Siempre había sido una de esas nenas diferentes a las demás. Se notaba apenas se la veía. Sus ojos eran ligeramente achinados, como en constante relajación. Sus labios, una rubrica digna de la obra de un gran artista. Y sus mejillas, tan finamente ruborizadas que traían el más vivo recuerdo de las muñecas de porcelana. Y eran solo características complementarias a una simpatía y a una ternura notoriamente singular. Por eso nadie podría juzgar de insólita la sorpresa que expresó el rostro regordete de la señorita Graciela cuando varios compañeritos de la nena se le acercaron y le confesaron que ella les daba miedo.

– ¿Cómo que les da miedo?

-Sí, Sofía nos asusta, Seño. -le decían, mientras la señorita Graciela pensaba, erróneamente, que la nena estaría jugando a asustar a sus compañeros, escondiéndose debajo de alguna mesa y apareciéndoles por sorpresa, o bien, esperando que los demás aparezcan corriendo por la esquina entre el pasillo que va del aula al patio. Pero no era eso lo que los compañeritos de la nena intentaban decirle.

-Sofi, no los asustes más. Porque vos estás jugando, pero a ellos no les gusta y se asustan. Jueguen juntos a alguna otra cosa. – le decía la señorita Graciela. Pero la nena no contestaba porque en realidad ella no sabía de qué juego le estaba hablando.

Y nadie podría juzgar, tampoco, a la señorita Graciela cuando algunos días después, a pesar de darle vueltas en su cabeza durante un buen rato, tomó la decisión de llamar a los padres de la nena a la mitad de la mañana ya que la queja de sus compañeritos persistía, pero ya con alguna precisión que logró confundir y preocupar a la señorita.

-Sofi nos asusta porque está escupiendo cosas raras. -acusaban los compañeritos en medio del recreo, con un temor tan genuino que logró trasladarse a la señorita Graciela, por lo que ella fue en busca de la nena que, según los compañeritos, seguía en el patio.

Era uno de esos patios internos pero muy grande, con un piso de baldosas cuadradas de granito que circundaban una especie de isla de plantas y algunos pequeños árboles que salían de un agujero en el medio del patio, como si se tratara de un macetón gigante y cuadrado con un desnivel que rodeaba las cuatro paredes, que algunas veces oficiaba de escalón para meterse entre las plantas y otras se usaba como asiento. A la señorita Graciela nunca le había parecido correcto que esté esa estructura de cemento inmensa con sus bordes y sus puntas en el medio de un patio donde juegan y corretean niños de muchas edades, desde la sala de cinco hasta cuarto grado. Nunca antes la señorita Graciela se había subido a ese escalón ni se había metido entre esas plantas y esos árboles, hasta aquella mañana en que puso un pie sobre el escalón a la vez que abanicaba sus manos para abrirse paso entre las hojas y las ramas, acercándose a la nena que estaba sentada con sus piernas cruzadas sobre la tierra en el centro del macetón y casi oculta por el follaje.

– ¿Qué pasa Sofi? Vení que te llenás de tierra el guardapolvo. -dijo la señorita Graciela mientras estiraba sus brazos para agarrar a la nena y guiarla fuera del macetón.

-Me gusta acá.

-Bueno, pero vamos que ya terminó el recreo. -replicó la señorita mientras la nena, aunque algo disgustada, le hacía caso y ambas bajaban del macetón hasta posar sus pies sobre el piso de granito.

– ¿Vomitaste, Sofí? ¿O que pasó? -preguntó la señorita para sacarse la duda sobre aquello que los compañeritos le habían confesado. Pero la nena no contestó más que con un desvío pudoroso de su mirada que se posó sobre el rincón opuesto del escalón, orientando a la señorita, quien comprobó a qué se referían los compañeritos de la nena. Al acercarse vio que no se trataba de un vómito o un simple escupitajo, sino que era algo más curioso. Una especie de mucosidad, como si fuera un escupitajo pero más grande y más viscoso que envolvía una gran cantidad de diminutos palitos negros que más bien parecían muchas patitas de alguna clase de insecto. La señorita frunció su rostro sin poder contener el asco mientras intentaba dilucidar de qué se trataba todo aquello.

– ¿Te metiste algún bicho en la boca Sofi? -le preguntó a la nena que, avergonzada, solo respondió agachando su cabeza y, esta vez, clavando la mirada sobre sus zapatillas rosas. Una mirada que apenas escapaba por sus ojos ligeramente achinados y que, incluso en un momento así, transmitían cierta calma y ternura.

