Este texto está relacionado con el anterior que subí (https://revistalaisla.com.ar/la-realidad-de-las-costuras/). Siendo una continuación de aquel, que intenta ser un buceo por algunas lecturas que me influyen.

Esta semana estuve leyendo a J.G. Ballard. El libro “Para una autopsia de la vida cotidiana” de editorial Caja Negra agrupa una serie de entrevistas que le realizaron en distintos momentos de su vida. Todavía no terminé de leer la primera, es algo extensa, y toca de una manera singular los temas que son el título de este artículo.

“Las mejores películas de ciencia ficción (incluidas aquellas de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta) son impresionantes, porque el futuro agarraba a tu imaginación por el cuello, por decirlo así, desde que empezaban los títulos. The day the earth stood still, Them, la original de The Thing. Hay una – The incredible shrinking man- que es una obra maestra, está entre las mejores de todos los tiempos. Incluso Forbidden Planet, aunque la pusieron un poco por las nubes. Y la original Invasion of body snatchers.

Eran obras maestras porque concretizaban la idea de futuro; el tiempo comenzaba a acelerarse en el momento en que estas películas se estrenaban. Por el contrario, lo que pasa con Star Wars y otras películas de ese estilo es que uno siente que el tiempo se detiene. En estos films existe una suerte de continuo atemporal que no tiene nada que ver con el futuro; podrían perfectamente transcurrir en el pasado más remoto.”

J G Ballard

El aburrimiento. Su poderoso acecho permanente. Una especie de ventana para contemplar la angustia desde no tan lejos. Esa sensación de nada, que detrás, nos invita hacia algo. Pero también, con el peligro de llevarnos a compulsivamente esquivarlo. Es una sensación que íntimamente está relacionada con nuestros deseos. Porque los mismos deseos que nos habitan, en el estado de desear repetitivamente algo que en nuestro interior no deseamos, valga la contradicción, puede ser el camino liso y fácil para sentirnos aburridos.

Baudelaire nos habló de su potencia en el Spleen de París. Ese hartazgo y saturación de la vida moderna -donde aparentemente todo está hecho, todo está al alcance de la mano- podemos traerlo hasta el acá de nuestros días. Saturado de imágenes con intenciones claras escondidas detrás de un diseño que intenta llamarse arte. Mismo con el texto, cualquier formato puede ser adaptado, poesía disfrazada de analogías berretas de autoyuda y moralina de lo políticamente correcto. Todo en un volumen arrasador, mutando según el dispositivo al que tengamos acceso (TV, celulares, tablets…). Envolviéndonos en la caverna de Platón, pero en su analogía inversa: llenándonos de “datos objetivos”, de conceptos prácticos, aplicados a la facticidad del día a día: Si hacés esto, pasa lo otro. Y elaborando una imagen para cada mensaje, pero perversamente manipulada para crearnos un horizonte ficticio, vacío. Algo así como una metafísica de la frustración que nos lleva a desear lo que no podemos, ni queremos tener.

¿Cómo no aburrirse? Y si lo mejor que puede pasar es aburrirse? Todo se detiene. En el proceso de aburrirse, nos detenemos. Podemos ver que lo que nos rodea, justamente por que eso que nos rodeaba y nos sostenía en un proceso de repetición constante, ahora es transparente, ya no es sólido (“Todo lo sólido se desvanece en el aire”).

Vivimos en un entorno de repetición constante, en donde la TV o cualquier dispositivo que dispongamos para reproducir imágenes, nos transmite una y otra vez una cantidad violenta de sensaciones que nos quitan sensibilidad. ¿Cuántos cuerpos muertos vimos en nuestra vida? Seguramente muchos, pero en la vida real? Oliendo la carne descompuesta? Salvo que unx sea cirujano, o médico forense, en dónde también ese cuerpo se encuentra en una mediación porque ya no es el cuerpo de una persona, sino que es un compendio de datos a corroborar o a ser intervenido en pos de un objetivo, la manipulación manierista de nuestra sensibilidad es resumir determinadas sensaciones a uno solo de nuestro sentidos: la vista. Haciéndonos creer que ese deseo que “miramos” es un deseo completo y real, que puede ser realizable. Alejándonos de nuestro cuerpo. Un ejemplo del ejercicio de la abstracción a una de sus máximas potencias.

Ballard, a través de estos hilos que va hilvanando, nos deja el sitio preparado para entender algo importante. El aburrimiento nos puede llevar a la imaginación, pero ¿a qué tipo de imaginación? Retoma al surrealismo como potencia imaginadora. Ya no nos paramos como consumidores de imágenes. Sino que, uno de los puntos del movimiento surrealista, fue arrojarse hacia el interior de nosotrxs mismxs y buscar imágenes propias, volcarlas en el arte. Realizar un juego de asociaciones descabelladas, contradictorias, que intenten disolver todo esos filtros que se activan constantemente en nuestra cabeza cuando nos arrojamos al proceso creativo. Desarmar las imágenes morales con las que nos formamos. Renovar el concepto de novedad, que no sea una repetición que interpreta al tiempo como algo que es puro presente, pura repetición de un pasado. Sino que la repetición tenga el peso del futuro, se traslade sobre un pasado y sea representada en el presente.

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