ilustraciones: Leonardo Fusaro https://www.instagram.com/animafusa1985/

El argumento es un no argumento. Jerry, Elaine, George y Kramer se dirigen a buscar su auto en el estacionamiento del shopping luego de comprar un aire acondicionado. No lo encuentran, no saben en qué parte estacionaron.

La cosa arranca con los personajes bajando por la escalera hacia el estacionamiento. Consiguieron el último aire acondicionado en venta. Escena “familiar” vintage de sábado de compras bien ‘90 de aburrimiento agobiante que Jerry se ocupa de verbalizar —abriéndole paso a ese niño interior perdido en la memoria—. 

Como suele pasar en “Seinfeld”, el espacio es un eslabón clave del capítulo y los que somos parte del club de los “seinfeldianos” ya conocemos la ecuación “a mayor estatismo espacial, mejor capítulo por observar”. Voy a hacer honor al episodio y me voy a poner denso. En lo que se refiere a la trama y la sucesión de hechos, si no lo vieron o no lo recuerdan, ni se preocupen.

George nos recuerda la insoportable sensación de la vida social: siempre hay que ir a algún lugar, cumplir con algún mandato/vínculo social. Y siempre es tarde y estás apurado y hay tráfico.

Kramer es quien carga el aire acondicionado. Su notable capacidad de expresividad mediante gestos y movimientos viene como anillo al dedo para recordarnos la exasperante carga incómoda que llevamos con nosotres (o en nosotres).

Elaine aporta el elemento ridículo de tener un pez en una bolsa. Se podría decir que nos lo va a enrostrar en la cara durante todo el capítulo.

Se trata de un espacio exasperante y agobiante.

Jerry le señala una mujer atractiva a George quien le recrimina la acción. No por tratarse de una actitud sexista—políticamente correctos absténgase de esta serie— sino por mostrarle algo a lo que él jamás va a poder acceder. Podríamos quedarnos con la lógica de la mujer/mercancía, pero este diálogo aporta algo muchísimo más interesante. Qué sería de nuestra cultura y de nuestra sociedad si cada vez que alguien o algo nos señala un objeto claramente inalcanzable tuviésemos la misma reacción que George. Recuerdo en mi adolescencia alguna vacación paseando en auto con mi familia por alguna de esas localidades (¿Cariló? ¿San Ignacio?) que para el 95% de la población son como una galería que —por si acaso— nos recuerda que esas casas majestuosas con paisajes, piscinas y comodidades ridículamente aristocráticas no están solamente en la tele. Mi comentario fue “No entiendo para qué vemos casas que jamás vamos a poder tener”. Lo que se dice un pibe positivo. La respuesta era “soñar no te cuesta nada”. Bien visto, ambas partes tenían razón porque mi argumento, aunque fuera cierto, en su esqueleto tenía algo reaccionario: no sueñes. No “algo que no vas a poder alcanzar”, no sueñes a secas. Porque de eso se trata soñar, sino sería una intención o una perspectiva a futuro. Soñar es buscar algo irrealizable y qué sería de la vida si no existiese el sueño. Por otro lado, si el sueño consiste en poseer y acumular mercancías, es evidente que se trata del algo ideológicamente impuesto, un sueño que nace muerto. En definitiva, habría que negar los sueños, permanecer una temporada en la nada y recién ahí crear unos nuevos (que, por fuerza, deben ser colectivos e individuales a la vez).

No es casual que ninguno recuerde dónde estacionaron el auto, es el típico relajamiento grupal onda “Alguien seguro presta atención. Tengo suficientes cosas en la mente, que se encargue otro”. Un típico condimento del mundo neoliberal. En vez de observar que lo que sucede a nivel colectivo nos va a determinar a todes, que nuestros planes y neurosis cotidianas penden del hilo de lo social, lo experimentamos al revés. Y no es una crítica moral. Lo experimentamos al revés porque, efectivamente, lo que se nos aparece como “social” toma la forma de imposición, “algo que hay que hacer”. Lo individual aparece como el espacio de libertad del compromiso social. El truco pasa por el oscurecimiento práctico de que lo que se nos manifiesta como la contradicción individuo-sociedad es, justamente, una invención social. Y esto no se resuelve con conciencia, porque en la práctica inevitablemente lo vamos a seguir viviendo así. La sociedad como instrumento inevitable, algo que necesitamos atravesar para tener un aire acondicionado en casa.

“¡Hay ascensores por todos lados! ¡Todo parece igual! Somos como ratas en algún experimento.” Exclama George.

