No es motivo de orgullo alguno la historia que aquí me pongo a contar. Muy por el contrario, el solo recuerdo de los siguientes acontecimientos despierta en mi la más penosa de las vergüenzas. Y es por esta misma razón que decido narrarlos, consagrándome a la esperanza en esa consabida cualidad de exorcizar que tienen las palabras. 

Con la exclusiva voluntad de traer algo de contexto, y despojado de toda excusación, diré que aquellos tiempos, lejos estaban de ser buenos. La soledad que marcaba el ritmo de mis días era mayor de la que podía soportar, y mi trabajo como asistente polirrubro en la oficina del Dr. Orellana era un aporte significativo a esta condición. Apenas tenía treinta y dos años y sentía, en el más íntimo de mis fueros, que ya no había buenos días por venir. No, al menos, como los que había experimentado en mi infancia y en mis primeros años de juventud, cuando la conciencia ingenua de aquel que es inexperto en los asuntos de la vida, vuelve a las alegrías y felicidades en puros estados de ánimo carentes de toda finitud. Por el contrario, aquellos días se sucedían uno detrás del otro, como si fueran piezas de un imperturbable efecto dominó, sin curvas ni cesuras. Desde los recados que me llevaban a pasar horas en el transporte público recorriendo la ciudad de punta a punta hasta la soledad del estudio de Orellana, en donde me confinaba durante unas doce horas diarias, a merced de la exigua luz que entraba por la única y lastimosa ventana, orientada hacia el pulmón del edificio, que tenía aquel diminuto cuadrado perfecto que supo ser una cocina y que ahora pretendía ser mi oficina, en donde solo cabían uno de esos antiguos ficheros metálicos y un modesto escritorio sobre el cual solía recalentarse la vieja computadora que Orellana me había asignado para hacer mis tareas, de entre las cuales primaban la iterativa redacción de Cartas Documento, homologaciones y desgrabaciones de audiencias y mediaciones.

A pesar de que no tengo el mejor recuerdo de aquellos días, tampoco era todo melancolía y soledad. Dos o tres veces por semana, al salir de la oficina, iba al bar “Jauja” en donde me encontraba con Fernando y con Almada, mis dos amigos desde la escuela secundaria. Tomábamos algo, comíamos algo y jugábamos al pool hasta que se hacía la medianoche, cuando nos íbamos cada uno por su lado padeciendo la falta de horas de sueño que se cobraría su factura al día siguiente. Y los fines de semana me tomaba el tren en dirección a lo de mis padres, en donde aprovechaba a comer y dormir mientras disfrutaba de la calidez del hogar familiar, para comenzar una nueva semana con un espíritu más portentoso y con alguna reminiscencia de aquella voluntad de hacer del mundo algo mejor, lo que me llevó a estudiar Derecho en primer lugar. Voluntad que solía extinguirse en el primer momento en que el aceitoso y artificialmente bronceado rostro de Orellana se asomaba por la puerta de entrada con su indiferente y habitual “Buenas”, antes de sentarse en el escritorio de la sala contigua a mi reducto, el cuál siempre debía tener la puerta abierta, a no ser que él decidiera cerrarla. Y allí esperaba a que yo bajara hasta el bar de la esquina para traerle su desayuno diario de un café cortado con tres medialunas de grasa, el cual tomaba mientras leía el diario y escuchaba una de esas radios en las que siempre hablan de cortes de tráfico y crímenes brutales. Sin embargo, no fue así aquel lunes en que, al volver del bar, atravesé la puerta del departamento, pero en vez de la radio lo que escuché fue la voz de un hombre que hablaba con Orellana: 

-Estuve a punto de entrar y sacarla a las patadas, pero…

La voz del hombre se detuvo cuando advirtieron el ruido de mi presencia allí, como si Orellana le hubiese indicado al hombre que haga silencio. 

-Hola, qué tal. -saludé al aparecer frente al escritorio de Orellana que me indicó con la expresión de su rostro que debía dejarle su desayuno y meterme en mi oficina. El otro hombre era corpulento y de gran estatura, calvo y con una barba prolijamente cortada que circundaba una incipiente papada que casi llegaba a rozar una cadena de oro que se metía entre el pecho lampiño y la camisa color salmón, desabotonada hasta la mitad y apenas arremangada sobre sus rechonchas manos llenas de pulseras y anillos. Y a pesar de que no era tan sofocante el calor de aquella mañana de primavera, la camisa de ese hombre dejaba ver unas aureolas de transpiración en su espalda y sus axilas, las cuales explicaban el olor agrio que surgía de la mezcla entre un perfume afrutado y su propio hedor corporal, que invadía todo el departamento. Ni siquiera utilizó su mirada para responder a mi saludo y apenas crucé el marco de la puerta de mi oficina retomó sus palabras. Sin embargo, no pude escuchar mucho más, dado que Orellana se paró y cerró la puerta de mi oficina, algo que llamó mucho mi atención debido a que, cuando recibía clientes solía ordenarme que deje la puerta abierta para que pueda tomar notas de todos los datos que iban diciendo. Por esto, y tal vez porque se trataba de uno de esos lunes de esperanzas renovadas, me atreví a apoyar mi rostro contra la puerta para intentar oír algo de la conversación entre esos dos. 

-Escucháme. Lo que menos tenemos que hacer ahora es volvernos locos. -dijo Orellana, interrumpiendo al otro y tomando el control de la situación.  

-Hay que ir paso por paso. -continuó -Yo sé que querés hacer todo rápido y sacarla a patadas y todo eso. Pero si hacemos las cosas bien, yo te garantizo que, a fin de cuentas, va a ser mejor. 

– ¿Y qué hay que hacer? -pregunta el otro como aceptando la propuesta de Orellana. 

-Mirá, lo primero, para arrancar, vamos a mandarle una Carta Documento.

Al escuchar esta última frase, despegué el rostro de la puerta y me senté en mi escritorio, ya que ahora sí imaginaba que Orellana vendría a pedirme que tome nota de algunos datos. Pero no fue así hasta que el otro hombre ya se había ido, como si Orellana hubiera tomado nota, o como si ya conociera los datos por sí mismo. Y procuré no demostrar el menor interés en ese asunto mientras Orellana me entregaba un sobre cerrado y la dirección de envío, para llevarla al correo como solía hacer siempre. Pero esa mañana no entré en la oficina del correo, sino que, cautivado por una curiosidad inusitada, aduje otros trámites ante Orellana y decidí entregar ese sobre personalmente.   

Era una de esas casas con una puertita de rejas de medio metro de altura, como para que no se cuelen los perros, ni que se pueda subir un auto, o que tampoco invite a los transeúntes a echarse sobre el pasto. Más allá, la fachada blanca y porosa rodeaba una puerta de madera de color verde musgo, escoltada por un cantero frondoso que subrayaba una ventana con los vidrios esmerilados hasta la mitad, evitando las miradas de los curiosos. Y, a pesar de que el buzón estaba al alcance de la vereda, decidí que no podía llegar hasta allí para irme sin más, por lo que revoleé mis piernas y, en un solo movimiento, procurando ser lo más rápido posible, pasé hacia el jardín. Pensé en inventar una excusa que me permita golpear esa puerta verde musgo, y se me ocurrió que la necesidad de pedirle una firma de conformidad sería una buena justificación. Nervioso y empapado en sudor, me cercioré de que nadie esté observándome desde la calle hasta que golpeé la puerta. Esperé, pero nadie abrió. Me vi, frustrado, ante el inexorable fin de mi aventura. Volví sobre mis pasos y deslicé el sobre por la hendija del buzón, pero, en un último atisbo de entusiasmo, decidí trepar al cantero y empinar mi nariz para que mis ojos puedan sortear el esmerilado y atravesar la ventana. Un típico cuadrilátero burgués entre la televisión y los tres sillones formaba la sala. El recibidor, el pasillo distribuidor, la cocina y las habitaciones. Una casa normal como hay tantas, en donde no destacaba el orden o la limpieza, pero tampoco se veía el menor rastro de desidia ni abulia. Y mientras mis ojos pasaban revista sobre estos detalles nimios, un espasmo de horror recorrió mi cuerpo cuando una mujer desnuda de unos cuarenta y cinco años, apareció por el pasillo. Pero no hizo su aparición caminando. Arrastraba su cuerpo de una manera completamente antinatural. O, más bien, y con el dificultoso ejercicio de escoger bien mis palabras, diré que aquella mujer se arrastraba por su casa de un modo exageradamente natural, como si aquello lo hubiese hecho durante toda su propia existencia y la de sus ancestros. Movía cada parte de su cuerpo con total armonía, y se deslizaba por el piso a una velocidad sorprendente, como si estuviera nadando. La incredulidad y la sorpresa que provocaron mi susto también hicieron que mi cuerpo se mueva de forma involuntaria perdiendo el equilibrio, hasta que encontré un punto de apoyo en la ventana. Pero eso llamó la atención de aquella extraña mujer que interrumpió su traslado indiferente y se detuvo en seco, a la vez que me lanzó una mirada con un gesto perturbador. La cobardía, una cualidad que siempre se rehúsa a abandonarme, no me dejó mediar pensamiento entre aquella mirada tan impávida como desafiante y mi abandono de aquel lugar.     

