Yo nunca tuve madre. En realidad, sí tuve madre; todo el mundo tiene madre; es casi una quintaesencia de todo lo vivo el hecho de provenir de algún lado, de encontrar una causa material a su condición de ser viviente. Pero yo nunca viví con mi madre. Incluso no tengo recuerdos de mi infancia en los que participe mi madre. Apenas conozco su rostro por dos fotos que mi padre me mostró cuando yo tenía unos diez o doce años. Él nunca quiso mentirme ni ocultarme nada sobre mi madre, así que desde muy chico yo sé que la encantadora mujer que me crió a su lado no es mi madre, y que mi verdadera madre era una persona muy particular y que era imposible de localizar ya que nunca se instalaba en ningún lugar y se la pasaba viajando de un lado a otro como si estuviera escapando de algo.

A pocos meses de haber cumplido dieciocho años, volví de la universidad un mediodía y le pedí a mi padre que me cuente todo lo que sabía de ella. Recuerdo como si fuera una foto su gesto contrariado de sorpresa y malestar, pero en el fondo, sus ojos delataban cierta conciencia de que algún día llegaría ese momento. Él era profesor de Historia en colegios secundarios, y en aquellos tiempos trabajaba a la mañana en un colegio y a la tarde en otro, por lo que almorzabamos juntos y en seguida salía a las apuradas. Ese día no se lo veía más apurado que de costumbre, por lo que siempre sospeché que quiso ganar tiempo cuando me dijo que hablaríamos a su vuelta porque ya tenía que irse.

Mi madre nació en el año 1938 en la misma ciudad que yo: Montevideo. En palabras de mi padre era una “poetisa compulsiva” que se la pasaba escribiendo en todo papel o servilleta que encontraba. Escribía poesías o jugaba con las palabras formando palíndromos, anagramas y hasta lenguajes inventados; y en sus “tiempos libres” dictaba clases de literatura en distintos liceos, aunque por su inconstancia no pasaba mucho tiempo entre que tomaba el trabajo y dejaba de ir. En uno de sus cortos pasos por el liceo francés del barrio del Buceo conoció a mi padre. Se enamoraron y se fueron a vivir juntos a una pequeña casa a pocos metros de la esquina de San Salvador y Magallanes en el barrio Palermo, en donde solo un año después nací yo.

Con casi ocho meses de embarazo, mi madre se agitaba por la empinada calle que los traía de vuelta de su paseo vespertino por la rambla montevideana, mientras mi padre recitaba nombres de varón para ponerme a mi, hasta que la poca luz de la caída del sol iluminó ante los ojos de mi madre el cartel de la calle San Salvador. Y así fue que, por su afición a la poesía salvadoreña y en especial a un poeta joven de aquel entonces, esa misma tarde decidieron mi nombre: Roque Salvador Arriaga.

Su nombre era todo un tema aparte. Mi padre la conoció como Azucena Loretti, pero según pudo averiguar, su familia era de origen francés, y a lo largo del tiempo encontró firmas con al menos dos nombres distintos: Ana Lozano y Andrea Lutero.

En 1961, yo tenía unos tres años cuando mi madre se fue de aquella casa de San Salvador y Magallanes, sin avisar y sin decir a dónde se iba. Una tarde al volver conmigo de un paseo, mi padre encontró sobre la mesa del comedor una nota que decía:

“Me voy. Lo lamento mucho pero no puedo quedarme.

Los ama siempre:

A.L.”

Tristeza, frustración, angustia y miedo, fueron las primeras sensaciones que mi padre tuvo, pero enseguida se sumaron la furia, el odio y la incredulidad. Cómo podía tener la desfachatez de decir que nos amaba mientras decidía abandonarnos. Quería encontrarla y exponer su descaro con toda la ira de sus palabras. Pero también quería rogarle que vuelva, que la amaba y que le daba mucho miedo seguir sin ella.