El estacionamiento de un shopping: gris cemento, con señalizaciones sin ningún tipo de atractivo (A6 o B5), una estructura pura sin adornos ni revestimientos. Repaso la descripción y me imagino un mercado de la antigua Unión Soviética. Si, por un lado, es el exacto reverso de lo que entendemos como Shopping, por el otro, la contradicción no es externa: el lado “ruso” es la estructura del lado “yanqui”, el necesario e inmanente reverso de la moneda. Excluyendo a LA mercancía auto (depositada en el garaje), es un lugar donde no se nos ofrece nada, donde no hay packaging, ofertas, colores, música de ambiente, fuentes con chorros de agua con pretensiones. Un espacio neutro, no sabemos si es de día o de noche, todo es igual de indiferente y áspero. Lo notable es que el hecho de ser un tiempo-espacio abstracto también es una característica del lado A, de lo que se nos viene a la cabeza cuando decimos “Shopping”. En este sentido, un centro comercial observa la misma lógica que esos all inclusive perdidos en un pequeño país caribeño y pobre, un lugar a donde vamos porque nos cansamos del mundo-concepto, nos chupa un huevo el país en donde caímos, queremos exiliarnos de la realidad, morfar y chupar todo el puto día hasta que nos aburramos de estar aburridos. Un descanso, no de vivir, sino de la vida misma. Un “avance” sobre la fantasía implícita en el shopping, cumple un poco con el deseo infantil de esconderse dentro de uno de estos edificios y quedarse una noche dándole rienda suelta a la satisfacción de nuestra pasión consumista “al infinito y más allá”.

Es que el Shopping es el packaging, una invitación al fascinante mundo sensorial de las mercancías, como si pudiésemos encogernos y compartir su densidad de brillo crujiente.

Por todo esto, perderse y perder el auto en el estacionamiento, puede ser una experiencia tan aterrorizante: es el encuentro con la realidad que todes queremos evitar.

Jerry viene reteniendo la orina con el “diablo” Kramer instándolo a que evacúe detrás de un auto, retiene porque sabe que retenerse es una norma social básica. George no se retiene y al ver a una madre maltratando a su hijo decide intervenir. No solamente logra una discusión esperable, sino que el niño le diga que es feo. Se trata de un buen indicativo de lo que pasa cuando cruzás la barrera del otre. Elaine encuentra pura indiferencia y evasivas al pedirle a un par de personas que les lleven en su coche a recorrer el estacionamiento en busca del auto: la norma social es la no sociabilidad, “el otro” es un competidor, un instrumento o una amenaza. No hay otra opción.

El espacio se ensancha con la vejiga de Jerry. Agotado, decide evacuar, lo cacha un poli. Observemos la estructura: una necesidad básica insastisfecha e impostergable experimentada en el espacio de la nada-reverso del packaging mercancía y ahí aparece la policía para sancionarte por haber meado o por haber comido o por haber robado para comer o por…

Nuestros queridos personajes están experimentando la soledad de la visión, quedan atrapados en un espacio que se supone es para estar de paso, pero a medida en que lo experimentan, sufren porque en él no puede dejar de aflorar la revisión crítica de la realidad.

La mentira de la afección urinaria de Jerry genera nulo efecto en el cana. No porque no la crea —eso está fuera de su jurisdicción— sino porque lo único que le importa es la violación a la norma básica sanitaria del establecimiento comercial. Como en cualquier lógica burocrática, él está personificando al policía, la subjetividad la guardó en el locker junto con la ropa de civil.

Elaine sigue en la búsqueda de alguien que se apiade y la deje subir en su auto para buscar el auto perdido y a Jerry —desconocen que fue retenido por no retener—.

  • Cinco minutos nada más. Sólo quiero encontrarlo.
  • No puedo hacerlo.
  • Pero ¿por qué?
  • No puedo
  • Eso no es una razón. “No puedo”. Simplemente no quiere.
  • Exacto.
  • ¿Pero por qué no quiere?
  • No lo sé.
  • ¿No le daría satisfacción ayudar a alguien?
  • No

Respuestas veraces que, no obstante, no logran contestar la pregunta. En realidad, nadie sabe por qué no puede/quiere ayudar. Nadie entiende por qué un otre osa pedirle que él/ella se haga cargo de un problema que no le concierne. Para este hipotético él/ella, lo exterior (cosas y personas) son elementos que se le aparecen dentro de una ruta preconcebida mentalmente que tiene objetivos concretos. Lo externo funciona como medio u obstáculo bajo la lógica de una racionalidad técnica impuesta por fuera del espacio concreto donde se va a explayar. Lo loco es que el hecho de experimentar estos objetivos como individuales, propios y autotrazados no les quita su carácter social. No sólo por inconcebibles fuera de una sociedad sino porque constituyen el todo social: comprar un aire acondicionado no responde solamente a una necesidad individual de su potencial consumidor. Aunque el sujeto consumidor lo experimente de esa forma, se trata de una necesidad construida socialmente a la vez que implica una interacción con múltiples otrxs que han dejado sus rastros de trabajo en la mercancía y también es conocimiento social y colectivo cristalizado en el producto. De alguna manera lo social se desdobla en lo “individual” y lo “social” (en un movimiento análogo a lo que pasa con lo “público” y lo “privado”). Cuando experimentamos el mundo como cosas, logramos nuestra “libertad” individual. Cuando el “mundo” nos experimenta a nosotres como cosas, ahí empezamos a sentir el peso de la sociedad sobre nuestros hombros. Por aquí pastorea la típica tensión neoliberal al interior de nuestras conciencias.

