Me pregunto si se pelearán las hormigas. Siempre parecen tan organizadas y concentradas en lo suyo. Me encantaría saber qué hacen en donde sea que tienen su hormiguero, porque lo que siempre se veía en la superficie de la terraza de la tía Sonia es que van, una detrás de la otra, entre las hendijas de las baldosas rojas como si tuvieran tanto trabajo por hacer que ni les quedara tiempo para nada. Ni para pelearse.

¿Por qué se pelearían las hormigas? Tal vez una use el pedacito de hoja que la otra, con tanto esfuerzo, cargó desde el borde más alto de la pared que separa la terraza de la tía Sonia con la de Elsa, la vecina, bajando por toda la pared blanca donde siempre pegaba de lleno el sol, hasta el zócalo agrietado por donde bajaban al piso de baldosas rojas y cruzaban toda la terraza, esquivando la manguera que la tía Sonia usaba para regar las plantas y que siempre dejaba por ahí tirada en el piso, cortando la fila de hormigas que terminaban por meterse dentro del diminuto agujero del desagüe, por donde las pierdo de vista.

Según la tía Sonia, las hormigas se meten dentro de las paredes y arman sus hormigueros por ahí, entre los caños y los cables, y siempre decía que “algún día van a terminar quedándose con la casa”. Pero en seguida decía que, “en realidad, ya se quedaron con la casa y, con toda complacencia, me dejan vivir ahí, porque aunque no se vean, las hormigas siempre están”. Yo pienso que si fuera por la cantidad, la verdad es que no habría comparación, porque las hormigas son muchísimas y la tía Sonia vivió siempre sola ahí. En realidad, la tía Sonia no es mi tía, sino que es la tía de mi mamá, pero yo siempre le dije así de manera cariñosa. Y desde que papá ya no vivía con mamá y conmigo yo pasaba mucho tiempo en la casa de la tía Sonia, porque después de que mamá me dejaba en la escuela a la mañana, siempre venía la tía a buscarme a la salida y me quedaba con ella en su casa hasta que mamá me buscaba por ahí cuando ya casi no había sol, excepto las veces en que me iba a buscar papá y me llevaba a pasear por algún lado, ya que decía que donde él vivía no era un lugar muy apto para chicos, y después de un rato de pasear por algún shopping o algún parque me dejaba en lo de la tía Sonia. Muchas veces me quedaba a dormir ahí ya que mamá no puede pasar a buscarme, y entonces la tía Sonia, a pesar de sus quejas por el dolor que le provocaban sus problemas en las articulaciones, me armaba el sillón de la sala como para que yo pueda dormir ahí, y al otro día me llevaba al colegio. A veces llegaba del colegio y veía que el sillón estaba armado como cama y entonces ya sabía que esa noche la dormiría ahí. La verdad es que la pasaba bien en lo de la tía, excepto cuando se hacía la hora de ir a bañarme porque tenía uno de esos baños sin bañadera en los que se moja todo el baño y después hay que pasar un trapo. Pero apenas llegábamos de la escuela, la tía preparaba una chocolatada con palmeritas y se sentaba conmigo a tomar mate y preguntaba cómo me había ido en la escuela, y conversábamos mientras escuchaba el noticioso en la radio. Cuando terminaba la merienda me preguntaba si tenía tarea por hacer y cuando era así, ella se disponía a ayudarme. Pero la verdad es que intentaba hacerla sin pedirle mucha ayuda porque la mayoría de las veces no sabía cómo ayudarme y se ponía mal, así que intentaba hacerla solo, lo más rápido posible para aprovechar al máximo las últimas horas de sol en la terraza, jugando con alguna pelota o siguiendo con atención los caminos de las hormigas, mientras ella regaba las plantas o tendía laa ropa de una soga que cruzaba la terraza de lado a lado, hasta que el sol comenzaba a esconderse y llegaba la hora de ir a bañarse. Mirábamos algo de tele mientras me peinaba tan fuerte que me hacía doler la cabeza, además de que me dejaba un peinado horrible pero no le decía nada porque apenas me acostaba ya se me despeinaba todo. Y antes de dormir llegaba un momento que me encantaba. La tía Sonia tenía una enorme biblioteca en la sala, repleta de libros de todos los temas, formas y colores. Y me dejaba elegir alguno para que ella me lo lea. Yo casi siempre elegía uno que me gusta mucho porque cuenta muchas historias de los Mitos Griegos. Cada noche me leía una historia distinta. La historia de Perseo, la de Jasón y su ejército de Argonautas, o la de los viajes de Ulises. Mi preferida es la de Dédalo que es un inventor que queda atrapado con su hijo Ícaro en el laberinto que él mismo inventó, pero que logran escapar construyendo unas alas, aunque es un cuento de final triste porque Ícaro se acerca demasiado al sol y se le derrite la cera con que Dédalo había hecho las alas, así que se termina cayendo y ahogando en el mar. A veces me imaginaba tanto las historias, como la de Dédalo, que me la quedaba pensando hasta que me dormía. Y algunas tardes en la terraza, jugaba a imaginar que las hormigas eran como pequeños soldaditos de un ejercito que se mueve hacia una batalla, o algo por el estilo. Por eso me pregunto si las hormigas se pelearán. No solo batallas o guerras contra otros hormigueros, sino entre sí.