-Vamos, no te preocupes. -dijo intentando empatizar con esa nena, para que ella no sufra lo mismo que le estaba pasando a la propia señorita ya que, en su misma cara regordeta y tomada por la rosácea, podía notarse la preocupación, mientras con un gesto materno apoyaba la palma de su mano sobre la espalda de la nena para guiarla hacia el aula, en donde le pidió que la esperara sentada en su silla mientras iba a llamar a los padres para que la vengan a buscar.

-Así te vas a descansar a casa un poco. -le dijo justo antes de que la nena asienta con la cabeza en señal de aprobación para que la señorita salga del aula hacia la Secretaría para llamar a la madre o al padre. Y a pesar de la calma típica de los pasillos de la escuela mientras los chicos están en sus aulas y no correteando por todas partes, los pensamientos de la señorita Graciela no estaban nada calmados. Porque ella podría decirles a los padres de la nena que simplemente había vomitado, pero no estaba segura de que aquello que había visto fuera un vómito común y corriente. Quizás, antes de avisarle a Olga, la auxiliar, para que pase un trapo en el patio, lo mejor era esperar a que lleguen los padres y hacer que ellos vean con sus propios ojos aquello que, aparentemente había salido de la boca de su hija. Pero no fue hasta el preciso instante en que escuchó la voz de la madre de la nena al otro lado del teléfono de la Secretaría, que decidió ir por esa opción, aunque después de colgar el teléfono no se acabó su preocupación, porque tampoco sería fácil decirle a una madre que su nena se comió y vomitó algún bicho del patio de la escuela. Pero algo de calma llegó en el momento en que entró al aula y vio que su preocupación no era la de la nena que más bien había perdido ya todo el pudor y había vuelto a su simpatía y alegría rebosante mientras jugaba con los mismos compañeritos que parecían haberse olvidado del miedo que supuestamente ella les generaba. Después de todo, ¿por qué una nena de seis años se comería un insecto?

-Sofi, ¿vos no te metiste en la boca ningún bicho? -le preguntó la madre a la nena que solo negó moviendo su cabeza, mientras el rostro huesudo y alargado de la madre observaba frunciendo el ceño aquella extraña regurgitación, bajo la mirada escudriñadora de la señorita Graciela. Finalmente, la madre, algo apurada por volver a su trabajo, aunque no sin antes resolver con quién dejaría a su hija ya que el padre estaba en su trabajo, tomó a la nena de la mano y ambas se encaminaron hacia la salida, escoltadas por la señorita Graciela.

-Bueno, vamos a descansar un poco, Sofi.-concluyó la madre, pensando que, quizás, solo se trataba de alguna pequeña indigestión extraña y que con algo de reposo se pasaría, y todo aquello quedaría en el olvido.

Pero eso no fue así. Porque a la mañana siguiente, cuando la madre fue a despertar a la nena para ir a la escuela, se encontró con algo que, lejos de favorecer el olvido del asunto, no hizo más que agregar preocupación.

Como los padres de la nena solo podían costear el alquiler de un pequeño departamento de dos ambientes, cuando la madre quedó embarazada, tomaron la decisión de comprar una de esas cunas de madera enchapada color rosa, con una cajonera acoplada, que solo con desmontar un lateral se convertía en cama. Y en esa cuna ya transformada en cama solía dormir la nena. Pero no fue así aquella mañana en que la madre entró en la habitación y la vio durmiendo acurrucada sobre la cajonera. Ante la sorpresa, la madre atinó a acercarse y a despertar a la nena que se despertó de golpe desenredando el nudo que había armado con su propio cuerpo para poder entrar sobre aquella superficie.

– ¿Qué hacés durmiendo ahí Sofi? -preguntó la madre, mientras por el rabillo del ojo advertía que, en la almohada sobre la cama, había otra de esas pequeñas regurgitaciones, casi igual al que había visto el día anterior en el patio de la escuela.

– ¿Qué pasó Sofi, te sentís mal? Vomitaste, otra vez.

-No, mamá. Estoy bien. -contestó la nena algo avergonzada, pero sin que eso le impida bajarse de la cajonera dispuesta a vestirse.

-Vamos a la escuela, mamá.

-Pero… ¿Segura? ¿Te sentís bien?

-Sí, me siento bien.

La madre no tenía ningún interés de que su hija vaya a la escuela aquel día. Pero la nena parecía con tanta seguridad y entusiasmo por ir, que la madre no tuvo más que ceder ante la insistencia. Aunque con la única condición de pedirle al padre (ya que ese día le tocaba a él llevarla a la escuela que, ante cualquier circunstancia extraña, por más mínima que sea, le pida a la señorita Graciela que los llame.

