En estas últimas semanas tuve la oportunidad de ver el documental de Netflix “Rompan Todo” y también leer o escuchar algunas de las tantas críticas de las cuales fue objeto. Para los que no la vieron o no saben de qué trata, la miniserie de seis capítulos se plantea contar la historia del rock latinoamericano desde sus comienzos, en los ‘60, hasta la actualidad. Si la anterior oración dijese historia oficial, estaríamos en condiciones de decir: “objetivo cumplido”. Por eso los signos interrogantes “escoltan” el título de este artículo.

Una de las críticas más frecuentes es la que señala que dentro del objetivo de contar la historia del rock, se “cuela” la historia de Gustavo Santaolalla quien capítulo a capítulo va adquiriendo mayor relevancia y casi que protagonizando la historia del rock latino. A esto se le suma su rol de productor del documental. Músico, productor musical y productor de la serie: muchos roles. Ahora bien, lejos de concordar con dicha crítica, considero que el egocentrismo de Santaolalla es probablemente casi el único aspecto auténtico del documental. Como puede suceder —y más aun en el caso de un productor—, los egos suelen quedar exentos del frío cálculo mercantil con los que se producen los objetos de consumo cultural. El rol de productor implica la necesidad de incluir una mirada amplia capaz de captar los diversos aspectos de una banda o solista de manera tal de poder decidir cuáles deben ser resaltados, moderados o suprimidos. Como es lógico, en este ejercicio, y al compás del crecimiento de su propio ego, se les va colando su propia autovaloración como el elemento que verdadera y más o menos inconscientemente les interesa reflejar. Estamos entonces ante el caso de un mal productor (musical y audiovisual). Pero esto que aparece como un problema, en verdad no es más que un síntoma desde el cual podemos ir “tirando del hilo”. El elemento cuasi bizarro de querer presentar a Santaolalla cual héroe, pionero y vanguardia del rock nos hace ruido justamente porque desnuda el carácter de artificio de esta mercancía en forma de documental. La “sospecha” funciona así: “¿si este tipo está tratando de presentarse como un personaje fundamental no será que todo lo narrado es medio verso?”

Por otro lado, el hecho de que el ego se cuele en una miniserie sobre el rock tiene completo sentido —recuerden el personaje Pomelo de Capusotto—.

Igualmente sería un error criticar a “Rompan Todo” por su carácter de objeto de consumo cultural diseñado y fabricado, dado que esta crítica aplicaría por lo menos para toda la oferta de Netflix. Mas que una crítica, representa un aspecto que conviene retener (tanto en este como en los otros casos).

El documental va narrando la historia “oficial” de bandas con elementos novedosos, under, transgresores que logran “triunfar”. O, como diría el Indio, que empiezan a “trepar radares militares”. Ciertamente, visto desde este lado isleño de la orilla, se trata de un fracaso y no de un triunfo, la historia del Capital Pac-Man digiriendo todo aquello que parecía que se le resistía, un muro hecho de grietas. Todo contado por sus protagonistas, viejos bizarros que han pasado a ser víctimas de sus propias creaciones, seres condenados a repetir en loop una imagen que es como un maquillaje que se les descascara día a día (“¿Y cuánto vale todo lo registrado si el sueño llega tan mal que te condena?”).

De alguna manera, algo de esto queda reflejado en la discusión que Santaolalla le plantea a la letra de “Mientras Miro Las nuevas Olas” de Charly García.

Saben los que te conocen,
que no estás igual que ayer.

Te acuerdas de Elvis, cuando movió la pelvis
el mundo hizo plop y nadie entonces podía entender
qué era esa furia.

Pues bien, el muchacho se hizo rico y entonces
las dulces canciones conquistaron las señoritas
a papá y mamita.

¿Te acuerdas del Club del Clan y las sonrisas de Jolly Land?
La música sigue pero a mí me parece igual.

Te acuerdas del baile, de los palos de escoba
te acuerdas que entonces era la nueva ola y bien
¿qué es ésto de nuevo?
Te acuerdas del chico que rompía las guitarras
cuando nadie tenía un miserable amplificador,
hay miles ahora.

Corbata con saco gris, flequillo sólo hasta la nariz.
La historia prosigue, pero amigos yo ya la ví.

Quiero estar en la playa cuando se han ido
los que tapan toda la arena con celofán.
Recordar las estrellas que hemos perdido
y pensar a suerte y verdad nuestro porvenir.
¿Será como yo lo imagino o será un mundo feliz?

Quiero estar convencido después del ruido
descubriendo por qué olvidamos y volvemos a amar.

Y pensar qué sería de nuestras vidas
cuando el fabricante de mentiras deje de hablar.
Mientras miro las nuevas olas,
yo ya soy parte del mar.