Durante una búsqueda insólita que llevó algunos meses, mi padre encontró la pista de que quizás ella se había ido a Buenos Aires. Al parecer, una revista de poesía de la capital porteña llamada “Rincones” había publicado un poema firmado por una tal Ana Lozano, y mi padre consiguió telefonear al que figuraba como director editorial, quien le dijo que no tenía mucho contacto con los que publicaban y que de ella sólo sabía que era una uruguaya amiga de un joven conocido suyo que los había contactado, un tal Alejo Sancho a quien mi padre también intentó contactar pero nunca lo consiguió. Sin intención de quedarse con eso, a los pocos días, mi padre y yo viajamos a Buenos Aires, ciudad en la que nos instalamos y allí vivimos hasta los días en que escribo estas palabras. Mi padre había nacido en Buenos Aires, y en Uruguay estaba solo y sobrepasado por las tareas que requiere el cuidado de un niño pequeño. La poca familia que aún le quedaba vivía en la capital argentina, en especial mi tía Elena, con quien yo me quedaba mientras él se iba a trabajar, o mientras continuaba con la búsqueda de esa mujer que aún amaba pero que nos había abandonado, llevando consigo una serie de respuestas a interrogantes que mi padre anhelaba conseguir.

Sin embargo, pasaron varios meses hasta que mi padre dió con otra pista. Se trataba de la dirección del trabajo de ese tal Alejo Sancho, un joven estudiante porteño que se ganaba el mango atendiendo una pequeña librería de viejo en el barrio de Constitución.

Una tarde, después de salir de uno de los colegios en que había conseguido vacantes para dar clases, mi padre se acercó hasta la librería y se encontró con Alejo Sancho. Era un muchacho bien arreglado aunque con una barba desprolija, morrudo y de mirada triste pero que, sin embargo, sonrió con espontaneidad cuando mi padre le contó de qué se trataba aquella extraña visita ya que, al parecer, Alejo sentía cierto apego maternal respecto de mi enigmática madre. Allí mi padre pudo sostener el ejemplar de la revista y leer con sus propios ojos el poema publicado:

“NUESTROS DÍAS

Qué tan bellos fueron aquellos días

muy

qué tan sórdidos fueron aquellos días

muy

sin fin ni final vimos el alba desde el arenoso balcón

con la llanura azul de las olas en el firmamento

con tus ojos en los míos augurando el dolor

de una dicha fugaz llena de remordimiento

qué tan bellos fueron aquellos días

muy

qué tan sórdidos fueron aquellos días

muy

bajo una epístola interminable de miradas

la gracia del decir un futuro

que agujerea como balas

de tristezas y carcajadas

qué tan bellos fueron aquellos días

muy

qué tan sórdidos fueron aquellos días

muy

pero fueron nuestros aquellos días.

Ana Lozano”

– El poema lo firmó como Ana Lozano, pero ese es un seudónimo… imagino que usted ya sabe su nombre.- dijo Alejo mientras le extendía un ejemplar de la revista a mi padre que, aunque sí sabía que ese no era su verdadero nombre, no podía estar seguro de lo que aquel muchacho le diría a continuación.

-Sí, Azucena Loretti.-replicó mi padre atento a la reacción de Alejo.

-Bueno, en realidad, nunca escuché ese nombre. Ella se presentó como Andrea Lutero.-dijo el muchacho mientras la sonrisa se desdibujaba de su rostro como si estuviera decepcionado por descubrir un atisbo de falsedad en aquella mujer con quien, al parecer, se había encariñado.

-Pero bueno, supongo que tiene muchos nombres…- agregó el joven con una sonrisa nerviosa.

-Y, ¿sabés dónde puedo ubicarla?- continuó mi padre.

– No realmente, no. Quiero decir, ella vivía en un departamento por el centro, en la calle Alsina. Pero sé que hace unos días tenía pensado viajar a México.

Sin demorarse, mi padre se despidió del muchacho agradeciendole por su tiempo y le dejó su número de teléfono para que lo contacte en caso de saber algo, y esa misma tarde fue hasta el departamento de la calle Alsina, pero allí sólo encontró a un nuevo inquilino, quien nada sabía sobre sus predecesores.

