Como se suele decir, “lo urgente mata a lo importante”. Aunque vamos a cambiar las palabras manteniendo la misma lógica: “lo práctico mata a lo teórico”. Estos breves pero intensos números de la revista me han atravesado en múltiples facetas. Hoy me voy a ocupar de una de ellas y el verbo ocupar es, en este caso, más que ajustado. Al tratar cuestiones político-económicas puse en juego aspectos que consideraba importantes de la coyuntura y los pasé por constructos teóricos propios de la economía política, la sociología y las ciencias políticas. Ahora bien, tal vez ha llegado el momento de hacer el movimiento inverso complementario. Escribir sobre teoría y dejar la “empiria” a modo de ejemplificación. Este espacio va a intentar compendiar una lógica argumentativa conceptual teórica, para nada exhaustiva, pero que sí se va a proponer trazar los caminos lógicos que generen un puente entre lo económico y lo político, entre la esfera de explotación y la esfera de dominación (dos calificativos que espero poder justificar).

¿Qué es el capital?

En general cuando decimos “tengo un capital” o “Pedro invirtió su capital en un puesto de diarios” ¿Qué es lo que estamos queriendo decir?

Normalmente, la primera asociación es la de capital=dinero. O sea, tener o no tener un capital depende del dinero con el que contemos. Precisando un poco más, para tener un capital dinerario tengo que tener un excedente con el que puedo decidir qué hacer con él. Comprarse un alfajor en un quiosco no es tener un capital más allá de que decidamos si queremos un Cachafaz o un Capitán del espacio. La cuestión no pasa tanto por el quantum de ese excedente sino por lo que significa atravesar el umbral de guita que nos pone, automáticamente, en otra situación. Sería más exacto hacer la diferencia en función de la forma en que se logró llegar a obtener este capital pero esto nos traería el problema de, por ejemplo, comparar a un CEO de una empresa multinacional (que además de la repartija de dividendos cobra un salario) con un carnicero, pudiendo quedarnos sólo con la verdad relativa de que el CEO es un asalariado y el carnicero un pequeño comerciante. Parte de la clave pasa por observar el sentido de la acción, para qué vas a usar esa guita. Se trata de una primera aproximación que, como no podía ser de otra manera, a medida que vayamos escalando la montaña (o más bien construyéndola) comenzará a mostrar sus falencias.

Veamos cómo piensa Marx la cuestión de la transformación del dinero en capital:

Tenemos un primer circuito

M—D—M

M es mercancía y D dinero, la mercancía se transforma en dinero y el dinero en una nueva mercancía ¿dónde? En el mercado ¿gracias a quién? Al sujeto que las lleva hasta ahí para que hagan su magia. Este comportamiento se ajusta a un tipo que vende parte de su colección de vinilos y con la plata lograda se compra un tocadiscos nuevo o un hippie vendiendo pan relleno en plaza Francia utilizando lo obtenido para pagar parte del alquiler (“compra temporalmente” una casa). Mirado detenidamente, en el caso del tocadiscos, si obviáramos la intermediación del dinero (y el hecho de que hay más de dos sujetos), podríamos estar bajo el esquema típico de trueque. En verdad el esquema M—D—M’ funciona para adelante y para atrás. Juan vende parte de su colección y se compra un nuevo tocadiscos, Ernesto compra los vinilos ofertados por Juan con plata que obtuvo vendiendo algunos libros que no usaba. Ambos ponen una mercancía en juego y se llevan otra a cambio. En la medida en que hay dinero de por medio no se trata de un trueque (lo que no quiere decir que el dinero tenga una propiedad inherente que repele al trueque). La significación del dinero para Juan es la de eximirlo de encontrar a un tipo que quiera su colección y que, además, tenga un tocadiscos como el que él pretende comprar. En este sentido el dinero reviste el carácter de abstracción en la medida en que se puede comparar contra cualquier otra mercancía (el dinero también es una). En verdad, no hay límite alguno en la posibilidad de comparar mercancías. En principio puedo comparar un avión con un alfajor Jorgito sin problemas. En nuestra experiencia cotidiana esta capacidad se la atribuimos al poder del dinero, es lo que nos permite comparar cosas que en apariencia nada tienen que ver. Es nuestra actividad práctica misma la que nos lleva a esta conclusión, cuando comparamos mercancías en función de su precio, estamos haciendo abstracción del millón de particularidades que diferencian un avión de un Jorgito. Vamos a volver sobre esta cuestión. Por ahora reparemos en el hecho de que, en estos casos, estamos vendiendo una mercancía para conseguir otra. Mediante la abstracción del dinero comparamos cosas que tienen distintas utilidades, no tendría sentido alguno vender un kilo de cebolla para comprar otro kilo de cebolla exactamente igual. Esto quiere decir que, si bien el método de comparación entre distintas mercancías (cualesquiera que sean) requiere del artificio del dinero, la utilidad de las mercancías, su valor de uso es lo que determina la existencia de la relación mercantil: vendo un producto concreto para comprarme otro concreto.

