A “don Mario”

El reloj que domina la sala me vuelve loco. Necesito que vaya más rápido. Pero parece no importarle. Indiferente se mantiene con su ritmo cansino. La miro a Inés. Respira acompasado y me tranquiliza. Trato de distraerme con un mosquito que anda eligiendo donde picarme. Lo espanto y al levantar la cabeza mi mirada tropieza con las cánulas que salen del cuerpo de Inés con mucha naturalidad. Como si siempre hubiesen estado allí. Pensar que esta noche íbamos a festejar nuestro treinta ocho aniversario “de estar juntos”. Como dice siempre ella. Hacía mucho que venía planeándolo. Música en la terraza del Picadero y cena frente al río. Porque así es Inés. Y yo estuve dispuesto a esforzarme para complacerla. Así su entusiasmo tendría un premio. Solo por eso acepté su propuesta. Confieso que si fuese por mí me hubiese quedado en casa haciendo una rica comida y viendo una película. Sos demasiado casero dice Inés. El reproche disimulado se adivina en su voz. Treinta y ocho años son muchos. Se aprende a ver y a escuchar de otra manera. Despegado de la realidad. Cuánto pequeño gesto y leve modulación de la voz de Inés me permiten entender sus enojos. Sus alegrías. He ido aprendiendo a acomodarme como una remera ajustada a su piel. Sin dobleces ni sobresaltos. Acomodándome; sí sí es una buena manera de decirlo.

No tuvimos hijos porque no llegaron. No hubo sorpresas.  Hicimos algunos tratamientos sin resultados y como creo que ninguna de los dos estaba demasiado interesado en ser padre ni madre el tema fue desapareciendo hasta morir sin sobresaltos.

Y ahora, recién estrenada la jubilación que junto con el alquiler del departamento de Nuñez cubren con creces nuestros gastos, me he vuelto aún más “casero”. Ya no tengo la necesidad de salir todas las mañanas. Caminar esas cuadras. Soportar el subte. Ni la oficina que, a medida que envejecí y mis compañeros murieron o cambiaron de trabajo, se volvió un enjambre de jóvenes a los que fui entendiendo cada vez menos. Y me distancié. A ellos sí que no tuve ganas de acomodarme. Entonces ir a trabajar se convirtió en una tortura. Y la jubilación se transformó en mi única esperanza. Cuando llegó, creí tocar el cielo con las manos. Y me acomodé con satisfacción en mi casa. Mi guarida como me gusta llamarla. Los antiguos hábitos han llenado mis horas y la compañía de Inés que vuelve de la calle trayendo las últimas noticias del barrio colman mis deseos de saber. La escucho con atención durante un rato hasta que vuelvo a la lectura o a los recuerdos. Los libros que había comprado durante mi vida y que no había tenido tiempo de leer se convirtieron en mis fieles compañeros. La música de mi juventud volvió a endulzarme el corazón desde la notebook que compró Inés. Contra mis deseos pero que al final a regañadientes aprendí a usar lo más bien.

Y así mientras el reloj de la sala sigue con demasiada lentitud haciendo su tarea llegamos a este día. Al festejo de nuestros 38 años de casados. Y acá estoy sentado en un pasillo deslucido y blanco vigilando a Inés que ya no parece respirar tan bien y viendo esas cánulas que le salen del cuerpo y que me preocupan tanto. Creo que voy a tener que llamar a la enfermera. Aunque quien sabe es mejor esperar un poco a ver si la respiración de Inés vuelve a acomodarse. No es cuestión de molestar a cada rato. Acaban de apagar algunas de las luces laterales del pasillo y el reloj parece más grande con sus números negros. Inmóviles dentro de la esfera luminosa.

El médico me dijo que había que esperar hasta mañana, como si hasta mañana fueran nada más que seis horas. Y yo no atiné a explicarle por esa timidez que me envuelve cuando hablo con un médico que estábamos por salir de casa, emperifollados, a festejar nuestro aniversario cuando Inés se empezó a marear, a decir que le dolía mucho el pecho y a tener nauseas. Y que aún así atinó a decirme que llamara a urgencias, pero con riesgo de vida. Puede creerlo doctor. Mire usted como es está mujer. Descompuesta y todo me seguía dando indicaciones. Se ve que se sentía muy mal. Para decirme eso. Imagínese. La ambulancia tardó un poco en llegar y me dijeron ahí no más que estaba sufriendo un infarto. Porque los médicos son así. Muy desenvueltos. Le palmean el hombro a uno para decirle que espere seis horas y que su mujer tiene un infarto. Nada más y nada menos que un infarto. Te lo dicen con la misma naturalidad que si te invitaran a pasear o a tomar un Gancia antes del almuerzo. Parece que no se dan cuenta que esta mujer es mi compañera de vida y que si le llega a pasar algo malo me moriría yo también. Inés parece dormitar con un leve ronquido. No creo que haya escuchado nada en este tiempo que está acá, ni que tampoco se haya dado cuenta cuando la subieron a la ambulancia.