El tiempo pasó y poco a poco mi padre se fue resignando a seguir adelante con una vida que se había suspendido y con la crianza de un hijo que no podía seguir esperando el retorno de aquella mujer que los había abandonado. Sin embargo, aunque en lo cotidiano se fue disipando la figura de mi madre, la pregunta del por qué ella había tomado esa decisión, seguía acosando el pensamiento de mi padre. Se habían conocido sólo dos años antes de que yo naciera, por lo que tampoco tenían tantas vivencias juntos de donde él pudiera extraer conclusiones o indicios que dieran algún tipo de contexto justificativo al accionar de mi madre. En palabras de mi padre: “una cierta tendencia obsesiva, o un manierismo cotidiano, a veces con rasgos paranoides, que por momentos volvía su existencia demasiado espesa”, era lo único que podría dar razonamiento a cierto malestar respecto de una forma de vida que ya no pudo soportar y que intentó resolver con la torpeza de una huida, dejando a mi padre y a mi como víctimas de vaya a saber qué fantasmas que parecían perseguirla. De todos modos, solo se trataba de una hipótesis o una sospecha que mi padre utilizaba para llenar el vacío de sentido que la huida de mi madre provocaba y que día a día lo perturbaba.

Casi cinco años después de habernos mudado a Buenos Aires, mi padre recibió una llamada. Era Alejo Sancho. De algún modo había llegado a sus manos un ejemplar de la revista mexicana de poesía Herejías diurnas. Mi padre, que para entonces ya había desistido de aquella búsqueda indigna, recobró todo el entusiasmo y las ansias por retomarla cuando oyó que la voz de Alejo al otro lado del teléfono le decía que en la página dieciséis figuraba un poema firmado por Azucena Loretti:

“OBERTURA

Lastre de pestañas te niegan la aurora

el camino sinuoso de la desesperanza

jardines de palmas que cubren tu cara

¡Oh! qué horrible calma

la que primero ríe y luego llora.

jazmín en flor te espera

la brisa de un día

que será el mejor de la vida

no habrá hoy

si no hay mañana

será el río dulce

de tu quijada

¡Oh! qué horrible calma

la de tu madrugada.

Azucena Loretti.”

Tal vez no era su verdadero nombre, pero ya no se trataba de algún seudónimo cualquiera, era el nombre con el que mi padre la había conocido.

Apenas un mes después, en Marzo o Abril de 1967, mi padre y yo estuvimos algunas semanas en la Ciudad de México.

No son muchas las cosas que recuerdo de aquellos días, ya que tan solo tenía unos nueve años cuando volé por primera vez en avión y aterricé sobre esa abrumadora ciudad. Pero con el relato de mi padre algunas de las imágenes que mi memoria acumulaba se fueron volviendo más nítidas. Recuerdo ese olor insistente de las tortillas de maíz que hacía una señora regordeta, quien siempre jugaba conmigo y me acariciaba el pelo cuando pasábamos por la puerta de la tortillería que estaba justo al lado del modesto hotel en el que nos alojamos, en la colonia Narvarte, en la esquina de Romero de Terreros y Yacatas. Era una zona tranquila de casas bajas que nos había indicado un viejo conocido de mi padre en su época de estudiante en Buenos Aires, y que ahora vivía en el DF. Se llamaba Arturo Carrasco y era un señor bajito, de contextura cuadrada como los marcos de sus lentes y una nariz pequeña, subrayada por un bigote finito y muy prolijo. También profesor, pero de literatura española en la Universidad de México. Recuerdo que, una vez instalados, fuimos a encontrarnos con él en su trabajo, en el campus de la universidad, un lugar casi selvático conectado por pasillos serpenteantes que conducían a los distintos edificios en donde se dictaba tal o cual carrera. Arturo, después de estudiar junto con mi padre en Buenos Aires, viajó a continuar con sus estudios a la Universidad de Zaragoza en donde se especializó en literaturas romance, y durante su estadía allí conoció a la célebre antropóloga argentina de nombre Mónica Bolaño Vega, de quien se enamoró y a quien siguió en vano hasta México ya que ella sentía más interés por recorrer las ruinas de las culturas precolombinas de la costa sudeste mexicana que de compartir una vida amorosa junto a él. Con el paso del tiempo, Arturo se vio cada vez más y más instalado en el DF, en donde formó una familia y en donde desarrolló una virtuosa carrera como profesor universitario. De todos modos, siempre mantuvo una correspondencia amistosa con mi padre, que lo llevó a recibirnos aquel día con mucha hospitalidad y regocijo. Arturo era un hombre muy formal y bastante tímido, pero mi recuerdo de niño me trae su presencia irradiando ternura y cariño con una calidez especial.

