Buenos Aires, 1978

Si me apuro puede ser que llegue a tomar el último. Matilde corrió bajando las escaleras preparada para pasar rápido el molinete. El subte que se acercaba terminó deteniéndose justo para que ella pudiera subir al último vagón. Casi vacío. Se sentó con la respiración agitada por la corrida. Es un setiembre muy caluroso murmuró para sus adentros acomodando el bolso sobre sus rodillas. Entonces se acordó del libro. Busco el señalador perdido entre las hojas y continuó con la lectura que había iniciado esa mañana en su viaje de ida al trabajo. A  los pocos minutos cabeceó. El ruido del subte siempre le provocaba esa modorra. Se ha hecho tan tarde, pensó. Un informe urgente la había retenido más de la cuenta en la oficina.

Intentó entretenerse curioseando por encima del libro. Entonces cruzo miradas con una anciana que pareció saludarla con un movimiento leve de abanico acompañado de una mirada apagada. Algo inquieta volvió a su libro sin lograr concentrarse. ¿Seremos las únicas pasajeras en este vagón? Con un gesto que intentó simular descuido miró sobre su hombro. Entonces descubrió con alivio, en el último asiento, a un señor de edad incierta con bigotes y barba incipiente. Parecía flotar sobre las luces de la estación que se alejaba. Molesta. Deseó estar ya en su casa con la comida calentándose en el horno. Y ella duchándose tranquila no sin antes haber prendido el aire acondicionado.

La próxima es Castro Barros. Faltan dos. Volvió al libro olvidado con la intención de seguir leyendo. Cuando sucedió la fuerte frenada estaba tan adormilada que tardó unos segundos en darse cuenta que el subte se había detenido. Entre estaciones. El aire se hacía pesado y las manos empezaban a humedecerse. A esta hora de la noche es extraño ya casi no hay movimiento. Salvo por algún desperfecto. Miró a la anciana buscando ser cómplices en la sorpresa. Pero el abanico iba y venía con el mismo ritmo acompasado y en uno de esos aleteos pudo reconocer la mirada apagada en el rostro imperturbable. Desencantada espió al señor de bigotes que estaba aflojándose el nudo de la corbata. Compartieron una mirada de no entender que los unió por encima de los asientos y que en alguna medida la tranquilizó.

Volvió a acomodarse contra el respaldo del asiento y sintió el centro de su espalda mojada. Desde la nuca bajaban despacio gotitas que recorrían su columna para estrellarse sin ruido contra el pantalón. Si sigo así cuando me levante voy a dejar un charco. Se distrajo imaginándose convertida en un montón de agua salada donde solo se destacarían sus ojos. Imaginó los titulares anunciando la transformación de una joven en charco de agua debido a las altas temperaturas que deben soportar los pasajeros en los subtes. Y al intendente proponiendo eliminar de inmediato ese medio de transporte. Mientras tanto ella era entrevistada por varios periodistas que la ametrallaban a preguntas y respondía desde el suelo apenas asomando la boca del charco en que se había convertido. Matilde no pudo reprimir una sonrisa. En ese momento el ruido del subte poniéndose de nuevo en marcha la hizo mirar hacia adelante para ver como el resto de la formación se alejaba hacia Castro Barros mientras su vagón permanecía detenido. Inexplicablemente abandonado.

Se levantó señalando el subte que ya estaba lejos. Quiso preguntarle a la anciana que seguía apantallándose como si nada hubiera sucedido. La comunicación con ella sería inútil. Vio que el hombre de bigotes y corbata se acercaba mientras miraba hacia el túnel con cara de sorpresa.

¿Qué pasó? – atinó a preguntarle Matilde

No tengo idea, nuestro coche se habrá desenganchado. Inexplicable –  murmuró el hombre mientras un leve tic le levantaba el bigote y acentuaba su mirada de sorpresa.

¿Y ahora?- Matilde se preguntó en voz alta. Desconfiando que ese señor pudiera resolver la situación, desorientada. Sólo segura que la transpiración le corría por las piernas y que cada vez se le hacía más difícil respirar. El hombre ya sin el saco parecía más tranquilo.

Seguro van a mandar un coche para engancharnos y llevarnos – dijo resoplando

Matilde asintió. Mejor será creerle. Y volvió mecánicamente a su asiento, donde habían quedado el bolso y el libro abandonados. Entonces él se sentó a su lado y los dos enfrentaron a la anciana que por fin había detenido su abanico y por primera vez los miraba.

¿Qué pasa?- preguntó asustada

Una falla mecánica, dijo. El hombre se perdió en una explicación monótona con un tono aflautado que adormecía.