La crítica de Santaolalla pretende reivindicar el punk y el “New Wave”. En este sentido, le pide a una letra de un autor argentino que se coloque por fuera del contexto de su enunciación: lo que se dice una cabeza colonizada porque ni siquiera se cuestiona si la única ruta posible del rock vernáculo es “aplicar” la tabla de mandamientos del rock anglosajón. En cambio, la letra de García es crítica y autocrítica a la vez y, además, en cierto sentido premonitoria. A la luz de la historia, predice lo que va a terminar sucediendo con las nuevas olas que terminan volviéndose parte del Capital-Mar. Acierta, no solamente en el proceso de domesticación del rock, sino también en relación a lo que más tarde terminó por aflorar en la lógica de lo vintage, una suerte de pandemia cultural que nos atraviesa desde que el neoliberalismo logró la hegemonía, una cultura muerta que, como señala Mark Fisher, a la vez que repite compulsiva y cíclicamente el que es su pasado, no hace más que negar la idea de historia y colocarse como por fuera de la misma.

Hacia el final, el documental plantea el barco a la deriva en que se ha convertido el rock —aunque cabría preguntarse si esto no es también parte del relato de la historia “oficial”—. En cierto sentido, qué documento más contundente que la idea concretizada de hacer un documental, casi como un elemento del mausoleo que viene a entronizar la muerte de la cultura rock.

Otro elemento que se destaca es la completa irreflexión sobre el componente imperialista del rock desarrollado de la mano de la sociedad de consumo y las versiones latinoamericanas de los estados de bienestar europeos. Suponer que la incorporación de elementos criollos o de músicas y danzas tradicionales implican un elemento “latinoamericanista” olvida que esos mismos movimientos hacia lo folclórico o lo autóctono se dieron también en el rock anglosajón. En este sentido, el documental narra una historia que repite los movimientos de otra, como un reflejo que se proyecta sobre un nuevo material. No obstante, se cuida de sobremanera en que se lo pueda tildar de conservador mediante una edulcorada contextualización política y su relación con el rock. Aquí es donde aparece su faceta “progresista” relacionando y hasta criticando algunas posiciones que figuras del rock latino han tomado en algunas coyunturas (por ejemplo, la guerra de Malvinas). Además —no podía faltar—, cumple con el “cupo femenino” al reivindicar algunas de las figuras femeninas que se dieron en el transcurso de estos 60 años. En definitiva, una mezcla exacta de condimentos para lograr una sazón que “dé el target” de lo políticamente correcto.

Mucho de lo esbozado hasta acá se revela en el poco lugar que “Rompan Todo” le da a Los Redondos. Nuevamente tenemos que observar esto como un momento de verdad inmanente del documental. Si la lógica argumentativa del desarrollo de la serie se basa en la incorporación de bandas con elementos nuevos u originales al consumo masivo, a la red de “radares militares” a través de las grandes discográficas y del MTV latino, entonces surge el problema de qué hacer con Los Redondos, una banda, un “movimiento” que se mueve exactamente en las antípodas. En este caso “Rompan Todo” vuelve a recurrir al “sabor a poco” de lo políticamente correcto, la menciona como para “cumplir” y punto. El caso de “Patricio Rey y… “es justamente el de esa historia que merece ser contada en la medida en que es una excepcionalidad, una grieta sobre la historia “oficial”. Una banda que viene a representar a todas aquellas otras que no pudieron o no quisieron “trepar radares militares”, un quiebre en el continuum de la linealidad histórica del rock. Los Redondos construyeron su éxito y popularidad no “a pesar de no subirse al cielo” sino gracias a no haberlo hecho. Y hoy siguen siendo inasimilables para el Mar-Capital (ellos, no sus imitadores). Aquí también han sido una suerte de ruta premonitoria de lo que años después iba a suceder con las descargas de música gratuita por Internet, el desplome de la industria discográfica y la proliferación de producciones vía “home studio”. También tuvieron bien claro que una postura estética es al mismo tiempo una postura política y viceversa, que el artista nos es solamente un músico y que por más que le metan los millones que le metan en el bolsillo para grabar en los mejores estudios y con los mejores equipos, la decisión no es simplemente “musical”, o más bien, lo musical es en verdad más que lo musical. Que, en definitiva, la autonomía como concepto excede la música, que no alcanza con la libertad creativa porque se trata de un concepto falaz. El problema no es ser lo mayormente libre posible, sino más bien alcanzar una conciencia acerca de las cadenas a las que sí o sí vamos a estar encadenados y, en todo caso, sacarse de encima las que nos sean posibles (por ejemplo, las discográficas). Elegir nuestros amos-enemigos es vital a la hora de decidir si vamos a estar del lado “luminoso” de la historia o si nos quedamos hermanados del lado de la sombra.

Mi amor, la libertad no es fantástica

No es tormenta mental que da el prestigio loco

Es mar gruesa y oscuridad

Y el chasquido que quiere proteger

Ese grito que no es todo el grito, ¡nena!” 

(fragmento del “Blues de la Libertad”)

5 COMENTARIOS

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    Alicia

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