deliciosos frutos de las zarzas que solo crecen con las bajas temperaturas que la altura de la montaña permitía. Para cuando decidieron volver a sus respectivas aldeas, la temperatura de la cumbre bajó algunos grados y derritió la nieve y el hielo acumulado, provocando que el río que ambos hombres habían cruzado caminando esa misma mañana, creciera tanto que para cruzarlo deberían arriesgar sus vidas. Perseguidos por la caída del sol, se vieron ante la necesidad de imaginar alguna forma de cruzar el río antes de que llegue la noche. Inmediatamente, se gritaron ideas desde una vera del río hacia la otra. Primero fue el hombre de la selva quien, acostumbrado a ver cómo los monos maquisapa o monos araña pasan de una rama a la otra entre los árboles y los arbustos de las zonas más estrechas del río, propuso que buscaran algún lugar con las características propicias para poder pasar por encima del río trepando entre las ramas más firmes que puedan encontrar. Pero en poco tiempo notaron que no lograrían hacerlo de ese modo ya que la vegetación que lindaba con el río no tenía ramas lo suficientemente firmes para ese cometido. Fue el turno, entonces, del hombre de la montaña, quien, más acostumbrado a la compañía del cóndor y admirado a diario por aquellos momentos en que la inmensa ave planea dejándose caer desde superficies altas, propuso buscar algún árbol con la suficiente altura que les permita pegar un salto al otro lado del estrecho río. Sin embargo, tampoco daría buenos resultados ya que, por más estrecho que fuera el río, no habría forma de saltar desde una altura suficiente para llegar al otro lado sin que esto signifique lastimarse gravemente en el aterrizaje. Y fue entonces que se reveló de entre los arbustos un tercer hombre. Un ermitaño que vivía solo en una pequeña choza al costado del río. Les propuso que lo que debían hacer era una especie de represa, lanzando los troncos y las piedras más grandes que puedan conseguir en un lugar del río, dado que, si bien ellos no podrían hacer pie, la profundidad del río no era tan grande. Y así fue que entre los tres hombres, al cabo de una hora ya habían improvisado un pequeño y rudimentario puente por el que pasar de un lado al otro. Contentos por haber sorteado este obstáculo y deseosos de volver a sus casas para disfrutar de los alimentos que habían recogido, se disponían a emprender la vuelta hacia sus respectivas aldeas. Pero antes, uno de los aldeanos quiso despejar su curiosidad, por lo que se dirigió al ermitaño y le preguntó: “¿Usted pensó en el carpincho cuando se le ocurrió lo del puente?” A lo que el ermitaño le contestó: “Algo así. En realidad pensé en que si un carpincho tendría que cruzar, le pediría al mono que le junte los troncos y al cóndor que los coloque en el río para poder armar un puente”.

Cuando Arriaga concluyó su pequeño relato, el silencio de esa fría casa era absoluto. Cebó otro mate y lo sorbió con tanto disfrute como si tuviera la boca seca. Cebó otro y se lo extendió a Alejo, quien lo tomó con ambas manos pero no lo sorbió y se quedó con la mirada perdida en la calabaza del mate, hasta que Arriaga continuó:

-Cuando Mirta me contó que había un muchacho que estaba interesado en mi historia, primero me sorprendí, pero después, debo confesar, me entusiasmé ya que, a pesar de que resulte difícil de creer, aún soy algo vanidoso.- dijo, con una sonrisa irónica.-Pero además de mi torpe vanidad, sentí mucha alegría de saber que existen personas, más aún siendo tan jóvenes, que puedan imaginar mis desventuras, que son tan únicas como ordinarias. Porque si hay algo que yo he aprendido es que no sólo es importante saber la verdad, que lo es, sino que lo que más nos define es de dónde podemos imaginar el mundo. Ese es el verdadero poder que compartimos.

Aquella tarde fue una de tantas que pasamos con Arriaga en su modesta casa de Nueva Palmira. A pesar de que no disfrutaba de hacerlo, poco a poco y con el tiempo nos fue despejando las mayores dudas sobre los acontecimientos de su historia, o al menos de una parte de su historia. Sin embargo, aquella tarde fue suficiente. Porque mientras el sol comenzaba a esconderse frente al puerto de Nueva Palmira y nuestros pies llenos de tierra y polvo subían las escalinatas de la pequeña embarcación que nos devolvería a Buenos Aires, entendí que había mucho que debía aprender fuera de los límites de un despacho o de una universidad. Mientras los últimos rayos del sol rebotaban contra el plateado reflejo del río y me hacían arrugar el ceño, entendí que había mucho del espíritu de la ciencia que aún no comprendía; y también mucho debía aprender sobre el espíritu de la ficción.