«Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif, muchacha de campo y mala mujer, sufrida y mala, dio a luz a Arthur Rimbaud. No se sabe si primero maldijo y luego sufrió, o si maldijo por tener que sufrir y en esa maldición persistió; o si anatema y sufrimiento unidos como los dedos de su mano en su mente se engarzaban, se intercambiaban, se perseguían, de tal suerte que entre los dedos negros irritados por su contacto ella trituraba su vida, a su hijo, a sus vivos y a sus muertos». Así comienza Rimbaud el hijo. Un libro de escritura amplia y párrafos largos, complejos y poéticos. La novela, del francés Pierre Michón, se acerca desde todos los costados imprevistos a la figura de Rimbaud. La deconstrucción de la «idea de genio». Las figuras furtivas como sombras que rodean el desarrollo del poeta. Las fantasmáticas siluetas de Izambard «en las casas de viejos tristes que se creían poetas y lo eran, o si no, en las pequeñas litografías baratas colgadas en la buhardilla de jóvenes vanidosos y bobos que se creían poetas y lo eran, entre todos esos rostros de bronce y de madera aparece ante nosotros aquél, famoso a su manera, del poeta Georges Izambard». o Banville «Sí, sabemos que Baudelaire lo quiso mucho y fue su amigo, que lo ponía aparte, al igual que a Chateaubriand y a Flaubert, por encima de la escoria moderna, como él decía, lo que tal vez vale como carta de nobleza, a menos que se tratara de una amabilidad de agorero» los parnasianos y la central Vitali Cuif. La irrupción en París de la mano de Verlaine «Se dice que ese amor les ganó el alma y que acabó mal, como sucede generalmente cuando el amor gana el alma; se dice también que, jugando en todos los tableros y todos los papeles, de amante, de compadre, de poeta, enloquecieron a la esposa, la verdadera, la de Verlaine, con las mil marrullerías que la absenta dicta; porque eran farsantes; insistieron tercamente en aquello del destino poético, en lo mismo en que Baudelaire insistió tanto, que se quedó atorado en el credo o en la maldición». Todo atravesado por un sacudimiento de la lengua, el incognoscible fondo de ese pozo abierto en el pecho de un adolescente de Charleville sobre el que flotan irascibles entidades. Lengua en tensión y movimiento de retorno permanente en que están escritas las páginas del libro, y una hipótesis que las sobrevuela, un esfuerzo poético para explicar estás destellantes presencias, éstos semblantes que con mayor o menor virtud sacudieron el Verbo.

El autor, poco difundido en lengua castellana, es uno de los grandes narradores contemporáneos de la literatura francesa. Su primera novela «Vidas minúsculas» publicada a los treinta y nueve años, fue recibida con excelentes críticas y desde entonces, a pesar de publicar muy poco no ha dejado de acrecentar su imagen de autor de culto. De él se dice que mantiene una vida un tanto ascética en un pueblo de provincia «sin haberse dedicado durante demasiado tiempo a ninguna profesión concreta». Su obsesión por la escritura de Rimbaud y Artaud es providencial. Quizá por eso, su prosa poética se pliega y desgarra como algunos tramos del poeta de Rodés, o estalla y se estremece como los ataques que ambos dirigieron al Verbo, para sacar al Verbo de la jaula de cristal en la que se encontraba y hacerlo morder la tierra, jadear con el corazón en la garganta junto a los hombres, devorados por las llamas, arrojados sin rumbo, envueltos en naufragios. Rimbaud el hijo, es una obra poética que se lee como una biografía intempestiva, para comenzar a transitar la obra de este autor fuera de lo normal.

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