Autora: Noelia Guerrero.

Después de tomar la leche con reviro, corría para el patio del fondo. Un mosaico de verdes intensos y otros fosforescentes me cegaba con el sol que crecía grande por entre las hojas. Para mi el agite era un ¡Buen día! que gritaba la fronda organizada a mi llegada. Les regalaba las manos alzadas en ula ula, imitando sus ramas largas en alborto. Me entretenía buscando los tubitos por donde asomaba el hormigueo, les dejaba hojitas de brotes verdes. Elegía las mejores y se las ofrecía para el desayuno. De vez en cuando entre juego y juego, me asomaba por el enrejado del mosquitero apoyando la punta de la nariz y apretando tanto las manos que me quedaban marquitas rojas cuadradas. Mi abuela creo que me olía y se daba vuelta para saludarme. Yo le tiraba besos que ella agarraba en el aire y se los apoyaba con las manos en montoncitos en los cachetes. Le sonreían los ojos marrones de tierra colorada mientras agitaba el repasador a modo de zamba. Amagaba que me corría y yo disparaba hasta tocar el árbol de higos. Esperaba pegada a su tronco con el pecho agitado mirando hacia el cielo verde de gotas gordas violetas enmieladas. Después me acordaba que ahí habitaba el demonio a la hora de la siesta y levantaba la polvareda de tierra hasta el paredón donde se juntaba el chatarrerío. Inventaba estructuras como arquitecta de sueños. Apilaba los cascotes de mis futuras casas, regadas de arreglos florales de dientes de león, flores de trébol blanco, lipias y esas hojitas que estaban mezcladas con el pasto común y que mi abue llamaba oreja de ratón. Cuando desarmaba todo para dejarlo nuevamente en su desorden natural, agarraba los ramilletes y se los regalaba a ella. Mis floricidios iban a parar nuevamente a vasos con agua. ¡Que hermosura hija! Me gritaba y yo la corregía, ¡nieta abue! ¡Yo soy tu nieta, no tu hija!. Ella se reía con su dentadura grande de dientes prestados que dormía al lado de su cama todas las noches. Yo le pedía dormir del lado de la pared porque me daban miedo. Fuera de su boca me parecían una amenaza. Rezábamos en voz alta, el padre nuestro y a un tal Angel que era guarda, para que un señor de barba y semi desnudo que estaba colgado en la pared con los brazos en cruz nos cuidara el sueño. Ese señor también me daba miedo, pero menos que el que habitaba la higuera. Dormíamos apretadas de calor pero no nos despegábamos. El olor de jabón blanco con un toque de dulzor del perfume que usaba me adormecía. Su respirar fuerte era la música aletargada de mi paz nocturna. Ella era mi dulce compañía, la que no me desamparaba ni de noche ni de día. 

Las siestas eran otra historia. Llantos, pataleos y el hiriente ¡Vos no me querés!. Entonces los cuentos del pomberito, el viejo de la bolsa y el diablo de la higuera me desanimaban de mis ganas de jugar con los changuitos del barrio. Cuando estaban mis primos y primas era la toma de la bastilla y no dormía nadie. Pero sola las fuerzas no me alcanzaban y me rendía a los obligados descansos que ella me decía que cuando sea grande los iba a extrañar. Y me hablaba de obligaciones y de trabajar y de estudiar y de otro montón de cosas que hacían los grandes. Yo me amparaba en mi pequeñez y en mi derecho a jugar. ¿Dónde están mis derechos? Y ella me contestaba que donde empezaban los de ella y que tenía derecho a dormir la siesta. Y así, hasta que me dormía. Siempre que me despertaba ella no estaba aunque si sentía su calor aun del lado de su cama. Y el reproche cuando la encontraba plácidamente tomando mate mientras fumaba sus Derby suaves cortos. El sol le pegaba de costado y yo podía ver su ñata redonda como la mía. ¿Por qué no me despertaste? Es que dormías tan linda como cuando eras bebe! Entonces yo le sonreía y le decía bajito en el oído “Te amo abu”. Me daba un mate que yo trataba de tragar sin que se me notara el asco y el gusto amargo en la boca me sacaba el sopor. A mi me gustaba mas el tereré con jugo de naranja pero igual me tomaba el mate para que ella viera que yo ya era grande. Entonces le decía que si me dejaba regar el patio que había mucho polvo. Ella me dejaba aunque sabía que iba a mojar de más para hacer tortas de barro que después le iba a convidar.

Mis días preferidos eran los que ella cocinaba puchero. Yo me sentaba en la mesa y apoyaba los codos sosteniendo con mis manos la cara. Ella iba y venía en la cocina, así que yo no me tenía que mover porque sino se podía tropezar conmigo y el desastre. Ya había pasado y así se rompieron dos platos azules muy lindos que mi abu quería mucho. Me dijo que no pasaba nada pero yo ese día estaba muy triste y no sabía cómo pedirle perdón así que le escribí una carta larga donde le pedía perdón por un montón de cosas como cuando le robe los cigarrillos porque ella tosía mucho y yo tenía miedo que le pasara algo y la quise asustar y le dije que se le estaba poniendo el pelo blanco por la ceniza del cigarrillo pero ella igual se compro otros y nunca supo que los desarme uno por uno y los tire por el inodoro. Bueno, cuestión que yo no tenía que moverme, así que la miraba en su ir y venir. A veces dejaba una estela como las estrellas, pero echa del polvo que se veía en el sol. Yo a veces me distraía mirando como volaba una pelusa en ese espacio con olor a verduras frescas. Yo le decía que la quería ayudar así que ella me daba una tabla de madera chiquita y un cuchillo de plástico y un apio para que lo corte. Como hacía tan rápido para seguir ayudándola ella me daba mas apio hasta que ya no quedaba mas y tenía que seguir mirando como hacía todo sin mi ayuda. Igual la abu decía que la hacíamos juntas. A veces cantaba una canción y yo me reía porque tiraba pasitos con el repasador atado en la cintura. Y parecía que los pájaros de afuera le contestaban! Y el polvo del sol danzaba y las pelusas también y yo corría a abrazarme a su panza de abuela y le decía !Basta! ¡Basta! Y me reía y ella cantaba mas fuerte y los pájaros trinaban mas y el calor de la cocina de la ventana nos iluminaba y la casa se llenaba de puchero, de verduras y de sus manos de barro, su pelo manchado de cenizas y su amor de selva misionera en la sonrisa. 

5 COMENTARIOS

  1. !Maravilloso! Me trasladó por un instante a aquellos domingos ya lejanos en casa de mi abuela allá en el conurbano. Los asados, las siestas y las tardes de fútbol.

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