Por otro lado, la apariencia de un Estado árbitro imparcial, no por ser una apariencia, deja de revestir cierta verdad. Esto tiene su sustrato lógico en la igualdad formal sobre la que se basa y se construye un Estado capitalista, la igualdad que los productores de mercancías tienen como tales, igualdad que puede llegar a desembocar en la idea de ciudadano y en la democracia (un ciudadano, un voto). También no deja de ser cierta la tensión que se da entre mercado y Estado. Pero la clave es no perder de vista que el Estado capitalista es una forma política que adquiere la relación social capitalista. Esto no significa que esas tensiones no sean importantes y que no haya que entenderlas en sus múltiples determinaciones. Pero es bueno no olvidar los límites intrínsecos del accionar de un Estado capitalista. En la próxima edición nos vamos a enfocar en algunas de estas tensiones, principalmente la relación entre el Estado y la correlación de fuerzas sociales dentro de un marco capitalista.”

Puede que el presente nos dé un marco saludable para llevar adelante la tarea.

En cierto sentido, la pandemia ya ha sido deglutida por la “naturaleza de las cosas”. Por dar un ejemplo de la vida cotidiana, cada vez pasa menos esto de salir de casa y olvidarse el barbijo. A su vez, si el Estado es un barco en medio de la turbulencia pandémica, el gobierno es como un capitán que a duras penas logra que sus marineros hagan lo que les indica. Incluso hay sectores de la embarcación que directamente se han sublevado. Claro, acá es donde la metáfora empieza a hacer agua. Podríamos pasarnos todo el día hablando de los factores de poder que atentan contra las buenas intenciones del gobierno, pero por ahora veamos solamente qué es lo que sucede dentro del Estado.

El poder judicial patea en contra, el parlamento “miti-miti”. La pregunta es bajo qué circunstancias la situación podría ser distinta. Es verdad, en lo que al poder judicial se refiere, el deterioro de su valoración social es proporcional a la falta de cumplimiento de la “normas”, la “legalidad” el “debido proceso” y demases. Pero ¿es correcto darles semejante poder explicativo a estos argumentos? ¿El problema es la naturaleza “cuasi aristocrática” del poder judicial? ¿Su corrupción? ¿Se trata de un problema que pueda resolverse mediante una reforma vehiculizada a través de una ley o leyes concretas? Basta ver la breve historia de algunas leyes sancionadas durante el kirchnerismo que duraron lo que duró su gobierno o incluso aquellas que, a pesar de seguir estando vigentes, gozan de nulo o exiguo cumplimiento. Más allá de la coyuntura, de si la composición del parlamento permite o no sancionar determinadas leyes, es interesante tomar nota acerca del “diseño republicano”.

Se supone que la república implica un orden que, al dividir el poder político en tres sectores, asegura que ninguno de ellos logre un poder que le permita erigirse por encima de la ley. Se trata de una suerte de resorte frente al peligro del Leviatán hobbesiano donde la ley equivale a la voluntad del soberano (“el Estado soy yo”). La división de poderes, la separación entre el cargo y quien lo ejerce, la aplicación de las leyes y las normas a todos por igual, serían el antídoto frente a semejante acumulación de poder. Entonces, ya desde el vamos, el poder político se encuentra “legítimamente” dividido. La argumentación que esboza la necesidad de que cada poder del Estado sea un contralor del otro, esconde por detrás la posibilidad de que cada uno inhabilite el funcionamiento del otro.  Esta última opción que, en parte puede servir para caracterizar la situación actual, no es un mero accidente o una distorsión, sino que adquiere una naturaleza sistémica cuando se articula con la capacidad reactiva del poder económico. Si por ejemplo volvemos a los primeros años de Cambiemos donde el poder político y económico estaban mimetizados, lejos vamos a estar de encontrar una “máquina de impedir” albergada en el Estado. La resistencia se dio primero en los sectores subalternos de la sociedad civil y luego, a partir del afloramiento y desarrollo de las tensiones al interior del bloque en el poder (BeP), también encontró algunas expresiones dentro de las estructuras estatales. Se puede deducir entonces que la concentración del poder político tiene como precondición su alineación cuasi inmediata con el poder económico. Cualquier nivel de mediación, de autonomía relativa del Estado, va a implicar que la resistencia del poder económico encuentre formas estatales de expresión. Entonces el supuesto “antídoto” de la división de poderes se retraduce en la capacidad que tiene el capital de, mediante la penetración de las distintas estructuras estatales, lograr que nada cambie o que los cambios sean afines a sus intereses. Como se mencionaba en los capítulos anteriores, lejos estamos de poder entender esto como un mero accidente de la historia sino como una forma histórica específica de manifestación de la unidad contradictoria entre Estado y Capital.

El Frente de Todos también puede entenderse bajo esta óptica. La necesidad de incorporar a Massa y de llevar a AF como candidato a presidente en lugar de Cristina tuvo y tiene un funcionamiento doble: mientras el kirchnerismo reconoció la imposibilidad de gobernar sin un resorte dentro del poder económico (los grupos económicos representados por Massa), la oligarquía diversificada —luego del deterioro en su relación con el macrismo— encontró la forma de, aun retrocediendo, conservar un par de trincheras al interior del ejecutivo. Esto se observa en los ministerios que en la repartija le tocaron a Massa asi como en el denominado núcleo duro de AF (Grupo Callao). Dentro de este marco, Guzmán pareciera expresar la representación del capital financiero al interior del ejecutivo. Definitivamente, se tomaron muy a pecho el slogan “es con todos”.

Para continuar es necesario volver a la teoría. Más específicamente al concepto de Bloque en el Poder (BeP) acuñado por Poulantzas:

La relación del Estado capitalista y de las clases o fracciones dominantes actúa en el sentido de su unidad política bajo la égida de una clase o fracción hegemónica. La clase o fracción hegemónica polariza los intereses contradictorios específicos de las diversas clases o fracciones del Bloque en el Poder, constituyendo sus intereses económicos en intereses políticos que representan el interés general, común de las clases o fracciones del BEP: interés general que consiste en la explotación económica y el dominio político” (Poulantzas; 2007, p. 309)

Como se puede observar hay una relación estrecha entre Estado, hegemonía, BEP y fracciones del capital. Este último término remite a la división del capital en distintos sectores (agropecuario, industrial, financiero, entre otros). Dentro del terreno económico las distintas fracciones del capital contendrían intereses contrapuestos debido a sus diferentes inserciones sectoriales. En este sentido, el papel del Estado también es performativo en la medida en que la igualdad de cada ciudadano ante la ley no solo esconde las contradicciones entre el capital y el trabajo sino incluso la estructuración en clases sociales de la sociedad capitalista. Al disolver la estructura de clase, el Estado esconde la naturaleza inherentemente antagónica de las relaciones sociales capitalistas y, como “bonus track”, también desarticula la propia solidaridad de clase tanto del trabajo como del capital. El momento político es el momento del Estado en la medida en que su propia constitución es, a la vez, la constitución del espacio político mismo. La distinción entre lo económico y lo político no preceden al Estado sino que se constituyen a través, mediante y en el mismo proceso de su génesis y desarrollo. Por ello no se puede pensar en la organización política del capital excluyendo el papel y el espacio que inaugura y al mismo tiempo es el Estado. A partir de este punto del análisis podemos introducir el concepto de fracción hegemónica. Poulantzas cita a Marx:

En un país como Francia… Es preciso que una masa innumerable de gentes de todas las clases burguesas… participen de la deuda pública en el juego de la bolsa en la finanza ¿Todos estos participantes subalternos no encuentran su sostén y sus jefes naturales en la fracción que representa esos intereses en las proporciones más formidables, que los representa en su totalidad?” (Ídem, p.310)

De alguna manera, cuando Poulantzas escribe “bajo la egida de la fracción hegemónica” quiere decir no solo que dicha fracción “invita” al resto de las clases y fracciones del BeP a participar del “juego” que propone, sino que también ese juego es su juego: la fracción hegemónica marca las reglas, límites y objetivos del mismo. Ciertamente, esta posibilidad tiene como último fundamento el lugar que todas las clases dominantes ocupan en el proceso productivo: el lugar de explotadoras. A su vez, para convertirse en hegemónica, la fracción en cuestión debe lograr trascender sus intereses económicos constituyendo un interés político inclusivo. Y en esto también es clave el papel que juega el Estado.

Es este el marco general desde dónde podemos empezar a pensar los dilemas actuales e históricos de la sociedad argentina. No obstante, hace falta mencionar una serie de fenómenos que dificultan el engranaje conceptual tal cual lo pensaba este autor griego.

Por un lado, es evidente que en una formación económica periférica y dependiente como la Argentina, es necesario pensar cómo se articula el espacio nacional con el internacional y cómo esta articulación afecta al papel y posiciones políticas y económicas al interior del BeP. Ya en los años ‘70 O’Donnell planteaba que el hecho decisivo que permite a las franjas superiores de la burguesía local constituirse en los elementos más dinámicos y favorecidos, es que reproduzcan un patrón de crecimiento y un proceso de transnacionalización del capital que consolida su debilidad relativa y su subordinación a la lógica de acumulación del capital trasnacional. Esto marca la constitutiva ambigüedad de la burguesía local ya que “…es incorporada, como portadora y co-impulsora independiente de su subjetividad, al proceso de transnacionalización del capital.” (1978, p 11). La condición de éxito pasa entonces por co-impulsar el estilo de desarrollo que está predeterminado desde el centro y por ello se expande entonces la transnacionalización del capital. Históricamente, el desarrollo industrial local así caracterizado, terminaba por impactar sobre la balanza comercial y se producía el fenómeno recurrente de restricción externa.[1]

A su vez, todo esto impacta sobre la morfología y el papel del Estado,

En tanto pretensión de acotamiento de un espacio frente al de otros, el aparato estatal tiende hacia la construcción de una sociedad propiamente nacional. Pero, por otro lado, tanto en términos de sus políticas como de las clases cuya dominación es síntesis compleja, el estado también es agente coimpulsor de la transnacionalización del capital. Esta es la manera contradictoria, a través de estados nacionales que se arquean bajo la dinámica de la transnacionalización del capital, con que esta última se produce en el mundo contemporáneo” (O’Donnell, 1978: p.24)

Por otro lado, hay otro fenómeno que afecta al razonamiento de Poulantzas (y detrás de él, el de Gramsci). La concentración y centralización del capital por fuerza tienen que impactar sobre la forma de relación entre las distintas fracciones del capital. Para ser más preciso, gracias a que el capital se encuentra diversificado, en cierto sentido aparente los intereses sectoriales divergentes son capaces de articularse en una instancia prepolítica. O, dicho de otra forma, la instancia económica ya tiene de por sí un momento político. Hoy en día, se hace difícil caracterizar a una empresa miembro de la cúpula económica como simplemente industrial, agropecuaria o financiera. Aquellos que tienen la suerte de ser parte del capital concentrado, tienen “puesto sus huevos” en múltiples canastas. Si además tenemos en cuenta el fenómeno de la financiarización, la contraposición entre sectores productivos y sectores “especulativos”, la “Argentina de la “producción” vs la “Argentina de la timba” pierde cada vez más sentido y se iguala —en lo que a ideología se refiere— a los discursos neoliberales más obtusos. Utilizo el calificativo aparente como forma de observar el desenlace superficial y a la vez real del fenómeno, lo cual no quita que en el fondo siga siendo el Estado como principio y como espacio el fundamento mismo que da sentido a lo político y a lo económico. Entonces mientras el Estado mismo se ve forzado a intervenir cada vez más directamente sobre la economía socavando los fundamentos lógicos e ideológicos que son los que le dan sentido, algo similar pasa del lado del capital.

Para un miembro destacado del poder económico como Techint, la suerte de los sectores productivos locales donde se encuentra asentado, son un punto más a tener en cuenta en su agenda de inversiones que incluyen otras actividades productivas localizadas o no en el país conjuntamente con inversiones financieras de distinta índole. En todo caso, lo que realmente le importa es la cotización en bolsa de sus acciones y frente a una eventual caída, siempre puede optar por recomprar sus propias acciones apalancándose en su enorme capacidad de obtener financiamiento externo (elemento central que explica por qué para algunos es tan importante arreglar la deuda con el fondo).

Estos son algunos de los elementos que vuelven tan problemáticas las experiencias kirchneristas recientes y la experiencia actual del Frente de Todos. Los gobiernos kirchneristas buscaron infructuosamente encontrar a esa fracción hegemónica industrial que estuviese dispuesta a ponerse los “zapatos de cenicienta” y, una y otra vez, les cerraron la puerta en la cara. Por otro lado, a las franjas medias de la burguesía industrial el zapato les quedaba inmenso y, además, es bueno recordar que las Pymes suelen tener vínculos económicos con los grupos económicos y las trasnacionales. Sería un error suponerlas independizadas económica e ideológicamente del capital concentrado. El gobierno de AF repite un esquema similar pero con “otros modales”, lo que en realidad expresa un retroceso respecto al último gobierno kirchnerista: el “opresor” ha ensanchado el espacio de acción fronteras adentro de la coalición política. Además, sumemos una estructura económica que, si ya estaba hiper concentrada y extranjerizada durante el kirchnerismo, hoy —después de los años macristas y la pandemia— lo está aún más.

Recapitulando: 1) un poder político “republicanamente” dividido combinado con un poder económico concentrado, extranjerizado y que controla los principales resortes económicos, va a tender a diluir la capacidad de desarrollo de políticas económicas de un gobierno que pretenda lograr cierta autonomía relativa estatal. 2) Un gobierno que, bajo estas circunstancias, no comprende que la acumulación de poder político que necesita depende en última instancia de una modificación sustancial de la estructura económica, es decir, un proceso de desconcentración y de recuperación por parte del Estado de los principales resortes económicos. 3) Es un error grotesco suponer que mediante el “diálogo” es posible encarar políticas si quiera tibiamente redistributivas del ingreso; equivale a pedirle a un matón no sólo que te deje de pegar, sino que deje de tener la fuerza necesaria para poder hacerlo. 4) La pandemia podría haber sido una oportunidad en la medida en que el capital requirió del auxilio del Estado, oportunidad perdida. 5) La astuta fórmula concebida por Cristina para lograr interiorizar dentro del frente a los grupos económicos, por sí sola, implica “pan para hoy y hambre para mañana”; no resuelve sino patea los problemas para más adelante. 6) Muy probablemente el proceso de movilizaciones populares haya tenido su pico durante la reforma jubilatoria y haya encontrado su expresión electoral en las PASO presidenciales. Ya antes de la pandemia e incluso antes de la asunción de les Fernández, el Frente de Todos llamó a la desmovilización de los sectores populares amparándose en un cálculo político que suponía que la mayor conflictividad podía terminar diezmando su caudal de votos. Los hechos parecen haberlo contradicho: entre las PASO y las generales el Frente de Todos le regaló las calles al macrismo quien cosechó casi 10 puntos porcentuales más respecto a la anterior elección. Si bien sería un error suponer una caída en los niveles de conflictividad durante el 2020 y el año en curso, no obstante, es clara la falta de articulación política entre los distintos conflictos. Paradójicamente, el Frente de Todos termina funcionando como un desarticulador de las distintas luchas económicas de los sectores subalternos. Si bien los gobiernos peronistas siempre han tendido a “encauzar” o “domesticar” las distintas luchas, este era el “precio” que había que pagar por una mejora real y efectiva de las condiciones de vida y de trabajo de los sectores subalternos. En este caso, hasta ahora la “domesticación” no ha tenido correlato alguno en la mejora de la distribución del ingreso. Se trata de un problema no solo para la situación económica de la mayoría de la sociedad argentina, sino para encarar un proceso de confrontación con el poder económico. 7) El gobierno se debate entre ser un mero estabilizador de la fiesta neoliberal, de esos que levantan los platos, tiran la basura y limpian el piso después del fiestón para unos pocos y la miseria generalizada para la mayoría; o, cumplir con el papel para el que fue votado. En definitiva, lo que está puesto en discusión es cuál va a ser el papel del Frente de Todos en la lucha de clases. ¿Se trata de un gobierno que viene a consolidar los cambios regresivos que dejó el desastre macrista? ¿Es un gobierno en transición? ¿Transición hacia dónde? O si, por el contrario, en los años que le quedan por delante terminará virando hacia un papel parecido al de los últimos dos gobiernos kirchneristas quienes salieron “por izquierda” del conflicto de las retenciones móviles.

En este último capítulo de “Guía—teórica— para la vida” sección Estado, se intentó generar un abordaje teórico e histórico que nos permita desentrañar un poco mejor la situación actual en la cual nos encontramos inmersos. A lo largo de la serie, fuimos viendo algunos fenómenos históricos característicos de un Estado capitalista y sus particularidades argentinas. Observamos cómo la separación entre lo privado y lo público y entre lo político y lo económico tiene en el centro de su génesis histórica al accionar estatal —incluso, sino fuera por dicho accionar, estos términos perderían especificidad conceptual—. Cómo, una vez constituidas y consolidadas dichas separaciones, el propio desarrollo de la lucha de clases lleva al Estado a tener que intervenir sobre la esfera económica y privada; cómo dicha intervención concede ciertas reivindicaciones a los sectores populares permitiendo la sustentabilidad del dominio del capital sobre el trabajo; cómo en la medida en que se produce este ensanchamiento de la autonomía relativa del Estado, el mismo tiende a dejar de cumplir con su función político institucional de encarnar y desarrollar la unidad política de la clase dominante y, al mismo tiempo, empieza a poner en contradicción sus propios fundamentos de existencia basados en la separación de lo público y lo privado y lo económico de lo político.

Con todo este bagaje conceptual —que a la vez es histórico—, se intentó hacer una primera aproximación general a la coyuntura actual y la relación específica entre el Estado, clase dominante y clases subalternas.


[1] Ciertamente, desde la época en que O’Donell escribía estas reflexiones hasta el día de hoy, dicho fenómeno se ha profundizado de tal forma que el cambio producido difícilmente pueda ser caracterizado bajo un aspecto meramente cuantitativo. En la actualidad, este fenómeno excede a la industria local abarcando al conjunto de la burguesía.

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