Ilustraciónes: Carlos Lescano

Es evidente que el peronismo ha representado un factor disruptivo en la historia argentina. Esta disquisición no puede ser limitada a un eje temático específico, ya que contiene elementos materiales, culturales y simbólicos. No sólo se trata de “las patas en la fuente” o el voto femenino, sino de la inclusión social de los sectores populares a la vida política, económica y cultural. Desde un punto de vista económico, fue como el capítulo de consumo de un experimento de raigambre keynesiana. Las vacaciones, el aguinaldo y el 14 bis, son la consagración de la inclusión de un nuevo sujeto, clave en la medida en que no se lo incorpora meramente como ciudadanx sino como pueblo. Y “pueblo”, como explicitaba O´Donnell, es una mediación más concreta que la de “ciudadanx”. Dicho de otra forma: lo que quedó de la reforma constitucional del 49´en el 14 bis, está dirigido no al ciudadano sino al trabajadorx y esto rompe con la mera lógica de la libertad e igualdad formal. Ciudadanxs somos todxs, trabajadorxs casi todos… Pensar esto como mera inclusión, es una tergiversación en la medida en que contenido y forma son aspectos de una misma cosa. Si el contenido es al mismo tiempo una forma y la forma un contenido, no cabe entender la agregación inclusiva como una mera suma. Los elementos no se suman sino que se relacionan conformando un nuevo todo. Y, como es lógico, esto va más allá de las intenciones de los sujetos históricos protagonistas. De hecho, el periodo 55-76 y la dictadura en sí, son pruebas de que la inclusión es mucho más que la inclusión y por ahí pasa el conflicto, las muertes y los desaparecidxs. 

Ahora bien, bajo este trasfondo es menester pensar las experiencias peronistas recientes, incluso la menemista. Cada una, de manera desigual e inequivalente, reproduce en algo este factor disruptivo. Y esto, a pesar de que “la historia se repite en modo de farsa”. A simple vista, pareciera que la frase de Marx aplica sobre todo para los años menemistas. Sin embargo, nunca hay que olvidar que en la medida en que la falsedad opera sobre la realidad, en cierto sentido también es verdadera. Con Menem tenemos un elemento federal, caudillesco y patilludo, combinado con un neoliberalismo depredador, Miami, 1 a 1, pizza y champagne. Por lo menos hay que admitir que se trata de una combinación un tanto heterodoxa. Aumenta la desocupación, aumenta la pobreza pero, en una de esas, tenés suerte y “caminás” la situación en tus zapatillas con cámara de aire. Entonces, si bien el criterio inclusivo se desgarra  con la fragmentación social, a nivel de lo aspiracional, algunos pueden acceder a nuevos objetos de consumo y otros tienen la esperanza de ello (lo cual no es poco). Es más, la conexión entre los fenómenos se trastoca: ya no se trata de que por ser de clase media “para arriba” te podes comprar las zapas Nike con cámara de aire a lo Michael Jordan, sino que por tenerlas ahora podes sentirte incluido como si fueras parte de esa clase media “bien”. Incluso haríamos bien si aplicáramos el mismo razonamiento para esa clase media real ¿Comprarse las zapatillas con cámara de aire no es un poco como sentirse Michael Jordan? ¿No son los 90´ el momento en que empieza a generalizarse el uso de vestimenta deportiva de clubes de fútbol, gorras de baseball, en la vida cotidiana? Claro, las marcas visten a los equipos y por reflejo, te terminan vistiendo a vos también. Dicho sea de paso ¿nadie se dio cuenta que en vez de pagarles a las marcas por sus calzados ellas tendrían que pagarnos a nosotrxs por hacerles publicidad? Parece loco pero si vemos por la calle un auto que tiene todo el capó cubierto de una publicidad, probablemente pensemos que el dueñx está publicitando una empresa de su propiedad (típica: fumigadores) o que la marca le paga por ello. Un ejemplo menos raro: las publis en los colectivos. Lo que no haríamos con nuestras mercancías (el auto es LA mercancía por excelencia) a menos que nos paguen, lo hacemos gratis con nuestros cuerpos. Gratis no: pagamos por hacerles publicidad a las marcas. Aunque esto viene transformándose lentamente. Un ejemplo: la calcomanía del símbolo de Apple en el vidrio de atrás de los autos ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de esa persona para poner esa calcomanía? Cualquier coincidencia con los cacerolazos defendiendo a Vicentín, es pura casualidad…

Retomo: al consumo como forma de inclusión -y esto sí viene desarrollándose desde, y en parte gracias al peronismo histórico-, se le agrega a partir de los 90´, el consumo como status. Es cierto que el status ya era un componente del consumo desde antes pero es evidente que a partir de dicha década la cosa pega un salto cualitativo. En conclusión, se puede llegar a vislumbrar un elemento disruptivo en el menemismo, una inclusión como aspiración y status. Medio caricaturesco si se quiere, pero no por eso menos real.

Soy de los que piensan que el kirchnerismo puede y debe ser dividido en dos etapas. Para el tema que nos interesa, el año divisorio sería el 2008, o el gobierno de Néstor por un lado y los gobiernos de Cristina por el otro. Es innegable que el primer gobierno Kirchnerista implicó una mejora en las condiciones de vida: aumento del empleo y salarios, convenciones colectivas de trabajo, etcétera. Ahora, si lo comparamos con los primeros dos gobiernos peronistas (especialmente el primero), al menos en este punto no se puede señalar equivalencia alguna. Y justamente, esto deviene en parte a que el elemento disruptivo no puede ser relacionado con el aspecto inclusivo. La inclusión social fue un hecho real pero no por eso disruptivo. Probablemente, la figura de un Néstor Kirchner de saco desabrochado y antiprotocolar tenga un mérito simbólicamente disruptivo. Mucho más importante es cuando le pide al titular del ejército que baje los cuadros de Videla y Bignone, la derogación de las leyes de punto final y obediencia debida y el notable impulso a las causas de lesa humanidad. Aunque aún dentro del terreno de lo simbólico (pero bordeando lo material), estos últimos tres puntos adquieren un nivel de trascendencia importante porque implicaron una disrupción frente a lo que hasta ese momento había implicado la democracia post-dictatorial. A lo dicho, se le puede agregar el NO al ALCA, suceso material y simbólico de envergadura, mas no necesariamente disruptivo. En algún punto, el NO al ALCA se montó sobre los procesos previos de movilización popular durante el desarrollo y desenvolvimiento de la denominada crisis del 2001. Para ilustrar el punto, la falta de obviedad de la disrupción, el hecho de que merezca un análisis más detenido, prueba su debilidad. Con los gobiernos de Cristina, la cosa ya toma otro cantar. Es evidente que, sea por reactividad, atrevimiento o real intención, sus dos gobiernos implicaron una confrontación con el poder económico y, especialmente, con sus representantes mediáticos. Y esto tanto en el orden de lo material como de lo simbólico. Este enfrentamiento resulta una novedad desde el regreso a la democracia, e inclusive, respecto a los primeros gobiernos peronistas. El antagonista del primer peronismo era la oligarquía, un sujeto que venía bastante maltrecho desde la década del 30´. Con Néstor Kirchner, el antagonista era el capital financiero acreedor (y no sus coequiper´s fronteras adentro). Con Cristina, la sucesión de conflictos comienza con el traspié de la 125, continúa con la estatización de las AFJP, la ley de medios y la compra del 51% del paquete accionario de YPF. Lo dicho no invalida las dificultades en la captación de los proyectos, intereses y verdaderos objetivos de estos dos gobiernos –temas que exceden las intenciones de este escrito-. En conclusión se trata de un factor disruptivo trascendental que, no obstante, carece del factor plebeyo e inclusivo del peronismo histórico. Es cierto que, durante estos procesos se reabre el espacio político, crece el interés y la militancia política. Pero en la comparación con el peronismo histórico el hecho más concluyente es que, mientras en un caso se produce un golpe de Estado que derroca al gobierno e instaura una dictadura con interludios “democráticos” (principal partido proscripto y su líder exiliado), en el otro gana las elecciones -por primera vez en la historia- una coalición de corte netamente derechista. Y que el candidato del oficialismo haya sido Scioli, lejos de ser un aliciente, es parte de la argumentación. En esta instancia de análisis, suele surgir el argumento del Lawfare, Nisman, el poder mediático sobre la conformación de las subjetividades, entre otros. Pero, nuevamente, se trata de argumentaciones válidas en la medida en que tienen su peso sobre lo real, pero falsas en cuanto no hacen más que mostrar la naturaleza trunca del ejercicio disruptivo kirchnerista. Si el peso de lo mediático, de la denuncia judicial tiene tal trascendencia es por que opera sobre una base. Ergo, no es trascendente. A veces se comenta cómo con la libertadora, sus medios afines denunciaban la supuesta corrupción del gobierno peronista y la equivalencia entre esto y lo ocurrido con los medios durante y luego de los años de gobiernos kirchneristas. Pero, la aparente igualdad, esconde la diferencia cualitativa entre ambos momentos. Si hiciéramos el ejercicio hipotético de ponernos en la cabeza de los sectores populares post golpe del 55´, probablemente las condenas en la justicia, las denuncias de corrupción o el papel de la prensa, hubiesen sido interpretadas como lo que efectivamente eran: condenas de una justicia que no era su justicia, denuncias de actorxs políticos-sociales antagonistas, escritos de la prensa que no eran su prensa. Este es de hecho, una de los “accesos” posibles a la explicación del fenómeno de la resistencia peronista. La pregunta que subyace es por qué fue posible en aquel momento y no en este. La respuesta pasa nuevamente por el concepto de inclusión y por lo que él mismo lleva implícito. Es decir, por qué la inclusión fue disruptiva en el primer momento y no disruptiva en la experiencia kirchnerista. Otra forma de observar lo mismo: el peronismo histórico no se apoya sobre ningún antecedente histórico previo. Ciertamente, relee la historia nacional, rescata la figura de Rosas y San Martín pero, al menos en este punto, no hay mucho más que agregar. El kirchnerismo, en cambio, encuentra su marco de referencia en aquel peronismo. En este sentido, en lo que a la inclusión se refiere, funciona como una vuelta de tuerca, una reedición después de la última dictadura y la democracia neoliberal. Paradójicamente, el “éxito” inclusivo del primer peronismo aparece 60 años después con la llegada al gobierno de la alianza Cambiemos. En definitiva, el elemento que permite explicar la trascendencia del peronismo en la historia argentina del siglo XX, es su proceso inclusivo trunco. Esto es lo que explica el regreso de Perón en el 73´: detrás de la burocracia sindical y “el peronismo sin Perón”, del coqueteo de líderes peronistas con dictadores o presidentes elegidos “democráticamente”, había un pueblo que se sentía excluido. Y aquí reside la radical diferencia con los procesos kirchneristas. Entiéndase bien, no se trata de un juicio valorativo, no se pretende invocar al “tribunal de la historia” para juzgar las capacidades y debilidades de lxs actorxs y personajes históricos. Lo que está detrás de todo es, en definitiva, un proceso de trasnacionalización del capital entendiendo a este último como LA relación social estructurante del conjunto social, que se desarrolla a lo largo de la historia, observándose una creciente mercantilización de los diversos aspectos de la vida social, de los cuales la esfera de consumo es un punto importante. Y me refiero a esta esfera, porque es el punto de contacto “natural” entre peronismo, kirchnerismo y capitalismo. En este sentido, se podría pensar que en el 2015, la tarea iniciada por el peronismo de inclusión social a través del consumo -entendido en un sentido amplio- había sido finiquitada. Y en esto, el kirchnerismo y, especialmente, el menemismo, tuvieron un desempeño “notable”.