Algo de esto percibe Elaine al preguntarle a su interlocutor si no le generaría alguna satisfacción ayudar. Exactamente lo que más adelante empezaron a hacer cadenas como Starbucks, Farmacity o los supermercados (te preguntan si querés donar el vuelto para alguna causa “noble”). El slogan sería “consumí y en el mismo acto colaborá con que este mundo de mierda sea un granito mejor” —lógica de la responsabilidad individual al palo—. Claro que no es lo mismo que esto te lo plantee una desconocida a que lo hagan los principales oligopolios de producción y comercialización de medicamentos o productos alimenticios.

El “no lo sé” respecto a la pregunta “¿por qué no quiere ayudar?” es perfecta porque lo dice todo: significa simplemente que esta situación atípica de alguien pidiendo ayuda a secas, está por fuera del marco cognitivo con el cual los hechos pueden ser interpretados.

Toda la resaca neoliberal acumulada en el estacionamiento de un shopping.

Cuando finalmente encuentran a alguien que se cope con llevarles por el estacionamiento se trata de la mujer atractiva del principio del capítulo. Será ella el alma piadosa que acepte ayudarles. En un giro que nos recuerda a los evangelistas tocando el timbre de nuestras casas un sábado a la mañana, la incomprensión de la distinción entre los temas que hacen a una conversación “de ascensor” de los que no, hace que George bardee a la iglesia de la cienciología enterándose en ese momento que este ser caritativo es un miembro activo de ese culto. Ergo, son rápidamente expulsados del automóvil.

Nótese que la motivación de George en pedir ayuda rebalsa el objetivo grupal, hay un interés individual y específico por la mujer en cuestión. A su vez, no queda claro cuál es el factor que hace que ella diga que sí: ser parte de un culto religioso o sentirse atraída por George o ambas. De una u otra forma, como empezaba a intuir Elaine, hacía falta encontrar un resorte de interés individual para conseguir la ayuda. Pero no sólo en cuanto al “ayudador” sino también respecto al demandante de ayuda. Así se rompe la incomprensión cognitiva y se logra establecer un diálogo donde, bajo la misma lógica que la de una interacción comercial, cada uno responde a su propia necesidad que, para realizarse, ahora requiere de un sujeto concreto y específico. El pedido abstracto de ayuda se diluye dejándole lugar a un interés concreto e individual. Que George desee este objeto en específico (la mujer) hace que la mujer responda afirmativamente: el deseo primordial es sentirse deseado.

Jerry y George —una vez afuera de la oficina del personal de seguridad— observan un Mercedes Benz que fue estacionado ocupando dos lugares. George, en otro de sus comentarios corrosivos señala:

No tiene suficiente con el Mercedes, sino que además tiene que ocupar dos lugares

Acá se pone en juego la igualdad y cómo, en verdad, tener un Mercedes, un Audi o un BMW y usarlo para ir de compras, es una forma de mostrarse distinto y superior. Mercancía, status y poder en el espacio desértico de la democracia formal. Otro de los tips de la cultura neoliberal.

Los personajes son tomados por el espacio, la trama encuentra la forma de darle verosimilitud a la situación anormal de estar un par de horas en un estacionamiento observando y, ocasionalmente, intentando interactuar. Y lo que ven no es otra cosa que a ellxs mismos, la crítica es, antes que nada, una dolorosa autocrítica. Como señalaba George, es como un experimento donde mediante la experimentación del reverso del mundo de las mercancías, se encuentran con el reverso de sus subjetividades, una especie de espejo deformador y deforme.

El capítulo se cierra con el stand up de Jerry señalando la posible solución para obturar la posibilidad de perder el auto en el estacionamiento. La clave pasa por llenar de sentido los códigos que indican dónde dejaste el auto de manera de poder recordarlos. En vez del sector púrpura A1, nombrarlo “tu mamá es una prostituta” o “tu papá es un alcohólico”. La idea es buena porque rompe con la lógica de los bastidores detrás del escenario, la parte de atrás que sostiene los ensamblados brillosos y decorados de las góndolas del shopping. Es mucho más probable acordarte lo que compraste que del precio de cada cosa, la compra (el precio) es experimentada como el medio para lograr el objetivo de la posesión (satisfacer el deseo) de la mercancía en cuestión. Para recordar se necesita un sentido, sin valor de uso no hay valor.

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