Y así sucedió, incluso, mucho antes de lo que los padres de la nena pudieron haber esperado. Porque, después de verla inquieta en su banco durante la primera hora de clase, la señorita Graciela advirtió cómo la nena no desperdiciaba un solo segundo de recreo antes de escabullirse de nuevo entre las plantas y los árboles del macetón del patio. Y allí pasó todo el recreo, acurrucada sobre la tierra en el centro del macetón, sin importarle cuán insistente se ponga la señorita Graciela para que abandone ese lugar y se ponga a jugar y corretear con los demás. Ni si quiera cuando la campana del fin del recreo retumbó por toda la escuela y la señorita, impostando su voz en busca de autoridad, le pidió que vuelva al aula para continuar con las clases. La señorita, entonces, no tuvo más remedio que hacer caso al pedido expreso del padre de la nena.

-Se acabó. Vamos al hospital. -vociferó la madre cuando escuchó que su marido le contaba que estaba yendo al colegio a buscar a su hija después de haber recibido el llamado de la señorita Graciela. Y allí se encontraron en la sala de espera de la guardia, en donde la madre, para su tranquilidad, encontró a su hija sentada en una de las sillas de la sala junto a su padre, con el mismo gesto de relajación y ternura de siempre, como si no hubiera nada distinto en ella, ni mucho menos, algo que la perturbara. Después de saludar a su madre, mientras balanceaba sus piernas entre las patas de la silla, la nena levantó su mirada en dirección a los ojos del padre y habló:

-Papi, ¿qué pasaría si pudiéramos caminar por el techo?

– ¿Qué pasaría?

-Ajá. -respondió mientras inclinaba su cabecita para explorar con sus ojos el cielo raso de la sala.

-Y.… no sé qué pasaría, mi amor. -contestó el padre, como un acto reflejo ante la desorientación que le provocó esa pregunta. Pensó un momento en silencio, hasta que continuó. -No sé, supongo que se vería todo al revés. ¿Vos, cómo creés que sería? -repreguntó el padre en un intento por evitar dar una respuesta que no tenía. Pero no hubo una respuesta de la nena ya que su nombre fue pronunciado por un joven y esbelto médico que la llamaba.

A pesar de que las revisiones primarias de aquella noche indicaban que la nena parecía encontrarse en un perfecto estado de salud, el médico ordenó continuar con estudios más precisos. Y así fueron los días siguientes a aquella visita, hasta que, finalmente, dieron con algo que mereció su atención.

-Es como si fuera un ciempiés- dijo el médico, después de asegurar que nunca antes había sabido de algo así, mientras señalaba la pantalla de su computadora que proyectaba la imagen de una resonancia en la que se podía ver cómo, dentro del cuerpecito de la nena, había una especie de ciempiés, muy largo, con dos antenas curvadas y muchísimas patas ladeando su cuerpo.

-Ella está en un excelente estado de salud. -agregó, mientras pasaba las imágenes, una detrás de la otra, con la velocidad suficiente para ver cómo se movía el ciempiés, ante la mirada estupefacta de la madre.

-Parece moverse sin provocar ningún daño. Como si estuviera hecho de lo mismo que el resto del cuerpo.

-Y ¿qué recomienda hacer? -preguntó el padre impaciente, mientras el médico observaba a la nena a través de la ventanita del consultorio, que esperaba a que sus padres terminen de hablar, acuclillada en un rincón de la sala de espera, con sus manos sobre sus rodillas y con la misma mirada que siempre transmitía el mayor de los sosiegos.

El tiempo pasó, y nada parecía fuera de lo normal. Poco a poco, las regurgitaciones ya no fueron un problema, sus compañeritos dejaron de temerle, y la señorita Graciela no tenía que preocuparse porque la nena se pase el recreo entre las plantas del macetón del patio. Los días se sucedían y todo parecía haber vuelto a ser como antes.

Un día, la madre de la nena volvió de hacer las compras mientras el padre terminaba de preparar la comida para esa noche. Con la economía propia de las miradas de quienes se conocen durante mucho tiempo, se propusieron ir a observar a la nena a su habitación. Algo que, desde aquella primera visita al médico, se había vuelto una especie de ritual entre ellos. Apenas se asomaban por la puerta ligeramente entornada y la observaban en silencio, como esperando que algo les indique el bienestar o el malestar de su hija. Pero aquella no era una tarde como cualquiera. Porque cuando los padres asomaron sus cabezas por el marco de la puerta de la habitación, vieron que la nena no estaba en el piso con sus juguetes, ni en su cama, ni trepada encima de la cajonera. Al levantar sus ojos se encontraron con los cachetes apenas ruborizados de la nena, que hacían recordar a las muñecas de porcelana; con la fina rubrica de sus labios; y con su misma mirada de siempre que transmitía la más pura y absoluta de las calmas, mientras los contemplaba desde allí arriba, caminando por el techo.