Desde el misterio de la definición de capital llegamos al misterio del dinero para terminar recayendo en el misterio de la mercancía, qué es lo que hace que la mercancía sea mercancía. No podemos invertir la lógica y suponer que el intercambio por dinero es lo que le da a la mercancía su carácter, mucho menos caer en la circularidad de que lo que hace que una mercancía pueda ser intercambiada por otra es que ambas son mercancías. Para resolver esto se hace necesario volver a nuestro ejemplo y a lo que diferencia el caso del que vende los vinilos con el del hippie que vende pan relleno en plaza Francia. La diferencia es que Juan no hizo los vinilos, solo los compró y mucho tiempo después los vendió. En cambio, nuestro hippie compró harina, levadura, tomate, albahaca y queso e hizo con estos insumos algo nuevo. Paolo (no se me ocurre mejor nombre) está vendiendo una mercancía hecha con su propio trabajo. Esto implica dos cosas: en el pan relleno, el trabajo es un “ingrediente” particular que es responsable de crear algo nuevo. La lógica en cuanto a vender una mercancía para comprar la otra sigue siendo la misma: Paolo compra X temporalidad de casa alquilada con la mercancía pan relleno. Es más, si examinamos con más atención, la única diferencia con Juan es que mientras uno vende el fruto de su trabajo el otro vende el fruto del trabajo de alguien más (de unos cuantos más): ambas mercancías están hechas con trabajo, es esta la cualidad que las iguala. No obstante, surge la pregunta de cómo comparar el trabajo de producción de un disco (ingeniero de sonido, músicos, operarios de la fábrica) con el trabajo de Paolo. La solución de Marx es la de considerar que todo trabajo complejo puede ser reducido a una determinada unidad de trabajo simple, que lo que define el precio es la cantidad de trabajo incorporado que tiene cada mercancía y que ese trabajo se compara en unidades de tiempo. Así, otra vez, las diferencias cualitativas entre los distintos tipos de trabajo, se pueden comparar en función de que el acto de trabajar no sólo ocurre en un espacio determinado y concreto sino también en un tiempo. La idea de tiempo es de por sí una abstracción en la medida en que somete a lo existente a una regla, lo que existe (y lo que ya no) encuentra una relación que le es externa, algo así como en la primaria cuando te hacían formar fila en función de la altura, desde los más bajitos hasta los más altos. No importaba si eras rubio o morocho, quiénes eran tus amigues o la marca de tu mochila o zapatillas. Más allá de que, como cualquier analogía, tiene sus falencias: ser bajos o altos es en definitiva una cualidad de cada uno, pertenecer o no a un mismo tiempo, ser o no contemporáneos implica una relación con algo que nos es exterior. En cierto sentido, haber nacido en el 85’ es una cualidad que me es propia pero la pregunta es cuál es el carácter de esa cualidad, cuáles son sus determinaciones. La combinación entre ese año de nacimiento y el espacio físico que habité y habito, me da una serie de determinaciones específicas. La conjunción entre un tiempo y un espacio —incluyendo en tales términos todas las determinaciones que les dan a ambos su riqueza y sustancia específica— es una de las cualidades que me describen a mí y a mi generación (millenials…). Esto quiere decir que está el tiempo concreto y el tiempo abstracto. El tiempo que mide, que enumera, que ordena en una perpetua sumatoria, es un tiempo abstracto porque si comparo aquellos nacidos en 1980 con los que nacieron en el 2000, lo que veo es nada más que una diferencia de 20 años ¿cuál es la sustancia de una diferencia de 20 años? ¿Es lo mismo esa diferencia en la época en que Gardel cantaba “que 20 años nos es nada…” que lo que puede significar hoy? Es más ¿es la misma diferencia la que hay entre mi nacimiento y mis 20 años que la que vaya a haber entre mis 20 y mis 40? Para poder medir el tiempo necesitamos quitarle sus cualidades. Es este tiempo abstracto con el que nos vamos a quedar por ahora sin olvidar la infinita cadena de mediaciones que esconde la frase “nací en 1985”, desde todo lo que implica esa época en particular, hasta el por qué estamos contando 1985 años como si la humanidad hubiese comenzado en ese momento.  

Perdemos la cualidad de cada tiempo, la cualidad de cada trabajo y nos vamos adentrando cada vez más profundamente en el mundo de la abstracción mercancía… Esto quiere decir que además de un valor de uso, la mercancía tiene un valor de cambio que en verdad no hace más que expresar su valor. El valor es la cantidad de trabajo socialmente necesario que una mercancía necesita para ser producida (pongamos paraguas). Esta cantidad de trabajo socialmente necesario se mide en tiempo y expresa el promedio social que es requerido para producir la cantidad de paraguas que la sociedad necesita. Es social en ese doble sentido, incluye a todos aquellos trabajos que se ponen en la producción de paraguas y a la vez representa la necesidad social de ese bien. Es decir, si se produce de más, el precio debería tender a bajar.  

Cuando voy a la verdulería y me espanto del precio del morrón y lo comparo con el kilo de cebolla, detrás de esos precios se esconde toda esta serie de mediaciones que son el fundamento que permite que el dinero cumpla las funciones reseñadas. Por eso toda esa idea hippie de volver al trueque y demás es absurda porque lo que hace es matar al mediador/mensajero, es como si se nos acercara el médico en una sala de hospital, nos dijera que un familiar ha muerto y nuestra reacción fuera cagarlo a trompadas. Ciertamente, frente a situaciones traumáticas, podemos llegar a tener una reacción irracional como la que acabo de mencionar ¿será entonces que detrás del dinero hay un trauma escondido en nuestro inconsciente colectivo? 

Vamos ahora a la otra relación esbozada por Marx

D-M-D’

En principio parece diferenciarse de la anterior sólo por el hecho de que cambia su comienzo y su final. Pero esto implica una finalidad diferente.

Javier ha logrado ahorrar una determinada cantidad de dinero y piensa invertirlo (cual joven emprendedor) produciendo cerveza artesanal con un amigo. Compró todo lo necesario, se lo quedó mirando y… “no pasa nada”. Cual Mickey Mouse en Fantasía, necesita que, mediante la magia del trabajo, se cree la cerveza. Después de un tiempo, él y su socio generan una tanda de cerveza y logran venderla en el mercado. Se sienten satisfechos ya que han conseguido nuevo dinero y con la sucesión de producciones y ventas reponen la inversión inicial y obtienen una ganancia. Claro que, para eso, tuvieron que contratar algunos operarios ya que sólo con sus trabajos no les alcanzaba para lograr un monto similar a lo que hubiesen cobrado en sus anteriores trabajos en relación de dependencia. Su finalidad no es comprar mercancías para consumirlas (para eso hubiesen seguido siendo asalariados) sino venderlas para generar un capital y reiniciar el proceso D-M-D’. Se podría decir, incluso, que su objetivo es social y casi altruista… que la cerveza se compre quiere decir que alguien la necesita. Evidentemente ellos producen para satisfacer una necesidad social. Y ojo que esto es —perversamente— cierto: bajo la apariencia práctica y subjetiva de valorizar su capital están realizando una producción social.

Hasta aquí podemos llegar a la conclusión bastante obvia de que el trabajo crea valor. Lo que no es tan obvio es de dónde sale la ganancia dado que, en el ejemplo de la cerveza, a los operarios se les paga por el trabajo realizado. Para resolver este enigma tenemos que posar la mirada sobre la peculiar mercancía fuerza de trabajo. Como trabajadores asalariados, nosotros no vendemos el producto de nuestro trabajo (como sí hacía Paolo el hippie) sino nuestra capacidad de trabajar, es decir ponemos a disposición del capitalista nuestra capacidad de trabajo para que él disponga ¿Cuál es el costo de una mercancía? El costo de su reposición, lo que “salió” hacerla. En el caso de la mercancía fuerza de trabajo, su costo es el costo de reproducción de la fuerza de trabajo en cuestión. Dicho costo es variable, depende de cuestiones histórico-culturales. Precisando, depende principalmente de dos cuestiones:

Las aptitudes técnicas del trabajador seguramente implicaron que él mismo haya invertido su tiempo en ir a la primaria y a la secundaria y, tal vez haber cursado algún estudio superior. Este es un tema que muchas veces se omite: la clara relación entre la escuela y el trabajo que nos remite al libro de Paul Willis “Aprendiendo a Trabajar”. En el colegio aprendemos normas de conducta, cumplimiento/dictadura de horarios prefijados —tiempo abstracto en la medida en que, por ejemplo, si dormiste poco o mal igualmente entras al colegio en el mismo horario o, si un tema de la clase de matemática es más complejo y difícil de entender eso no significa que el recreo se va a atrasar media hora más—, disciplina, respeto a la autoridad, cómo encontrar la forma de hacer lo que se nos canta cumpliendo al mismo tiempo con todas las reglas formales. Nótese, por ejemplo, el papel del baño en el colegio y en el trabajo. Un lugar donde, finalmente, podemos estar un rato fuera del radar de control que lo social nos impone. Para un trabajador reponer su fuerza de trabajo no significa solamente reponer su capacidad diaria de trabajo (alimentarse, ocuparse de su salud, resolver las tareas domésticas, descansar, etc.) sino generar las condiciones para que una vez que quede obsoleto, estén sus hijxs para reemplazarlos.