Algunos días atrás había escuchado mencionar a una joven uruguaya que participaba de algunas clases y que se ofrecía a ayudar a algunos colegas reuniendo el material de estudio o desgrabando algunas presentaciones. Lo cierto es que no sabía mucho más y que impulsado por el afecto hacia mi padre y su voluntad de ayudarlo, le dijo que lo consultaría con sus colegas a ver si sabían algo más; tal vez un nombre, una clase o una dirección.

Durante esas semanas volvimos a ver a Arturo unas tres o cuatro veces más, aunque, muy a su pesar, no pudo echar luz sobre nuestra búsqueda. Solo le mencionó a mi padre la imprecisa y no muy confiada réplica de un colega suyo, el Prof. Rafael Robledo, el jefe de la cátedra de poesía británica, quien le confesó a Arturo el vago recuerdo de una joven que acudía como oyente a sus clases y que, por escucharla hablar alguna vez, le pareció reconocer un acento argentino o uruguayo, pero no podía estar seguro al respecto.

Había sido muy largo el camino que mi padre se atrevió a recorrer hasta llegar a ese momento, por lo que no se detuvo a reparar en lo improbable de aquella información que ahora aparecía -después de casi tres semanas de viaje al otro lado del mundo- como su única pista, para dar al fin con alguna respuesta que tanto anhelaba y que tan cerca estaba de volverse una obsesión.

Así fue entonces que el día de la clase del Prof. Robledo, mi padre y yo nos sentamos en uno de esos bancos de concreto, apostados a unos cuantos metros de la puerta de entrada al salón en que se dictaba la clase. Llegamos unos veinte minutos antes del horario, esperando interceptar a mi madre al momento de la entrada. Sin embargo, pasaron los minutos y desfilaron los estudiantes delante de nuestros ojos, pero mi padre no logró divisar a la mujer que buscaba.

La región del valle en que está emplazada -con cierta violencia ancestral- la Ciudad de México, sufre dos grandes estaciones climáticas que dividen el año, y sus habitantes las nombran como: “lluvias” y “secas”. Aquellos días deberían estar anticipando la temporada de lluvias, ya que sobre el pasto amarillento de los jardines de esa ciudad universitaria se dejaban ver los pequeños montículos de tierra seca que las hormigas hacen cuando la lluvia se avecina. Durante las dos horas que esperamos hasta el final de la clase del Prof. Robledo, recuerdo haber seguido los caminos de hormigas que se conectaban entre sí y conducían hacia los distintos lugares que servían de abastecimiento para el hormiguero, e incluso algunos que llevaban a otros montículos, como si se tratara de una ciudad propia. Recuerdo sentir, por primera vez en esos largos días, que había encontrado algo que era igual a como yo lo conocía; los mismos caminos de hormigas que perseguía durante los paseos por el Parque Lezama cuando mi tía Elena me pasaba a buscar por la escuela. Y siempre tuve la sospecha de que aquel recuerdo en esporádicos flashes de mi conciencia y teñido de familiaridad, fue determinante respecto de mi afición por el mundo animal y mi posterior vocación como Biólogo. Pero solo son de esas sospechas tan difíciles como inútiles de comprobar.

Lo cierto es que, al terminar la clase, mi padre destinó toda su atención a distinguir entre los estudiantes que se derramaban por las puertas del salón hasta que, por las rendijas que se armaban entre las cabezas de la multitud y que apenas permitían su visión, le pareció reconocer el cabello negro y ondulante de mi madre. Y sin despegar los ojos de ese rasgo casi abstracto que había logrado fijar como con un arpón invisible entre los demás estudiantes, me alzó en sus brazos y en un solo movimiento avanzó mezclándose entre la multitud. Ese pelo negro, que ahora perseguíamos, descendió por las escalinatas del edificio que desembocaban en la esquina por la cual se perdió hacia uno de los caminos serpenteantes del campus, no sin antes -por efecto del viento y del movimiento- entregar a mi padre un segundo rasgo que acudía con mayor certeza a la idea de que aquél conjunto de características visuales podría efectivamente ser aquella mujer que buscábamos. Se trataba de una pollera larga estampada con arabescos, la cual perdimos de vista nuevamente, hasta que nosotros mismos doblamos en la esquina y, como si fuera alguna coreografía perversa, la volvimos a perder de vista mientras esa figura que portaba los rasgos de mi madre, volvía a atravesar la puerta de un nuevo edificio a la vera del camino serpenteante. Con el esfuerzo de cargar con mi peso en sus brazos, mi padre aceleró su paso hasta llegar, con un trotecito tesonero, a entrar en aquel edificio, que nos recibía con un enorme pasillo infestado de personas. Si bien mi padre insistió con la búsqueda de aquellos rasgos durante un buen rato, asomándose por las aulas que ladeaban al pasillo de ese edificio y serpenteando por los caminos del campus hasta perderse, no consiguió volver a dar con ninguno de ellos y finalmente desistió, no con poca frustración y desazón.

Muy a su pesar, mi padre, forzado por las obligaciones de una vida dispuesta al sur del continente, nos trajo de retorno a Buenos Aires sin que medien muchos días desde aquella persecución vana. Solo una cena de despedida con Arturo, de la cual recuerdo su regalo que aún conservo, de un libro ilustrado que contenía una gran selección de palabras en náhuatl y sus correspondientes traducciones al español.

Aquellos meses que siguieron del año 1968, serían muy importantes para nuestras vidas. Para mi padre y para mi lo serían porque, al poco tiempo de volver de México, mi padre conocería a quien luego se convertiría en la mujer que lo acompañaría el resto de su vida: Graciela Benedetto, la encantadora mujer que me crió junto con él.

Y aquellos meses también serían significativos para mi madre. Porque esa misma tarde en que le pedí a mi padre que me contara absolutamente todo lo que sabía sobre ella, él me confesó que después de algunos meses de nuestro viaje por el DF comenzaron a llegar a nuestra casa, libros que enviaba mi madre. Aunque nunca supimos si se trataba del hecho de que Arturo haya corrido la voz sobre que alguien la buscaba -cumpliendo con el pedido de mi padre-, o por alguna otra razón que escapa a nuestro entendimiento, aquellos meses que siguieron, algo cambiaron en mi madre. Desde aquellos días, cada año, cerca de la fecha de mi cumpleaños, un libro de algún poeta (novel e ignoto a mis ojos) llegaba a mi casa desde algún lugar del mundo. A veces el DF, a veces Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, y otras veces La Habana, pero siempre, cada año, me llegaba un libro distinto, con una dedicatoria de su puño y letra que solo contenía un poema. Los primeros dos años eran los mismos poemas que habían sido publicados en las revistas “Rincones” y “Herejías diurnas”. El tercer año ya se trataba de un poema nuevo, y siempre con una modesta dedicatoria que rezaba: “Para Roque”, y continuaba con un poema firmado solo con sus iniciales. En este tercer caso, el poema, enviado desde el DF, era:

“TUÉTANO

Recóndito prisma de sabiduria arcana

Ramillete de gritos en la madrugada

Tú sabrás mi nombre

al recorrer los huesos y

desgarrar con fuerza

sobre toda nuestra alborada

en la llanura espesa

en mis oscuros rezos y

tú sabrás mi nombre

Sobre la robusta y artera ruina

Que arremete mi esencia regurgitada.

A.L.”

Y al cuarto año desde La Habana:

EL MAR

Sobre tus pies y sobre los míos

El agua y la sal perfumaban la tarde

No fue otro sino aquel el día

en que nos vimos y la vimos

Siempre tan nuestra y

siempre tan única, América

Nuestra América

Aquel día en que vos no eras vos

y que yo no era yo, aquel día

Nuestra América

tiñó al mar de amor, furia y esperanza.