Aún con la memoria del estremecimiento que produjo su mirada en mi cuerpo, esa misma noche en el “Jauja”, les conté a Fernando y a Almada. 

-Estará re loca la pobre. -dijo Almada mientras entizaba el taco, preparándose para romper.

-A lo mejor no está bien. -agregó Fernando, fiel a su estilo mesurado. 

-No, no parecía locura. Por lo menos no esa clase de locura común. -dije, inconforme con el diagnóstico que me presentaban. 

-No hay locuras comunes. -dice Fernando con un gesto de autosuficiencia, como minimizando la cuestión, mientras el sonido seco de la carambola retumbó en todo el bar. 

-No, ya sé. Me refiero a que no parecía uno de esos ataques de nervios, o de ansiedad, o nada de eso. Era más bien lo contrario. Como si siempre hubiera sido así. 

– ¿Una especie de lagarto, decís? -ironizó Almada, mientras se apoyaba sobre su taco, esperando a que yo haga mi tiro. -¿Por qué no volvés y la grabas? -agregó al ver mi expresión de enfado por su burla. 

-Mirá si se va a meter en una casa a grabar a una mina que está desequilibrada. -respondió Fernando, algo escandalizado. -Además, -continuó -si se llega a cruzar con el tipo lo puede reconocer. 

Y la verdad es que no había pensado en eso. A pesar de que no creo si quiera que me haya mirado esa mañana en lo de Orellana, existía la posibilidad de que me reconozca y que, en el mejor de los casos, me meta en un problema con mi jefe. 

Aquella noche, al volver del “Jauja”, perturbado por estos pensamientos, me costó mucho poder dormir. Las imágenes de aquella mujer, su mirada apacible pero filosa, la barba excesivamente prolija y las manos rechonchas de aquel hombre, me negaron el sueño hasta las horas más claras de la noche. Y para cuando desperté, el sobresalto se correspondió con la conciencia, aun adormilada, de que estaba llegando tarde. No era muy usual que eso sucediera. No por virtud sino por coerción, ya que Orellana era un ser despreciable y no desaprovechaba oportunidad para sacar a relucir esa característica. Así que corrí, y hasta gasté lo que para mí era una fortuna en un taxi. Todo para no darle la satisfacción. Pero un embotellamiento se interpuso, por lo que me bajé del taxi y corrí entre la gente hasta llegar a la puerta de ese edificio por demás funesto. El ascensor tardaría demasiado, así que opté por las escaleras. Y mientras mi camisa se empapaba en sudor al trotar por el pasillo alfombrado, mis manos barajaban las llaves para abrir la puerta del departamento. Pero no llegué a colocarlas en la cerradura ya que la puerta estaba abierta y el hombre corpulento y de barba pulcra estaba parado a un paso del marco de la puerta, apoyado sobre la pared del pasillo del lado de adentro del departamento, como si estuviera esperando. Me miró con un leve gesto de menosprecio y dijo:

-Acá llegó. 

