Llevaba la pelota en los pies. Rodaba apenas unos centímetros delante de su pie derecho. Con cada toquecito la empujaba. Sentía como el pasto se aflojaba en cada pisada. Su pie y la pelota parecían esperar por ese breve momento de encuentro. En cada instante de roce, el movimientos de camisetas iba formando geometrías que solo su ojo decodificaba.

Esperaba ese impulso eléctrico en el pie.

Todo se calló.

Todo se movía a la velocidad de la quietud. Los cuerpos se sincronizaron para que se abriera ese pasadizo secreto entre un mundo de piernas agazapadas como leones hambrientos. 

La pelota y el botín se tocaron, pero esta vez con la fuerza suave de un viento de verano. El delantero agarró el pase. El vio la cabeza moverse entre las demás. La camiseta con el número 9. Escuchó el golpe fuerte, y cómo el arquero se estiraba por el aire.

La pelota y la red se movieron. De ese partido, ya no recuerda nada más.

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