Es importante retener que el ejercicio “mide” la historia en cuanto a su capacidad disruptiva, lo cual no es exactamente lo mismo que medirla en función de su importancia o trascendencia. Por ejemplo, nadie puede dejar de ver la importancia de la asignación universal pero, al mismo tiempo, es necesario recordar que es una iniciativa que retoma la posición que en algún momento tuvo la versión “progre” de Elisa Carrió e, inclusive, se trata de un instrumento originariamente pensado por el Banco Mundial. Ciertamente, algunos podrían hacer una analogía con los proyectos presentados por las distintas versiones del PS previas al 45´ y los derechos sociales y laborales que se consagraron en los primeros dos gobiernos de Perón. Pero, nuevamente, la aparente similitud escondería la diferencial característica entre ambos procesos. Aún suponiendo una significación similar en el orden material entre ambos procesos históricos (cosa bastante polémica y dudosa), el elemento que los diferencia va más allá de este nivel: una cosa es que el Estado te garantice una asignación y otra ser un trabajador sindicalizado, con un buen sueldo, con representación gremial de base, con vacaciones y aguinaldo; en definitiva, con un sustrato real desde donde se pueda proyectar la máxima del “orgullo del trabajador”.

En la novela de Soriano, publicada en 1978, No habrá más penas ni olvidos, el autor le hace decir a uno de los personajes de la novela “Si yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. Claro, podría ser la frase de un loco o un mero desajuste del autor con la realidad. Sin embargo, la celebridad de la frase demuestra que captaba algo de lo que sucedía en aquel 1973. La pregunta es ¿hoy podríamos decir lo mismo? Habría que cambiar la frase a algo como esto: “Si yo nunca me metí en política, siempre fui honesto”, lo cual denota el cambio en la cosmovisión popular, como si en toda esa época la identidad peronista hubiese sido lo permanente (en el medio de golpes de Estado, Perón exiliado e inclusive la prohibición de nombrarlo), una identidad que ocasionalmente se “derramaba” sobre lo económico, lo cultural o lo político pero que era mucho más que eso.

