Hace 1 mes, con mi pareja estamos viviendo una situación particular. Uno de sus familiares está involucrado en un Plan Rombo. La angustia de la situación es que “a raíz de la pandemia” las oficinas de Renault que atienden dicho plan, están cerradas. En la página web se dan a conocer una serie de teléfonos de contacto, mails, chats, etc. Ninguno funciona. Unx puede estar llamando horas y horas, nadie atiende. A los mails, nadie responde. En una situación de anonimato total, no hay una persona que brinde atención más allá de contestaciones automatizadas que claro está, no resuelven.

El caso particular es que se sacó una camioneta nueva en lo que se llama la modalidad de prenda: con un capital inicial pagado se te otorga la camioneta y el resto es financiado en interminables cuotas ligadas al proceso inflacionario. 

Si debés más de 3 cuotas, se pierde el vínculo directo con el plan y ahora debemos hablar con amables abogadxs que nos exigen cumplir con nuestra parte del trato.

  • La sobrecoyuntura. 

La situación nos arrasó emocionalmente. El anonimato fantasmagórico, no poder dirigirnos hacia alguien. Plan rombo es una sombra, un objeto vacío que nos demanda una energía interminable, pero a la vez, unx al ser finito, está claro que tiene un límite. Como un espectro merodea el pensamiento irrumpiendo día y noche. Horas largas de una pulsión dedicada a buscarle la vuelta de rosca a la cuestión. El no-diálogo hacia un no-alguien que nos atraviesa el cuerpo. La prepotencia de abogadxs rapiña extorsionando. La coyuntura intenta como un alud, desbaratar la cotidianeidad que unx trata de llevar a cabo, la mínima planificación de quehaceres a los que se le quiere dedicar ese tiempo valioso e irrecuperable. La urgencia que lo devora todo. (Recomiendo leer el artículo de Guido en referencia a Pacman: El Pac-man, los Fantasmas y el Laberinto: En la Búsqueda del Nivel 256)

Más allá de la responsabilidad individual que cabe al meterse en este tipo de situaciones (no es en lo que me quiero centrar ahora), están sus semejanzas de “pacto con el diablo”. Como si Mefistófeles, el personaje Goetheano, se apareciera en nuestros sueños, en forma de un cuervo que se para en la ventana por donde entra una pequeña luz de la luna tímidamente, y en silencio, nos observa con sus ojos de color negro. No emite ninguna palabra, solo observa. Controla que estemos ahí haciendo lo que se le debe.

  • ¿Cuál botón apretar? 

En las casualidades de la vida un amigo mío trabaja para Renault y nos pudo ayudar. Logró dar con el personal interno que nos guío —como si fueran unos especies de médiums que nos hacen llegar al Espíritu Plan Rombo. En el medio, la desidia. Incluso el personal del plan nos aconsejaba “llamar al callcenter que íbamos a ser atendidos. Siendo esto totalmente dilatorio con la consecuencia obvia de volver a caer en deudas y abodiablos.

El maltrato explícito se hace manifiesto, si unx no tiene el privilegio/suerte/nose-como-llamarlo, de obtener esta ayuda -en mi caso mi amigo. ¿Qué hubiera pasado? La misma situación vivo en mi trabajo, en un hospital. Algunos tienen “la suerte” de contactarme para que les gestione un turno, lo cual no es mi trabajo en sí. Y no se trata de desmerecer el trabajo de las personas que realizan el otorgamiento de turnos, o del callcenter del Plan Rombo. Sino que detrás de esa sombra que no da respuesta, que puede presentarse como número de teléfono, un chatbot, mail, etc. Está gestionado el mal funcionamiento, la no respuesta. La intención es vivir girando en falso alrededor de una presencia fantasmal que nos atosigue de por vida, incluso, siendo un poco creyentes, diríamos: nos seguirían hasta la otra vida, reclamando sus pagos.

  • No llames tres veces: 

Siguiendo este hilo, en donde la persecución fantasmagórica acecha, me imagino que se podría esbozar en la cabeza del lector la pregunta, pero no tiene una deuda la persona con Renault? Si, en un momento, así fue. Pero luego de saldarla, teniendo que ir al estudio de los abodiablos en donde: en la puerta se agolpaban muchas personas con el mismo problema y el maltrato era el trato. Se saldó la deuda. Pero no termina acá. 

Después de tres semanas de una locura casi minuto a minuto, mi pareja con su familia deciden rescindir el contrato, es decir, pagar la totalidad del plan para poder vender la camioneta. A lo que creíamos que acá todo se vuelve más fácil, pero no. Podríamos imaginarlo así: levantamos el teléfono, marcamos una vez, no atiende nadie, la segunda, no atiende nadie y la tercera…la habitación se llena de una bruma espesa, en la que una figura va apareciendo suavemente en el medio y nos dice, con la voz tranquila:

“Me comprometo a ponerme a tu servicio aquí

a no detenerme y reposar ante una señal tuya;

cuando nos reencontremos del otro lado

habrás de hacer lo mismo por mí” (Goethe, Fausto. Ed. Colihue)

A Mefistófeles, hay que invitarlo tres veces para que pase.Y parece que así fue. Acaso este espíritu maligno solo quiere que le saldemos la deuda? Está clara la respuesta. Si le diéramos un billete, él no lo podría agarrar. Así sigue pasando, nadie contesta el teléfono. La página web pareciera ser construida para que no funcione. Y así pasan las horas y los días. Ayer a la mañana, mientras intentaba despertar los ojos con un poco de agua, por la ventana del baño entraba la voz de una radio que decía:” Yo también me sentía dominado por los pajarones cuando era chico. Ahora ¡No! Cuando era chico, sí. ¡Pero no ahora Mordisquito! Salvate de los pajarones.”


2 COMENTARIOS

  1. Tal cual. Otro título podría ser caer en los call centros… más que caer es sumergirte y entregarte a una ensoñación malsana que te come la energía y te denigra…! Gracias por la compañía. Es bueno no estar solo aún más en una especie de naufragio como este que narra tan bien!

    • Muchas gracias, Noemi. “Una ensoñación malsana” me parece que describe bien lo que uno siente en estas situaciones que son una de esas pesadillas en las que uno quisiera despertar. Creo que un poco en este texto intenté eso, despertar.

      Abrazo.

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