Matilde sentía que las palabras resbalaban por sus oídos como lluvia mansa y que era incapaz de concentrarse en lo que él decía. Sólo dispuesta a creerle miraba el abanico que había comenzado de nuevo su aleteo. Todo parecía normal. Salvo las luces de la próxima estación que se habían apagado bruscamente mientras ellos continuaban detenidos. En el túnel vacío. Un único y solitario vagón.

Sus compañeros parecían no haberse dado cuenta de la situación enfrascados en el monólogo del hombre que explicaba con lentitud todos los trastornos que podían ocurrirle a los que viajaban en subte en Buenos Aires. La anciana con pequeños gestos de aprobación lo incitaba a continuar y él iba desabrochándose los botones de la camisa mientras el sudor le marcaba senderos, desde la frente hacia el centro de la cara, que se transformaban en gotas que caían por su nariz para perderse en unos labios estrechos.

Por favor, abra la ventana pidió la anciana. El hombre obedeció.

Era absurdo quedarse allí a esperar. Ahora que las luces de Castro Barros se habían apagado Matilde sintió que el último eslabón que los unía con la realidad había desaparecido. Estaba segura que nadie vendría a rescatarlos. Víctimas de una broma trágica que los sumergía en otro plano. Muy alejado de la calle Rivadavia que circulaba por encima de sus cabezas.

Con un impulso se levantó. Mentiras son mentiras, usted solo dice mentiras. El la miraba extrañado con el tic absurdo moviéndole los bigotes mojados. Se tiene que serenar, lo peor que puede pasarnos es ponernos nerviosos. Comprenda le dijo con gesto severo. Matilde sin hacerle caso caminó apurada hacia el fondo del vagón. El hombre intentó sujetarla. Forcejearon y al llegar al final del pasillo ella empujó la puerta de la cabina que cedió de golpe. Tropezaron. Juntos. Y golpearon contra un tablero lleno de palancas. Matilde se incorporó y comenzó a subirlas y bajarlas casi con desesperación. El la miraba vencido. Sin fuerzas para explicarle que era inútil. Será mejor que esperemos, le dijo. Y ella pareció asentir apoyando la cabeza contra la ventanilla tratando de descubrir algo allá afuera, un leve indicio que le confirmara que aquella era la línea A de subtes de la ciudad de Buenos Aires. Sólo un espacio negro se abría sobre su cara, las paredes musgosas se distinguían apenas para luego fundirse en la oscuridad. La ropa se le iba adhiriendo cada vez más y más al cuerpo. Y posiblemente, después de todo, sea cierto que me voy a convertir en un charco. Pero ya no importa. Y la cara se le humedeció con su propio aliento mezclado con la sal de unas lágrimas que si el hombre veía no iba a saber justificar. Si sólo se trata de esperar con paciencia. ¿Por qué llorar?

Juntos volvieron hasta donde estaba la anciana que indiferente a lo sucedido pidió agua. El reclamo de ella hizo que él bajara y subiera los brazos en señal de que nada podía hacerse para satisfacerla.

Matilde lo miro con odio y se sentó junto a la anciana que había dejado de abanicarse. Estaba pálida, las manos abiertas, la vista perdida y la boca entreabierta dejaba escapar un tímido ronquido.

-No estoy dormida- dijo moviendo apenas los labios en un intento por no desarmar el gesto. Matilde vio cómo se le caían los párpados. Parecía descompuesta. Y a ella el enojo le creció.

-Valientes compañeros de viaje, dos idiotas que no sirven para nada, no gritan, no se quejan, ni se espantan. Serían capaces de esperar hasta morir con tal de no romper la inercia– murmuró al incorporarse acompañando sus palabras.

Empezó a caminar hacia la parte delantera del vagón viendo que a medida que se acercaba el túnel negro crecía como chupándola. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Tengo que convencerlos de saltar por una ventanilla y caminar hasta la próxima estación. Trató de serenarse. Con una sonrisa apenas esbozada se acercó al hombre que leía atentamente un diario viejo que había encontrado tirado en un asiento. Impasible. Esperando lo imposible. Resignado a esperar. ¿Estará vivo?

-Qué calor, no? – Se sentó al lado de la anciana y frente al hombre, que la espió por encima del diario, dispuesto a hablar ahora que ella parecía haberse tranquilizado.

-¿Cree que vendrán a rescatarnos? – preguntó tratando de iniciar la conversación. El la miró paternalmente y le aseguró que sí.

-Pero quien sabe tenemos que esperar hasta mañana y no parece sentirse bien – argumentó señalando a la anciana que tenía el abanico muerto entre sus manos. Sin embargo la mujer la contradijo diciendo que podía esperar, que sólo se sentía un poco cansada.

