Estoy completamente seguro de que el porro fue un factor positivo en mi vida. Hasta los 18 sólo fumé una vez y no me pasó mucho. Solamente sentí culpa, en ese momento estaba demasiado metido en un deber ser que me decía “si te drogás estás tratando de evadir algo, hay algo que preferís no ver. Entonces sos medio hipócrita y, para colmo, te drogás porque todos los que están a tu alrededor lo hacen”. Hoy releo este imperativo y, a pesar de tener una connotación claramente negativa, me parece que esconde un borde positivo. Por otro lado, el fantasma de “hacé lo contrario a lo que hacen los demás” sigue deambulando por mi psiquis. Creo que la diferencia hoy pasa por el hecho de saberme fehacientemente distinto a les otres, conciencia que en el mismo movimiento implicó limar muchísimo esas cadenas/caminos mentales que me hacían suponer que el único espacio de encuentro con la realidad propia y ajena era un juzgado donde, alternativamente, me tocaba jugar el rol de juez o de acusado.

El faso me devolvió retazos perdidos de la infancia. Cuando pequeño era bastante colgado, siempre con la mente volando por otra realidad. Muy mental pero con cero paranoia o neurosis, estaba medio en un plan de jugar creando historias, pura imaginación. La vida superyoica se fue desarrollando y yo me fui metiendo en el embudo del deber ser. Pero más que el deber ser, el problema era el embudo. Creo que aún hoy sigo siendo de esas personas de las cuales se podría decir que “sus acciones y sus palabras tienen un fuerte componente de lo que es o no es correcto, de lo que está mal o bien” —como ven la neurosis también me abunda— y eso no me parece mal dado el horrendo mundo de caca en el que vivimos. Me encantaría ignorarlo, pero este contexto requiere de convicciones fuertes. Pero eso no significa que no podamos disfrutar. Palabra clave, el porro me sirvió para reaprender a disfrutar. La imaginación y el disfrute mucho tienen que ver.

Creatividad vs memoria

Fue el porro el que me llevó a la firme convicción de la existencia de una relación inversamente proporcional entre la memoria y la creatividad. Porque la creatividad está hermanada con la concentración y la concentración tiene que ver con la capacidad de observar la singularidad de cada momento al punto tal que la idea de momento termine diluyéndose. Para entender este preciso instante como un momento tengo que dar por sentado un antes y un después, tengo que concebir una sucesión de momentos susceptibles de ser atravesados por esta suerte de cronómetro de la temporalidad. Si el tiempo es como una regla capaz de medir, eso significa que todos los momentos tienen que estar hechos de una igualdad. Igualdad que es justamente su capacidad de ser momentos atravesados por una temporalidad, el hecho de que transcurran. Es decir, su igualdad es que todos son momentos. La caída de Constantinopla y el corte que me hice con el cuchillo mientras picaba ajo se igualan dado que ambos son sucesos susceptibles de ser medidos en el tiempo, su carácter de igualdad es una abstracción en la medida en que desconoce la singularidad inabarcable e incomparable entre ambos, lo que los vuelve concretos. Para percibir lo concreto/singular se hace necesaria la potencia de la concentración, capaz de olvidar la temporalidad. Olvidarse es en cierto sentido concentrarse. Y en la medida en que somos capaces de captar la singularidad, ahí es cuando aparece el acto creativo. La nada, en lo que refiere al acto creativo, es como una pausa necesaria, un suspiro. Pero el acto creativo consiste en empezar a ver algo donde antes no veías nada, es romper con la hegemonía de la temporalidad. Incluso, puede que se trate de construir temporalidades alternativas. La creatividad siempre es una mirada alternativa.

Por todo ello no me resulta nada rara la pérdida de memoria que sucede en el momento en el que uno está fumado (y un poco también cuando no lo estás).

Pero queda la pregunta asentada ¿es cierto que cuando estás fumado se te ocurren más y mejores ideas?

Uno de los estereotipos circulantes incluso dentro del espectro consumidor de marihuana es que uno “flashea” o “lima” que tiene ideas re buenas cuando está fumado. Al salir de ese estado “alterado” de la conciencia pasa que te las olvidaste o pasa que te das cuenta de que era una alta boludez. La universalidad de esta afirmación es incomprobable ya desde un aspecto meramente lógico en la medida en que, aún suponiendo que se cuente con una base de datos capaz de albergar todas las ideas fumadas, nadie está en posición de juzgar el mérito o no de determinadas ideas. Sin embargo, me atrevo a aseverar mis propias convicciones completamente subjetivas al respecto. Si bien no puedo opinar sobre los demás, sí puedo hacerlo sobre mí.

Son varias las ocasiones en que estando fumado se me ocurren ideas que en ese momento me parecen buenísimas. Inclusive, para evitar el pequeño problema de olvidármelas, suelo grabarlas en el celular. En general cuando vuelvo a escucharlas varios días o semanas después, sigo teniendo la misma impresión. Puede que les falte desarrollo o que tengan algunos flancos débiles, pero a la gema la sigo viendo. El elemento que las suele realzar es su creatividad, su capacidad de ver un mismo hecho o fenómeno ahora desde un ángulo distinto. A su vez, no se puede desestimar el hecho de decirlas en voz alta y grabarlas. Aunque pueda parecer una mera solución instrumental, al decirlas en la grabación uno se escucha y casi que las puede ver y palpar, la grabación es parte del acto creativo. Por último, y no por eso menos importante, casi siempre son ideas que encuentran una oyente en mi compañera, que no sólo las escucha, sino que les aporta y brinda nuevos nutrientes. Ya de por sí, explicar es siempre explicarse, “prestar” el oído es un elemento invalorable del proceso creativo. No solamente por todo lo dicho sino porque no se puede separar la ocurrencia de una nueva idea con la posibilidad de compartirla. Sino ¿qué sentido tendría? Es por ello que el conocimiento en un sentido amplio se resiste a la idea de propiedad, siempre es colectivo. Cada vez que alguien quiere cobrar la patente por una idea, por una fórmula o… por una vacuna, lo que en realidad está ocurriendo es la apropiación privada de un conocimiento colectivo. Esta es una verdad que termina por expresarse de mil modos distintos. Apropiarse de un conocimiento es algo tan absurdo como alambrar una montaña. Y, sin embargo, ambas son moneda corriente.