Es claro entonces cómo las distintas experiencias peronistas tienen siempre un elemento disruptivo. A su vez, la trascendencia de este elemento parece ir menguando con el devenir histórico. Esto se vuelve más patente cuando indagamos en algunos “hitos” legislativos ocurridos durante la experiencia kirchnerista. Matrimonio igualitario, asignación universal, ley de medios, entre otras. Todas leyes que podrían ser incluidas dentro de un abanico “progresista” y social-demócrata. Podemos diferir en nuestras opiniones sobre el llamado “progresismo”, pero seguramente a nadie se le ocurriría entender sus reivindicaciones como “disruptivas”. Se ancla más bien, en la lógica de reforma. Antitético con lo “intenso”, “abrupto” o “revolucionario”. En definitiva, podemos englobar a lo progresivo como aquello que está dentro de un discurso de izquierda pero que no avanza más allá del límite de lo “políticamente correcto” (=Página 12). Claro, lo dicho se conecta con un fenómeno propiamente de nuestra época, donde la izquierda y centro-izquierda intentan ganar posiciones sin correrse del amperímetro de lo políticamente correcto -sobre todo, cuidándose de que las puedan acusar de tal cosa- dejando este recurso vacante para la derecha más o menos fascista (Trump, Bolsonaro). Y esto no solo vale para las experiencias kirchneristas o del PT en Brasil, sino también para la autodenominada izquierda “trotskista” que, más allá de pretender la abolición privada de los medios de producción, cuando va a la tele opina sobre la necesidad de imponerles impuestos a los ricos, prohibir los despidos por ley y pedir el enjuiciamiento y condena a las fuerzas de seguridad responsables de la muerte de Luciano Arruga, Maldonado y el pobre pibx pobre con el que se desquitan mensual o semanalmente. Esto es clave para entender qué es lo disruptivo: además de un contenido anti-sistema, anti-status quo, tiene que ser una forma anti-sistema, anti-status quo. Y en la forma, está el punto fuerte de la extrema derecha. Cuando vemos a un personaje como Trump, gobernando por Twitter, con ese jopo rubio ridículo y desagradable, vemos un “elemento” fuera de lo políticamente correcto. Es más, es justamente eso lo que le da el carácter ridículo y desagradable, hasta el punto en que vale la pena hacer el esfuerzo de pensar qué es lo que nos molesta más: su carácter fachistoide o su bizarrez.       

Llegamos, después de varias vueltas, a la actualidad. Vale preguntarse aquí, cuál es o en dónde reside el elemento disruptivo del gobierno de Alberto Fernández. Nuevamente, el hecho de que no sea una pregunta con una respuesta obvia, un casillero difícil de llenar, ya nos está “diciendo” mucho. Más si tenemos en cuenta la situación inédita de pandemia que estamos atravesando, porque si existe algún momento propicio para iniciar el proceso de trastocamiento de lo políticamente correcto, de introducir un elemento disruptivo -aunque sea con una intención meramente inclusiva- que contribuya a reformular la “normalidad”, no se me ocurre uno más propicio que este. En una de sus conferencias de prensa (4/6) donde el presidente extendió por 21 días la cuarentena, en la ronda de preguntas un periodista interrogó sobre la situación del impuesto a la riqueza-que parece que está viniendo en carreta desde el alto Perú-. El presidente le contestó que es un asunto del Congreso agregando, “por si las moscas”, que no es un impuesto sino una contribución extraordinaria y por única vez. A su vez, apareció en agenda ¿la intervención?, ¿el proyecto de ley de expropiación? de Vicentín. Algunos pensamos que este podría haber sido el primer elemento disruptivo del gobierno de Fernández, a pesar de Fernández. No obstante, el tiempo parece indicar que, al calor de los medios hegemónicos y del 20% de la población que se atribuye la representación del conjunto social, el presidente llegó a la conclusión de la impopularidad de la medida. Va a ser difícil que el poder real de la Argentina no le imponga la agenda, lo que es popular y lo que es impopular, si entiende que Clarín y La Nación son un buen parámetro de conocimiento de la “voz de la calle” (Capusotto dixit), de la mayoría “silenciosa”.

Pareciera que el plan moderado alfonsinista del gobierno todo el tiempo se le vuelve cada vez más inviable ¿Coronavirus mediante? En verdad, el coronavirus acelera un proceso o, más bien, una encrucijada, que de todas formas hubiese llegado. Pero la velocidad es un factor disruptivo en sí mismo, su contenido de anormalidad es el alimento impensado del cual un gobierno lleno de contradicciones no tiene otro remedio más que alimentarse. Y como bien solían repetirnos nuestros sadres, somos lo que comemos.

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