Un escalofrío recorrió mi cuerpo paralizado de punta a punta, mientras miraba a aquel hombre que parecía estar esperándome. ¿Cuál era el motivo? ¿Me habría visto ir hasta la casa de aquella mujer, y espiar por la ventana? Y de ser así, ¿qué pretendería hacer al respecto? Y, aún más desesperante, ¿cuál sería mi justificación? Y mientras mi cerebro se formulaba estas preguntas sin enviar la más mínima orden a mi cuerpo, fue Orellana quien salió del diminuto baño del departamento y, mientras se ajustaba el cinturón, me dio algunas respuestas: 

– ¿Dónde mierda estabas, pendejo? -gritó, pero como su insulto no logró interrumpir mi estupefacción, continuó. -¿Y qué carajo estás esperando? Entrá de una puta vez que nos tenemos que ir y no puedo dejar el despacho solo. 

Esta vez sí consiguió sacarme de mi ensimismamiento, por lo que me metí en el departamento de manera repentina y apresurada, mientras ellos salían y cerraban la puerta.

El silencio de aquel departamento hacía que mis oídos vibren, como si aún esperaran escuchar algo más. Caminé de manera automática hasta mi escritorio y me senté en mi silla mientras apoyaba mi mochila contra la pata de ese escritorio de melamina viejo, tal como hacía cada mañana, como si aún tuviera que disimular mi comportamiento ante los ojos de Orellana. Por un momento, perdí la mirada en el reflejo distorsionado de mi cara sobre la pantalla negra del monitor. Aún con el entendimiento algo turbado por aquel encuentro confuso y por las reminiscencias del sobresalto tempranero al despertar, intenté despejar los detalles de la situación. Orellana y su cliente, ¿estarían apurados por ir al encuentro de aquella extraña mujer en aquella casa? De ser así, ¿cuál sería el motivo? ¿Debía salir ahora mismo, sin dejar pasar un minuto más, y seguirlos para conocer su destino? ¿O debería ir directamente hacia aquella casa, y apostarme allí, manteniendo una distancia prudente para poder observar si aquel hombre, con Orellana como ladero, efectivamente se dirigían allí, y cuál era el propósito que los motivaba? Seguirlos no parecía una opción viable, ya que no creía que fuera capaz de hacerlo. Apostarme frente a la casa podía ser. Pero como ni siquiera sabía si esos dos allí se dirigían, ¿qué iba a hacer? ¿Custodiar el lugar, arriesgándome a ser visto, esperando a que algo suceda? ¿Hasta qué hora? Decidí salir de la inocuidad de estos pensamientos y fui a revisar el escritorio de Orellana. Su computadora estaba apagada, y al encenderla me pediría su clave, que yo no conocía. Entre sus papeles y carpetas no había nada que pareciera tener algún tipo de interés. En sus cajones tampoco encontré algo que despertara el menor sentido en mis ojos. Y fue en ese preciso momento que se cruzó por mi cabeza el pensamiento del cual espero algún día poder olvidar su recuerdo. Porque mientras cerraba el último de los cajones, pensé que debía esperar y ver cómo seguía todo aquel asunto. Me volví a mi escritorio y procuré distraerme de todo aquello abocándome a otras tareas pendientes. Y así pasó aquella tarde, y no volví a ver a Orellana hasta la mañana siguiente, en la que llegó con su habitual “Buenas” y se sentó, esperando a que le busque su desayuno. Y también pasaron los días, y pasó la semana, y el fin de semana. Pero llegó el lunes, con sus artificiosas esperanzas renovadas. Y llegué a la oficina con la firme y entusiasta decisión de visitar nuevamente aquella enigmática casa. Así fue, entonces, que repetí el ritual cauteloso del salto por encima de la puertita de rejas y me acerqué hasta la puerta de entrada a la casa, pero esta vez omití el paso de golpear la puerta y pasé directo a treparme sobre el cantero para espiar por encima del esmerilado. Nada de aquella normalidad y prolijidad persistía allí dentro. Las sillas tiradas en