Como vemos, sería una abstracción suponer que la unión entre mi cerebro y el porro generan de por sí una idea nueva. Los factores que intervienen son múltiples. En este sentido, al escuchar el interesantísimo podcast Porro de Mauro Eyo y Mike Urerre encontré un elemento que hasta ese momento no había escuchado ni se me había ocurrido. Como mamíferos que somos, parece que nuestro cerebro anda por ahí buscando recompensas que distan de ser las que como seres sociales tenderíamos a pensar. Es decir, no estamos hablando de una recompensa del tipo “si hago bien mi trabajo, me van a pagar más”. Más bien, se trata de placeres naturales que nos permitan generar una estabilidad metabólica. Traduzco: la recompensa es la propia conservación de la salud. Según este punto de vista, el consumo de marihuana podría ser pensado bajo esta órbita. Si usamos esta idea para pensar el consumo de cannabis en nuestra vida cotidiana, es probable que asociemos la sustancia, por ejemplo, a un momento de relax después de un día de trabajo. El porro como recompensa es una idea fuerte, a pesar de que la idea de la programación genética tenga el problema de olvidar el elemento distintivo que nos convierte en humanos. Se me escapa el cómo, pero sería interesante trazar el camino de mediaciones que va desde nuestro ser mamíferos a nuestro ser humanos. No es que no seamos animales, es que somos un poco más que eso, algo distinto. Dejando esta discusión para otro momento, la idea de porro como recompensa es útil para pensar el carácter de las “ideas fumadas”. Si la marihuana funciona como recompensa, tal vez las “ideas fumadas” puedan ser bien recompensadas. La idea de recompensa trasciende su carácter temporal con arreglo a fines y medios, no sólo fumo para recompensarme por haber hecho X o Y, sino que fumar me permite recompensarme. Se me ocurren ideas estando fumado o no, la diferencia es que cuando lo estoy soy capaz de verlas y celebrarlas. Y —otra vez—, recompensar la idea es parte constitutiva de la misma. Porque si soy capaz de celebrar el germen de una idea, voy a tener la motivación para desarrollarla. Cada idea que se nos ocurre tiene un germen del que por ahí ni siquiera somos conscientes, toda idea que se nos aparece como una inmediatez en verdad está construida con una serie de mediaciones de las que en principio no somos conscientes. Desarrollar la idea es ir tanto para adelante como para atrás, todo en un mismo acto susceptible de ser diferenciado sólo desde un punto de vista analítico y a posteriori. Gracias a la concentración de la que hablaba antes podemos ser capaces de desarrollar esas pequeñas partículas de gérmenes de idea que están ahí como volando por el aire. Entonces

¿Cuál es la verdad?

La verdad está en “el aire”, convive con nosotres todos los días, somos parte de ella, ella nos hace a la vez que nosotres la hacemos. Incluso lo falso es parte de la verdad. La idea de “viaje” como sinónimo de estar —bastante— fumado, es sumamente interesante si somos capaces de desarrollarla. En un viaje uno observa cosas nuevas, si me voy al Machu Picchu seguramente la voy a “flashear” porque es algo que nunca había visto. Ahora bien, qué pasa si de repente tenemos la capacidad de rever la misma realidad de todos los días solo que con unos nuevos ojos, si ahora la flasheamos con, por ejemplo, la estructura arquitectónica del microcentro porteño. Pasa que estamos viajando sin viajar. Y esto es un nuevo punto de vista, es una nueva forma de comunicarse con lo real que de por sí tiene que terminar reflejándose en la construcción de nuevas ideas. Al igual que el trabajo que hace el inconsciente con nuestras experiencias cotidianas durante el sueño, estar fumados nos puede permitir observar de otra forma. Por eso, retomando la frase superyoica del principio, ver distinto es en algún punto dejar de ver. Olvidar en realidad quiere decir olvidar formas específicas que le damos al pasado o los pasados. Si se piensa bien, nunca olvidamos lo pasado, sino que siempre está ahí fantasmeándote al lado. Incluso olvidar es también olvidar una forma específica de entender el olvido. El peor problema de la conciencia es que siempre es un punto de vista, puede nutrirse de otras formas de mirar pero, por más diversa, siempre termina cristalizándose en un nuevo punto en el espacio. Pero si anulamos la idea de punto de vista, las posibilidades (inherentemente irrealizables) son infinitas. Si se piensa bien, así podría caracterizarse al inconsciente y su procesamiento de la realidad porque difícilmente pueda entendérselo como un nuevo punto de vista en el espacio.

La marihuana es una droga contextual en un sentido amplio de la palabra. No solo el contexto en donde estás puede llegar a determinar si la vas a pasar mal o bien. El acto mismo lleva inscriptos una serie de “micro contextos” encima. Recompensa, creatividad, olvido, ideas, compartir, crear, soltar, viajar. Y siempre —espero— disfrutar.

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