A mediados del siglo XIX, los niños y las mujeres también trabajaban en las fábricas. A medida en que se fue necesitando mayor masa laboral y mejor calificación, y gracias a las luchas históricas de la clase obrera, se consiguió la jornada de trabajo de 8hs, que los niños dejen de trabajar y que las mujeres de la clase trabajadora (a imagen y semejanza de las familias burguesas) queden relegadas a los confines de sus hogares. Esto también introduce la cuestión de la economía del cuidado en la medida en que para que el pibe vaya al colegio “alguien” tiene que despertarlo, darle de desayunar, lavarle la ropa a él y a su padre, darle de comer y llevar adelante la agenda del hogar. Estamos hablando de trabajo, hasta hoy, no remunerado, regalado a “la sociedad” en la forma perversa y concreta del capital.

El otro punto en la determinación del valor de la fuerza de trabajo es el conflicto entre el capital y el trabajo que aparece en la superficie bajo la forma de derecho. ¿Es necesario para la reposición de mi fuerza de trabajo en sentido amplio (mía y la futura) vacaciones pagas de 15 días? ¿Es necesario una licencia por maternidad/paternidad? La palabra Derecho viene a definir lo que una sociedad considera necesario para su propia reproducción como tal. Por ello, la reposición de la fuerza de trabajo tiene un sustrato fisiológico que, no obstante, ha sido atravesado por una inmensa cadena de mediaciones sociales (muchas de las cuales se relacionan con la necesidad del capital de realizar/vender su producción). En definitiva, el concepto de necesidad para la reproducción de la vida, es un concepto social, definido histórica y culturalmente.

Volviendo al punto, todas las mercancías cuestan lo que cuesta su reposición o reproducción, pero la mercancía fuerza de trabajo tiene la peculiaridad de generar más valor de lo que ella misma vale. El excedente social siempre es producto, en última instancia, del trabajo social acumulado, de nuestra capacidad de crear algo nuevo. Así la jornada de trabajo puede dividirse entre tiempo necesario para la reproducción de la mercancía fuerza de trabajo y tiempo de trabajo excedente apropiado por el capitalista (el plusvalor que es la sustancia de su ganancia).

Después de todo este rulo, ahora sí estamos en condiciones de volver a la pregunta motivo de este primer episodio de “La guía —teórica— Para la Vida”. El capital aparece cuando entra en juego el circuito D-M-D’, pero esa M no es cualquier M sino la peculiar mercancía fuerza de trabajo. Cuando la economía simplifica y llama capital a todo aquello invertido en insumos, maquinaria y productos —del trabajo— hechos para poder llevar adelante la producción, está escondiendo la verdadera naturaleza del capital. Puedo tener todas las máquinas del mundo pero sin gente que trabaje no me sirven de nada (y sin gente que compre luego esa producción, tampoco). Por eso el capital se divide en capital constante (maquinaria, insumos) y capital variable (salarios). Estos son los dos componentes centrales del capital. Pero aquí, en definitiva, vale hacer otra aclaración ¿quién es el que va al mercado a vender su fuerza de trabajo? El que para poder vivir solo tiene esa mercancía para ofrecer, o sea quien no dispone de medios de producción. Por un lado, tenemos a los que poseen los medios de producción (los expropiadores); por el otro, a quienes sólo poseen su fuerza de trabajo (los expropiados). Por ello el capital no es una cosa, el capital es una relación social: la que se da entre aquellos que tienen los medios de producción pero no tienen trabajo para poner dichos medios en funcionamiento y aquellos que sólo tienen su fuerza de trabajo y necesitan venderla para poder vivir. Ambos son propietarios, entre ambos hay una igualdad; detrás de esa igualdad (que es una abstracción) se esconde una inherente desigualdad. Por eso, para que la “magia” del capital se hiciese posible no sólo fue necesario expropiar a la población de sus medios de producción (especialmente las tierras), sino también obligarla a vender su fuerza de trabajo (sino pregúntenle a Martin Fierro). Pero aquí ya nos estamos metiendo en la figura compleja del Estado, motivo de nuestras próximas reflexiones.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias por tu Guía Teórica. Me es muy útil para seguir formarme y fundamentalmente para contar con herramientas necesarias, tanto para el debate como para la discusión. Son muy buenas tus notas y buenisima la revista. La comparto con varios amigos

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