medio del pasillo, las bibliotecas caídas, y sus libros y objetos desparramados por el piso y por los sillones sin almohadones. Y ese fue el preciso instante en que caí en la cuenta de que ya nada podría hacer por evitar sentir culpa y remordimiento. Algo que, sin dudas, me impulsó a hacer lo que hice a continuación. Rodeé la casa y busqué una ventana alejada de la visión de la calle, y, utilizando mi mochila como protección, rompí el vidrio de un codazo. Era la ventana de la habitación, en donde vi, al entrar, algo que quizás haya sido lo más extraño que he visto en mi vida. Sobre el piso, al costado de la cama, había una especie de bolsa de dormir, pero extremadamente particular. Se trataba de una estructura tubular de un metro y medio aproximadamente, y hecha de un material que parecía plástico, pero mucho más viscoso y flexible, y de una contextura excesivamente delgada, como si fuera una capa de piel o un capullo gigante. Sobre uno de los extremos comenzaba una ligera rajadura que cruzaba toda esa estructura, como si algo hubiera sido albergado allí dentro. Aunque aún estaba confundido por aquello que veían mis ojos, decidí que lo más prudente era avanzar por la casa. Recorrí otras dos habitaciones, el baño, la cocina y llegué a la sala que se veía desde la ventana del frente. Toda la casa había sido víctima del mismo desorden violento y no había el menor rastro de aquella extraña mujer. O una feroz pelea, o quizás alguien buscando algo, parecían las opciones más contundentes. ¿Quizás era obra de Orellana y su cliente que habían decidido venir a “sacar a patadas” a aquella mujer? ¿Con qué propósito?, me pregunté ¿Quedarse con la casa? ¿Algo peor, quizás? Y mientras pensaba en posibles motivos que dieran respuesta a ese interrogante, el ruido de una puerta golpeando contra la pared, proveniente de las habitaciones, llamó mi atención y estremeció todo mi cuerpo. Y después de unos segundos de torpe paralización, caminé con cuidado hacia el único lugar de escapada posible. Pero al asomarme por el marco de la puerta de la habitación no había nadie, ni nada distinto. De todos modos, decidí que ya era momento de irme, porque no parecía que vaya a encontrar algo que despejara mis dudas y cada segundo que pasaba allí dentro me sentía más y más inseguro. Así que eché una última mirada a esa especie de crisálida gigante y, otra vez, usé mi mochila para protegerme de los vidrios de la venta y salí. Pero eso no fue todo. Porque apenas mis pies tocaron el piso del jardín trasero de aquella casa, una brisa envolvió mi cuerpo mientras mis ojos veían que la luz del sol bajo mis pies se ocultaba por la sombra de algo que volaba por encima de mi cabeza y que inmediatamente comenzaba achicarse a medida que se alejaba. Intenté alzar mi vista, pero los rayos del sol cegaban mis ojos mientras buscaban torpemente poder distinguir qué era aquello que se alejaba volando.

Hasta este momento, solo he contado esta historia a mis personas más allegadas, como Fernando y Almada, o mis padres. Y, a pesar de que no suelen tomarme demasiado en serio, elijo contar que quien vivía en aquella casa, y quien voló sobre mi cabeza aquella mañana era una mujer mariposa. Sin embargo, a pesar de que la historia me gusta más así, no estoy del todo seguro que así sea. Y es por eso que, aún hoy, cuando alguna sombra oculta fugazmente la luz del sol, inmediatamente levanto mi cabeza y revoleo mis ojos en busca de aquella imagen que tanto ansío ver de la mujer mariposa, y así finalmente poder abandonar mis culpas y remordimientos.              

1 COMENTARIO

  1. Como siempre Andrés, una historia atrapante, llena de momentos. Mientras leo, las imágenes se ven claras, me imagino cada “escena” detallada.
    Tus textos son muy buenos. Gracias por compartir!

Comments are closed.