A.L.”

Aquella tarde en que mi padre me contó las desventuras de su búsqueda frustrada, descubrí la poesía. No solo a través de los versos de mi abandónica madre, que allí de alguna manera se estaba haciendo presente para mi -tal vez, el momento de su mayor presencia-, sino que a través de aquellas poesías que contenían las páginas de los libros que obstinadamente me había estado enviando, usando esas modestas publicaciones de poetas y poetisas noveles como contenedores de su propia poesía que año tras año me dedicaba. Claro que alguna vez había leído algún poema para entonces, pero nunca había descubierto a la poesía como algo propio, que me atravesaba con toda potencia. Así fue cuando mi padre sacó una caja de su placard y me dijo que esos eran los libros que hacía siete años él venía guardando para entregarme en el momento indicado. El primer libro que saqué era del quinto año desde nuestro viaje a México. Se llamaba “Origen y fuga” de un joven poeta ecuatoriano de nombre José Sánchez. Y el poema que mi madre me dedicaba en las primeras páginas era:

“OFIDIOS

Cortos horizontes los de aquellos

Que se topan con las yerbas de los días

Barro, pasto y pozos.

Discurren entre la mata espesa

de la angustia y la desesperanza.

Fagocitan sus tóxicos venenos

Que escupen en el barro con sus gritos bífidos

Sin rama a la que trepar

Para erguir sus causas

por encima de la oscuridad.

A.L.”

Y el siguiente se trataba del libro “Luz negra” de una poetisa colombiana llamada Carmen Hurtado, y el poema que mi madre me dedicaba era:

“LO MÍO

Los labios de mi padre

Son dulces caricias

Que sopesan el hastío,

que llenan las tardes

con palabras de abrigo

Magia sin reservas

Que cultiva el brío

que exige la forma

de hacerlo un poco mío.

A.L.”

Los días que siguieron a aquel descubrimiento, o de aquella revelación, llegaba del colegio y dedicaba el resto del tiempo a pasar de un libro a otro y de un poema a otro, imaginando aquellas ciudades en que esos poemas habían sido escritos, así como también los lugares por los que mi madre habría transitado para dar con esos libros. Pero ese descubrimiento de la poesía y de sus formas, que traía consigo las imágenes de lugares lejanos, también traía algo que poco a poco comenzaba a atormentarme. Cuál era la razón del por qué mi madre no elegía compartir esas imágenes y esas experiencias conmigo. Y aún más tortuoso me resultaba la posible interpretación de sus poemas y de cada una de sus palabras que, sin una razón aparente, año a año me dedicaba. Cómo no odiarla por no estar; aún más, cómo no odiarla por hacerse presente de esa manera tan distante y alusiva. Cómo no odiarla por no hacerme parte de su mundo y de su “Vuelta al mundo”, como cifra en el poema que me dedicó en el libro “Variaciones” del poeta guatemalteco Horacio Jesús de Orellano:

“VUELTA AL MUNDO

No importa cuántos

Pero fueron muchos

Los viajes que hicimos

Sin salir ni una vez

Ni quedarnos nunca

Pero los hicimos

Con la fuerza de los días

De las horas, minutos y

segundos afuera

Viajes de angustia y miedo

Que no me arrepiento

Pero aún tengo sus recuerdos

desgarrandome el cuerpo

de dolor y miedo

ni tus suaves caricias pudieron

sosegar mi jadeo impertinente

Que me temo nunca poder

abandonar.

A.L.”

