Podría resultar vacío o quisquilloso, hasta molesto, pensar que la diferencia resida en una coma. Una estupidez de aquellos que se la pasan navegando sin sentido a través de las ambivalencias de la lengua, de aquellos que solo pretenden conjurar el tiempo con los vaivenes insulsos de la significancia. No sería noble de mi parte condenar a quienes lean las siguientes palabras y saquen conclusiones de este tipo. Incluso yo mismo he sido, en incontables ocasiones, poseído por pensamientos cargados con tal escepticismo. Sin embargo, nobleza obliga y la advertencia no podía ser eludida.

La cuestión es que se venía el fin de semana largo y justo me tocaba quedarme con Abril, mi hija. En aquellos días no había mucho más en mi vida. Mi situación laboral en el Instituto alcanzaba una meseta producto de cierto desencanto tan propio como generalizado. El mundo de las estadísticas y las casuísticas ya no generaba, ni en mi ni en nadie, aquella sensación de realidad que siempre había generado. A pesar de todo lo que pueda argumentarse, lo cierto era que la cuantificación de las cosas tenía dos grandes campos de aplicación: el ornamento discursivo o el marketing. En fin, yo solo pensaba en los momentos que podía compartir con mi hija que apenas había cumplido 5 años, y ese fin de semana largo se me ocurrió que podíamos pasarlo en la vieja casa de campo de mi tía Estela. En la semana la llamé para pedírsela y con gusto me dijo que busque las llaves, así que para eso del mediodía del sábado
ya estábamos con Abril dando vueltas por toda la casa para abrir las puertas y ventanas buscando que el viento y el sol nos ayuden a tolerar la humedad dentro de esas rugosas paredes. De cualquier manera, en pocos minutos ya estábamos afuera en el jardín. Yo encendía un fuego en la parrilla para almorzar mientras Abril jugaba a hacer un pozo con una pequeña pala que le había regalado para su cumpleaños. Siempre disfrutaba mucho de hacer pozos. Donde sea que encontraba un lugar con tierra o arena se ponía a escarbar como si estuviera buscando algo, y cualquier piedrita o chapita o lo que sea que le llamara la atención corría a mostrármelo con el entusiasmo de haber encontrado un tesoro. Fue entonces, apenas unos minutos después de almorzar, cuando ella volvió a jugar con sus pozos y yo decidí descansar un poco mientras fumaba un cigarrillo. Imposible fue para mi ver de dónde salió, pero tal vez de algún árbol, o de algún pozo, o de los húmedos armarios de la casa, apareció revoloteando una polilla. Los rayos del sol impactaban sobre el irregular movimiento de sus
alas, devolviendo a mis ojos unos ligeros flashes plateados que solo cesaron cuando el insecto se detuvo sobre el antebrazo de Abril. Ella soltó su pala y mientras observaba a la polilla de reojo se acercó hacía mí con paso lento para no espantarla. Poseído por la pedagogía del lugar común, me pareció que sería entretenido capturarla para que podamos junto con Abril examinar el comportamiento de ese insecto que con tanta catadura se nos presentaba. Así fue entonces que primero decidí tomar un vaso que me sirvió como primera jaula hasta encontrar un frasquito de mermelada y perforarle la tapa para dejar pasar el oxígeno. Mientras con algunas ramitas y un poco de pasto creabamos lo que nos pareció un medioambiente satisfactorio, Abril me miró y me dijo: “¿Qué es, una polilla?”.

Cientos de veces repasé ese momento en mi cabeza, y también cientos de veces intento convencerme de que nada había en ese momento a mi alcance para percibir y comprender esa pregunta de manera correcta. Sin embargo, siempre hay algo que me inclina a sentir que pude haber hecho más. Es decir, que pude mirarla a los ojos y desentrañar en su mirada la verdadera intención de su pregunta. En ese momento le respondí que sí. Pero esa no fue una respuesta correcta, o al menos fue una respuesta insuficiente. Pero, cómo podría saberlo. ¿Podría saberlo?¿Haberlo sabido?