No le dije todo esto al médico. Aunque lo pensé, sí que lo pensé. Pero para qué. No se lo dije.

Me pregunto cómo pedirle que la cuide, cómo decirle que no quiero que se muera porque yo también me moriría un poco. Claro doctor ya lo sé. Sólo un poco. Y que son cosas que se dicen pero la vida continua. Y sí sí sí seguro que continuara. Pero yo me habré muerto un poco. Ese poco que es el que más me importa. Ya sé que voy a seguir respirando y seguramente también me voy a reír. Pero nunca más como antes. Por qué quién me va a acomodar la bufanda como hacía Inés en el invierno cuando yo iba a comprar el pan cada mañana. Y quién me va a mimosear cuando me despierto de la siesta. Quien se va a ocupar de mí cómo lo hace Inés. Todas preguntas que yo me hago doctor mientras Inés sigue viva en la cama, del otro lado del pasillo. Y el reloj continúa su camino. Ya pasaron más de tres horas desde que llegamos. Y yo  esperando. Mejor trato de dormir. Odio ese reloj y también a este hospital. Demasiado frío. Nadie a la vista. Parece que por suerte se fueron todos. Quedamos el reloj y yo. Mientras Inés respira con dificultad en la salita de al lado. Sin abrir los ojos. Porque si los abriera estoy seguro que me diría que no me preocupe. Y eso sería suficiente  para que yo me pueda dormir tranquilo. Aunque este banco es muy duro y mis piernas demasiado largas.

El corredor se angosta allá. Al final. Y no distingo con claridad. Se parece al pasillo de mi casa. Eso me hace sentir mejor. Más tranquilo. Como si el sueño que me vence fuese mi amigo y yo pudiera ponerme a charlar con Inés que se acerca radiante en aquel vestido rojo que me enloquece y me invita a bailar. Siempre fui muy pata dura pero le juro doctor que en esta ocasión podría bailar como el mejor, como si fuese ese actor,  ese Fred Astaire de la película que vimos hace mucho y que nos había gustado tanto. Y después brindamos por los 38 años. Y las enfermeras tan amables le permiten tomar una copa de champagne y comemos un pollo riquísimo preparado por Inés en el horno de la cocina que hace poco arreglé y quedó perfecto. Hacía tanto que ella me lo venía pidiendo. Inés está hermosa doctor. ¿A usted no le parece que está muy bella? Lástima que su mirada no me acaricia. Y tengo celos de que usted la invite a bailar porque Inés se ríe demasiado. Ese escote me pareció siempre muy provocativo. Más aún ahora que el vestido se le está resbalando por los hombros. Y sus lindos pechos van quedando desnudos mientras usted la mira y ella se sigue riendo a carcajadas. Y yo no puedo hacer nada porque estoy como petrificado, fijado al piso. Sólo puedo gritarle, avisarle que se cubra porque ya se le ven mucho esas cánulas que le agujerean el cuerpo y todo el mundo los está mirando. Además bailan demasiado rápido y las cánulas se pueden romper si chocan contra la pared en una de las tantas vueltas que están dando. Bailando y bailando. Como si nada. Inés cae rendida en sus brazos y veo que usted le escucha los latidos del  corazón. Y que después la acomoda de nuevo en la cama y que se da vuelta para mirarme. Y ahora me está sacudiendo bastante fuerte. Y sí sí sí le aseguro doctor que estoy despierto, que puede hablarme con confianza, que yo ya sé que a Inés se le rompieron las cánulas contra la pared, que todo sucedió demasiado rápido y que ya no hay nada que hacer.

Pero ahora sí doctor, recién ahora me atrevo a preguntarle. ¿No es cierto que estaba radiante en su vestido rojo? A mí siempre me enloqueció ese vestido, doctor. Siempre.

1 COMENTARIO

  1. Muy sentido, llega al corazón. Las imágenes acerca de los sentimientos, impecables. Uno va sintiendo juntamente con el protagonista, paso a paso.
    Impresionante

    Nora

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