Cuando vivíamos los tres en la misma casa ellos se peleaban mucho, pero la verdad es que tampoco estaban tanto tiempo juntos. Cuando papá se quedó sin trabajo estaba casi todo el día en la habitación, pero cuando mamá me iba a buscar a lo de la tía Sonia no volvíamos a casa sino que íbamos a pasear a algún parque o a un bar, porque decía que “en esa casa se respira tristeza”. Después papá estuvo un tiempo en el hospital porque seguía muy triste, aunque no sé bien por qué. Mamá me decía que “ni él sabe por qué está triste”, pero que no me preocupe porque ahora ya se iba a curar. “Tu padre ya está funcional” me decía mamá cuando papá salió del hospital. No sé bien qué significa “funcional” pero me da la sensación de que es algo así como lo que hacen las hormigas que cada una cumple su función. Igual, mamá y papá tampoco se llevaron bien en ese momento, y por eso papá se fue de casa. Así que no debe ser necesario mucho tiempo para pelearse. Por lo menos no para las personas.

La verdad es que al principio a mi no me gustaba ir a lo de la tía Sonia, pero enseguida me acostumbré y empezó a gustarme. Lo único que tenía de malo es que a veces la tía Sonia estaba como muy enojada o molesta y se quejaba, más que de costumbre, por sus dolores. “Tengo las articulaciones a la miseria” decía, y cuando subía la escalera de la terraza se la notaba muy cansada. Esos días no había palmeritas para comer en la merienda, porque quedaba muy lejos la panadería donde las vendían y como estaba tan cansada no iba. Pero no era lo único que cambiaba. Esos días aparecían muchas más hormigas en la casa, como si se sintieran más libres de avanzar con sus filas por otros lugares que no eran las baldosas rojas de la terraza ni la pared contra la casa de la vecina Elsa. Aparecían nuevas filas de hormigas que salían de la pequeña rajadura en la pared de la escalera y bajaban hasta llegar a los escalones, para volver a subir por alguna de las macetas y meterse entre las plantas que tenía la tía Sonia. Por un agujerito que se armaba en la unión entre una de las paredes de la terraza y el piso de baldosas rojas salía otra fila que daba toda una vuelta para esquivar una de las reposeras antiguas que tenía la tía Sonia hasta que daban contra la pared del lavadero y subían por ahí para meterse por la ventanita entreabierta del lavadero. Esos días no eran muy buenos porque, a pesar de que a mi me gustaba ver a las hormigas, la tía Sonia parecía enojarse aún más al ver que se le metían entre la ropa que estaba para lavar, o que se le metían en las plantas que tanto cuidaba. Entonces cerraba la ventanita del lavadero y pasaba la escoba por donde estaban las filas de hormigas, desparramándolas por todos lados para que no lleguen a las macetas mientras decía “estos bichos se me comen todas las plantas”. Aunque no había caso, porque al rato volvían a aparecer más hormigas y volvían a hacer sus filas.

Pero solo duraba un día y ya al siguiente la tía volvía a estar bien. Ya no parecía cansada ni enojada, volvía a haber palmeritas para la merienda y las hormigas volvían a hacer su misma fila de siempre, cruzando la terraza de un lado a otro desde la pared de Elsa la vecina hasta perderse en el agujerito del desagüe.

Un día salí de la escuela y vi que no me había ido a buscar la tía Sonia como me tocaba ese día, pero tampoco estaban ni mamá ni papá. Estaba Elsa la vecina, que me retiró de la escuela y me dijo que mamá le había pedido que venga a buscarme, porque la tía Sonia se había enfermado y no iba a poder venir. Me dijo que no me preocupe, que mamá ya había avisado en la escuela, y que me iba a quedar con ella un rato hasta que mamá pueda pasar a buscarme. Así que me llevó a su casa y ahí esperamos un rato. Me hizo una chocolatada horrible con mucha leche y poco chocolate, prendió la tele y puso unos dibujitos como si yo tuviera tres años. Pero no dije nada y espere un rato hasta que le pedí permiso para ir a la terraza. Cuando me dijo que sí, subí corriendo ansioso, esperando poder encontrar alguna silla o algo que me ayude a trepar la pared para pasar a lo de la tía Sonia. No quería escaparme ni nada, solo quería ver qué estaban haciendo las hormigas. Estaba preocupado por la tía Sonia y quizás, de algún modo, ellas me harían saber algo.

Nunca más volví a ver a la tía Sonia. Aquella misma noche mamá me buscó de lo de Elsa la vecina, y me contó que así sería. Pero yo ya lo sabía, porque cuando di vuelta uno de esos cajones de cerveza que tenía Elsa en su terraza y me paré sobre él para trepar la pared y caer del otro lado, vi que mis pies se apoyaban sobre un piso que ya no era el de las baldosas rojas. Era un piso de hormigas. Como si todas esas hormigas que la tía Sonia siempre decía que vivían entre las paredes y los caños de la casa, hubiesen tomado la decisión de salir todas juntas. Y no solo a la terraza o al lavadero. Los pisos, las escaleras, las paredes y los muebles. Toda la casa estaba cubierta por hormigas que se movían como si tuviesen que llegar en horario a algún lado. Y a medida que mis pies avanzaban para recorrer la casa, pisando algunas hormigas porque no quedaba espacio sin cubrir, aparecían otras que se montaban sobre las que mis pies habían aplastado. Y así fue hasta que logré volver a la terraza y subirme a la reposera de la tía Sonia para trepar la pared y volver a lo de la vecina Elsa. Y ahí me di cuenta de que ya no volvería a ver a la tía Sonia, porque había llegado ese día que ella siempre decía que llegaría. Ese día en el que las hormigas se quedarían con la casa.