En los días que siguieron a Abril le tocaba estar con su madre, y el frasquito con la polilla la esperaba en mi casa. Los días pasaban y nada cambiaba. Excepto la polilla. Una mañana me acerqué a ver el frasco y ya no estaba ahí parada sobre alguna rama o revoloteando entre el limitado espacio del frasquito. Pensé que de alguna extraña manera se las había ingeniado para escaparse, pero no fue así. En el fondo del frasco, entre las ramas y el pasto, reposaba un pequeño capullo gris como de barro seco. Lo saqué del frasco para constatar con mis manos que no se trataba de una confusión visual y que no era una simple ramita pero mas gruesa. Para ser sincero, nunca supe ni tuve inclinación a conocer la vida de los insectos o nada parecido, pero es innegable que me sorprendió mucho confirmar que esta polilla tenía invertido el ciclo de vida. La posibilidad de haber dejado huevos antes de escaparse — vaya a saber por dónde—, y que de sus huevos alguna larva haya brotado para finalmente convertirse en ese capullo que ahora reposaba en mi mano, me resultaba muy improbable. Pero, como dije, no era muy conocedor de esas cosas. Volví a poner el capullo dentro del frasco y lo cerré.

Esa misma noche, al volver del trabajo, encontré que el capullo se había abierto, pero ningún rastro de aquello lo había habitado. Ni una larva, ni un gusano ni nada. Ni adentro ni afuera del frasquito. Lo primero que sentí fue la emoción de estar presenciando un acontecimiento especial, vital, casi cósmico. Y en seguida lamenté no poder estar con Abril para vivirlo juntos.

Los días pasaron y la semana siguiente volvió Abril. La rutina y las actividades diarias redujeron el tiempo de tal manera que casi sin darme cuenta, la noche del domingo me encontraba otra vez volviendo a casa después de haber dejado a Abril con su madre. Esa misma noche, mientras comía algunas sobras del mediodía, sentí un ligero cosquilleo en mi rodilla. Era el lugar del cuerpo que parecía haber elegido la polilla para reaparecer ante mis ojos. ¿Sería la misma? A pesar de que no existía impedimento alguno para que se trate de otra polilla, también era cierto que nunca antes había visto una en mi departamento. Además ese cosquilleo de sus patas sobre mi piel también traía consigo una sensación tan conocida como perturbadora. Me quedé inmóvil observando al insecto mientras un escozor gélido recorría mi cuerpo. Desconozco con precisión el tiempo que transcurrió pero hoy creo que fue mucho, hasta que finalmente tomó la decisión de agitar sus pequeñas alas y voló hasta desaparecer dentro de una de las habitaciones.

Nunca volví a ser el mismo. Quiero decir, nada cambió de manera drástica en mi comportamiento. Tampoco diría que mi vida empeoró, ni que mejoró. Todo siguió más o menos igual, pero yo ya no era el mismo. O sí, pero no pensaba del mismo modo.

A la mañana siguiente, el despertador sonó para avisarme que la vida continuaba. Al salir de mi habitación me encontré con la mayor incredulidad que jamás pude albergar. La polilla; ahí estaba, sobre la mesa de la sala, pero esta vez era enorme. Sus patas alcanzaban el metro de alto, y sus alas podrían llegar hasta los dos metros, tal así que rozaban el techo. Como si solo estuviera ahí esperando para saludarme, estiró sus alas y en un simple movimiento voló por la ventana.

Todavía pienso en aquellos días. Cada tanto me visita, solo unos minutos, se queda parada sobre el alfeizar de la ventana, y en sus días más osados vuelve a posarse sobre la mesa. Nunca intenté tocarla. No me inspira miedo, ni asco, ni peligro, pero siento que existe en ella una mirada, y que esa mirada me marca una distancia. A veces, en las noches que el calor húmedo del verano me provoca insomnio, le doy vueltas en mi cabeza y pienso que tal vez exista un vínculo animal que hace que me sienta como un padre, o un protector al cual recurrir. Pero enseguida me resulta ridículo. También pienso y repaso una y mil veces el tono de Abril cuando me hizo aquella pregunta. Me digo que quizás la coma no existió, y que su pregunta no era una constatación sino más bien un interrogante sobre la condición de ese insecto tan ordinario y común. Tal vez eso era lo que quería preguntarme. Algunas horas me atormento pensando en eso y el escozor vuelve a estremecer mi cuerpo, hasta que finalmente me calmo, ya que, de cualquier manera, no hubiera sabido qué contestarle.

Ilustración: Marcos Amayo (https://www.instagram.com/amayodibujante/)

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