Sin abandonar su plan, Matilde decidida continuó. Dijo que creía que los habían olvidado en el túnel y que no se habían dado cuenta que el vagón se había desenganchado. Y que había estado calculando que hasta Castro Barros debía haber solo dos cuadras. Podríamos saltar por una ventanilla y caminar por el túnel…

– Es una idea ridícula mi querida — la interrumpió el hombre sonriendo compasivamente. Para qué todo ese esfuerzo. Las puertas de la estación con seguridad ya están cerradas a esta hora. No podríamos salir a la calle, ni volver a nuestras casas —

Las últimas palabras golpearon en la nuca de Matilde produciendo un eco que llenó toda su cabeza. Es cierto, lo que dice es cierto.

-Prefiero esperar acá – dijo la anciana

-Es lo más razonable – argumentó él.

-No son los razonamientos la mejor compañía en casos como este – dijo en voz alta. No me puedo quedar a esperar pensó Matilde mientras caminaba por el pasillo. No quiero desaparecer esta noche acá en este túnel. Y que nadie nunca más sepa de mí.

Se decidió a escapar sola. Dos asientos más atrás el hombre también se había levantado y ella vio cómo su cara se iba transformando en un gesto violento. Parecía agigantarse. Se dio cuenta que no la iba dejar escapar. Entonces se paró sobre el asiento y se sentó sobre el marco de la ventanilla ya con las piernas colgando. Lista para el salto. Apenas sostenida por sus manos apoyadas sobre el borde. Era mucho más alto que lo que había calculado y el hombre ya estaba a su lado para detenerla. Con un impulso saltó y mientras caía se dio cuenta que había perdido un zapato.

Al caer golpeó contra la pared y aturdida empezó a arrastrarse, consciente de que escapar se convertía ahora en lo más importante. Trastabillando consiguió levantarse a medias y después de unos pasos miró hacia atrás. El hombre la insultaba con gestos ampulosos desde una de las ventanillas agitando su  zapato como un trofeo. La anciana, inmóvil la miraba parada. Matilde pudo imaginar a la distancia una leve sonrisa y el abanico que ya no aleteaba. Comprendió que él no se animaría a seguirla y que ella se sentía feliz con su atrevimiento. Pero que no estaba dispuesta a imitarla. Tanteando la pared y hundiéndose de a poco en la oscuridad que la recibía con una frescura silenciosa le pareció que recobraba sus fuerzas. Avanzaba lento. Su respiración se iba tranquilizando mientras crecía la conciencia del pie descalzo.

Con la garganta apretada pero sin poder evitarlo volvió a darse vuelta para ver ya a la distancia el vagón abandonado como un buque en naufragio. Sin poder distinguir los bigotes del hombre ni el abanico de la anciana. Solo sus sombras despidiéndola. Sin gritos. Mudas. Esperando que la oscuridad por fin la tragase. La hiciese desaparecer.

No debo mirar más para atrás. Apuró el paso usando la pared que a su costado le servía como única guía. Cuando llegue a las escaleras las subiré corriendo y gritaré para que alguien venga a ayudarme. La certeza de que la calle estaba cerca la impulsó a avanzar aunque cada vez se le hacía más difícil no perderse en ese laberinto donde la vista no hacía falta, sólo era útil la mano derecha acariciando la pared con la palma para no perder el rumbo.

Faltará no más que media cuadra pensó y un ruido que rebotó en el túnel la paralizó. Se apoyó íntegra contra la pared buscando un descanso y pudo ver cómo se apagaban las luces del vagón que hacía tan poco había abandonado. El ruido se convirtió después en un murmullo oscuro que pareció acercarse. Asustada corrió. En una carrera desesperada. Trastabilló y cayó para volver a levantarse. Y correr. Correr sin aire mientras chocaba con la escalera que la conducía al andén. Y sin alcanzar a ver el kiosko de diarios que se le interpuso hiriéndole la cara.

Matilde corría. Ya sin ningún zapato. Hacia los molinetes. Porque después estaba la salida. Y allí arriba la calle. Y ella iba a llamar pidiendo ayuda. Se arrastró con sus escasas fuerzas sobre los escalones gastados y un pedazo de cielo con estrellas le golpeó la cara mojada. La puerta de rejas estaba cerrada y se dio cuenta que no podía gritar. No tenía voz. Decidió esperar espantada con la sola idea de mirar hacia el hueco negro que nacía a su espalda. Ese hueco donde hacía unos minutos el vagón abandonado había empezado a desplazarse despacio. Casi en un susurro. Teniendo como último destino la estación Castro Barros.

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí