Barajar y Dar de Nuevo

– No sé qué me pasa …

Estás cansado, murmuro ella mientras se estiraba sobre la almohada y prendía la lámpara que inundó de sombras chinas la habitación. Se apoyó en un codo mientras jugaba con su dedo recorriendo una vena prominente del brazo de Esteban. Sin querer movió la lámpara con el codo y las sombras iniciaron una danza lenta que en pocos minutos se agotó contra las paredes blancas. Pensativa. Desde la muñeca hasta el codo siguió el recorrido de su sangre y bruscamente se incorporo buscando abrazarlo. Esteban se alejó reforzando aún más su posición fetal. Le daba la espalda con los ojos abiertos, concentrado en las sombras chinas ya desfallecientes. El abrazo de Mora fue un intento muerto antes de nacer. Volvió a estirarse tratando de no tocarlo. Ensayó respirar profundo por la nariz y exhalar sin ruido por la boca pensando que ya sería de mañana. Qué bueno sería salir desnuda al balcón para que el sol me haga transpirar. Agua salada. Entonces me sentiría tan joven como ayer a la noche. Con eso sería suficiente. Como ayer a la noche. Veinticinco años contra los setenta que parece que tengo hoy. Con timidez saltó de la cama y caminó hacia el balcón. El tránsito de la avenida Corrientes empezaba a crecer a medida que la mañana avanzaba. Es lunes pensó. Me tengo que apurar para llegar en horario al trabajo.

–        ¿Qué haces? preguntó él.

–        Abro las cortinas, murmuró

–        ¿Será posible que no te puedas quedar quieta? No te muevas más! Quiero dormir

Esteban se ovilló acentuando el gesto. Sus palabras flotaron en el aire y detuvieron a Mora. Las cortinas continuaron cerradas. Pero un pequeño hilo de sol se filtraba por algún lado y el ruido de la avenida despertándose se escuchaba cada vez más fuerte. Según se iban dando los hechos Mora acababa de confirmar que a él no le interesaba ella en lo absoluto. Cero preocupación.

Lo único que le importa es él mismo. Yo no existo en su universo. Mejor ni hablar, pero ¿qué hacer con esta pena mía? ¿Cómo derramarla y dónde deshacerme de ella? Sin embargo no dejo de sentir ternura por él. Mejor ni lo digo porque seguro lo va a confundir con compasión. ¡Uy qué difícil que es este tipo! No entiende que por amor me quiero acercar para que se sienta mejor y después reírnos un rato.  ¿Tengo que ser siempre yo la que busca arreglar las cosas cuando algo se desajusta? Calma Mora, calma. A respirar profundo. Lo mejor será que me vaya. Siempre hay tiempo para charlar, no está bueno dramatizar. Y yo tengo esa tendencia, así que me llamo a sosiego. Son cosas que pasan y se acabó. No le voy a dar más vueltas.

Tratando de conformarse se abrazó cruzando sus brazos sobre el pecho desnudo. Una ternura intensa la invadió al reencontrarse con su piel. No es justo lo que está pasando, no es para nada mi culpa, se dijo. Y Esteban la hace más difícil, se encierra y se repliega como si yo fuese su enemiga. Como siempre. Recién ahí el enojo le creció por la garganta como un tumulto sordo.

–     Lo peor es la compasión y encerrarte como tortuga invernando.

–      ¿Será posible que no puedas entender que quiero dormir?

–      ¿Por qué no abrís los ojos para ver un poco más? No te escapes durmiendo porque cuando te despiertes todo va a estar aún peor, dijo ella mientras trataba de reunir su ropa caída en el suelo, al borde de la cama.

–       Y llego la hora de la reflexión. Chan chan. Y dale que te dale con palabras y más palabras que no sirven para un carajo. Ese es tu mayor problema, el exceso de palabras. Si supieras hacer otras cosas tan bien cómo hablas, dijo él con una voz sorda apaciguada por la almohada

–      ¡Y ahora soy yo la que tiene la culpa! Se oyó a  Mora resoplando desde el piso, estirada  buscando el corpiño escupió el grito sobre ese cuerpo encogido que la ignoraba. Si pudiera le pegaría, lo molería a golpes, pensó.

Un “¿Y quién si no?” le llego ahogado del otro lado de la cama.

– ¿Qué? ¿Qué es lo que queres decir? ¿Que con las otras no te pasaba!? ¿O capaz que no te pasa, en tiempo presente? Vaya una a saber… ¡Con vos es difícil saber algo! ¡Por qué no vas de frente y me lo decís! No des tantas vueltas. ¿O te crees que me voy a suicidar? ¡Con todos los tipos que me andan atrás por favor, no sé quién me manda a soportarte! le dijo. Mientras sin querer tocó  de nuevo la lámpara y las sombras chinas volvieron a empezar su alocada danza. Con sus últimas palabras se subió el cierre del pantalón y de rodillas tanteo debajo de la cama buscando la otra bota.

–        ¡Dejame en paz y terminala mover esa lámpara que compraste! Es tan molesta como vos. ¡Por favor! De nuevo la misma cantinela. Que las otras, que la lista de tipos que te tienen ganas…¡me tenes harto! ¡Por qué no te morís! La voz de él le llego agria desde el hueco de la almohada

–        No te voy a dar el gusto de morirme – grito Mora mientras agarraba su mochila y se iba dando un portazo

Esteban deshizo su postura y se estiro en la cama usando todo el espacio, resoplando no sin cierto placer. Enojarse le había hecho bien. Que Mora se hubiese ido también. Por fin voy a poder dormir, pensó más relajado. Pero a los pocos minutos de tranquilidad un ruido fuerte de cacharros rotos le llego desde el palier. Este Juan siempre tan ruidoso, andará sacando las bolsas de la basura, pensó y se volvió a estirar cerrando los ojos. Primero un timbrazo y después otro se lo impidieron. Muy insistentes. Lo hicieron volver a putear. Mientras caminaba hacia la puerta murmuró ¿Ahora qué carajo pasa, qué cuernos se olvido esta idiota? Se asomó con el pecho desnudo y los pantalones a medio poner. Se sorprendió al ver que no era Mora sino Juan que lo miraba con cara de ternero degollado sin articular palabra.

– ¿Qué pasa Juan? Lo animó Esteban con un gesto que intentó ser amistoso

– Mire que yo le avise … pero ella igual salió corriendo. Le dije que estaba baldeando con jabón. Porque vio que hoy es lunes. Y los lunes siempre baldeo a fondo. Pero no me escuchó, apenas me miro de reojo, como extrañada, como si no me entendiera. Y mire que se lo repetí … pero no hubo caso. Bajo la escalera como llevada por los mil demonios

Esteban ansioso aparto a Juan que como en una letanía repetía lo mismo y bajó hasta el primer recodo. No había llegado a ponerse las zapatillas y el piso estaba resbaloso. Pateó la escoba que atravesada le molestaba para continuar. Mirando por el hueco siguió el recorrido de la escalera y allá en el rellano, entre el cuarto y el tercer piso, había frenado Mora su caída y ahora ella en posición fetal ni se movía. Bajo a los saltos, mientras se iba resbalando peligrosamente, hasta llegar a su lado.

– Qué carajo te pasó! Mírame! Abrí los ojos por favor, pero qué golpe que te diste… exclamó Esteban

 Acercándose con cuidado sin moverla demasiado por si se había roto algo trato de acomodarla contra la pared acariciándola. Mora entreabrió los ojos y lo espió. La cara desencajada de Esteban le causo gracia, pero la situación no daba para reírse así que se mantuvo seria y sintió que una tibieza intensa la invadía. Escudriño su cuerpo para ver si le dolía algo pero no encontró nada en especial, salvo una rodilla que sangraba un poco. Le encantó verlo a Esteban tan preocupado así que muy satisfecha cerró los ojos nuevamente cobijándose en su abrazo.

– Este Juan es un estúpido, cómo va a baldear con jabón, me resbale como una tonta, murmuró

– Y es que también vos saliste como una tromba, dijo él

– Y no era para menos, solo así podía irme. Como una tromba. Sino te iba a terminar clavando un tramontina en la espalda … y hubiésemos terminado saliendo en los diarios, mira que sos … mira que sos capaz… de sacar lo peor de mí, concluyo mientras dejaba caer su cabeza sobre el hombro desnudo de Esteban.

El la beso tibiamente. Ella se dejo besar respondiendo con timidez a la caricia. Después se volvió a recostar contra su pecho y se sintió tan bien que casi se olvidó de la caída y también de la pelea previa. Intento incorporarse mientras Esteban la ayudaba sosteniéndola. Juan los miraba desde el palier sin entender mucho,  enternecido con la escena.

– Vamos despacio al departamento. ¿Podrás subir? Me visto y te llevo a la clínica para que te revisen. ¡Flor de golpe te diste!

– No, no murmuró Mora acurrucada cómoda, estoy bien. No es necesario. Solo tengo que avisar a la oficina

– Mejor que te revisen, reiteró Esteban, ayudándola a subir la escalera

Al cruzarse con Juan, que compungido trataba de ayudar, Mora esbozo una sonrisa para tranquilizarlo. Estaba pálido, pobre hombre, qué susto, coincidieron ambos en pensar compartiendo una mirada cómplice sin necesidad de pronunciar palabra.

– No más jabón, los lunes tampoco, lo sermoneó Esteban. Y mirando a Mora agregó, mira qué suerte la puerta quedó abierta, sino hubiésemos quedado afuera encerrados. Salí tan rápido que no agarré la llave.

Estaba contento de volver con Mora apretada contra el pecho. Qué lindo me siento pensó ella. Y cobijada en sus brazos entraron al departamento. El con un pie cerró la puerta de un portazo tratando de no deshacer el abrazo.

En el palier, Juan refunfuñando retomo el trabajo. Yo le avisé, la culpa es de ella que no quiso escucharme.

Abajo, en la avenida, las bocinas y las frenadas  ya empezaban a escucharse con la fuerza del bochinche habitual. Como cualquier lunes a las diez de la mañana.

 

22 COMENTARIOS

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