Acaso esos “viajes que hicimos” se refieren de alguna manera simbólica a su amorío con mi padre, o solo se trata de algún otro amante. Y cuando dice que esos viajes los hizo “sin salir ni una vez”, ¿podrá estar haciendo referencia, acaso, de alguna manera especial y metafórica a esa relación frustrada conmigo? Y aún más, cuando el fin de ese poema termina con la palabra “abandonar”, ¿puede ser que se trate de una resonancia de su propio abandono hacia mi como un lamento sublimado en la poesía? Claro que, durante esos años, no podía llegar a interpretaciones de este estilo, pero sin dudas que cada poema traía consigo todos estos pensamientos de algún modo u otro. La pregunta que, formulada o no, me surgía en cada lectura de un poema, refería a si era preciso o no leer aquellas palabras como si fuera algún tipo de mensaje que con sus dedicatorias quería hacerme llegar. ¿Vale la pena perderse en la nebulosa de las interpretaciones en busca de un mensaje de dudosa existencia? Los primeros meses desde que abrí esa caja con los libros, consideré que sí valía la pena. Para ese entonces me había enviado ocho libros, es decir, uno por cada año desde nuestro viaje a México. Para cuando mi padre me entregó la caja con los libros, el último que había llegado a nuestra casa en los primeros días del mes de junio del año 1976, fue: “Isla de cobre” de un poeta chileno llamado Rogelio Rojas Soto, y el poema dedicado es:

“INSOLACIÓN

Al desamparo del día,

aquel que la luz cegó mis ojos

y mi cabeza a borbotones,

pisoteada por botas verdes,

perdió de vista la mirada

de los mordiscos de plomo

en una playa perdida,

que irradiaba constante,

fulguroso y fatigoso,

un pasado único

anhelado y distante

para siempre y por ahora

Llegará el día en que me atreva

A ver al sol a los ojos,

para curar mis horas.

A.L.”

Los destinos de sudamérica habían sido oscuros durante aquellos años, y es innegable que, al menos de forma indirecta, todos sufrimos las injusticias, la violencia y el terror que se había esparcido en nuestras tierras. Pero aquel poema, y aquellos “mordiscos de plomo”, ¿no podrían estar, acaso, indicando que mi madre padecía ese terror en cuerpo propio? ¿No sería algún tipo de mensaje encriptado, como un grito ahogado de ayuda a través de su poesía y de sus -según mi padre- típicos juegos de palabras ocultas entre sus versos? Cada una de estas interpretaciones y teorías que mi cabeza elaboraba, no resultaban de agrado alguno para mi padre, que, aunque con todo esfuerzo por no censurar mis inquietudes, se exasperaba y, con delicadeza intentaba persuadirme. Pero pasaban los meses, y yo crecía, y la ansiedad también crecía en mis pensamientos, como nunca jamás lo había hecho, esperando la llegada del nuevo libro, durante el transcurso de aquel año 1977. Para los últimos días del mes de mayo, no había prácticamente nada que ocupara mis pensamientos además de la incertidumbre respecto de todo lo relacionado a ese paquete que de un momento a otro llegaría a mi casa. Y así fue que el 12 de junio, volví un mediodía del colegio y mi padre me entregó el libro que había llegado: “De amores y deshonras” de la poetisa uruguaya Isabel Pirri.

Me encerré en mi habitación con aquel pequeño librito de color tierra, y con las manos temblorosas lo abrí en las primeras páginas. Como siempre, la dedicatoria: “Para Roque”. Y a continuación el poema:

“DEUDAS

Estoy en deuda con mis palabras

No por incumplir promesas

Más bien por ayudarme a hacerlas

¡Qué valor! Qué valor el de las

palabras, que se dicen -muchas veces-

en vano y en lugar de otras.

Todos tenemos deudas con las palabras

que nos permiten decirlas, y escucharlas

¿Cuál será el día

que se paguen esas deudas?

¿Cuándo pagarán

los mercaderes del sentido,

las lenguas bífidas del odio,

o, como dice el poeta,

los heraldo negros?

¿Quién se cobrará las deudas

de las sopladas palabras

por la injuria y la mentira?

A.L.”

Todas esas sensaciones que me habitaban desde que -hacía exactamente un año- mi padre me entregó la caja con los libros, comenzaban a cobrar una dimensión verdadera y presente a medida que leía las palabras que mi madre me dedicaba. Sentía plena certeza de estar descubriendo y confirmando que allí, en sus palabras, en las palabras, estaba la clave. ¿Clave de qué? No lo sabía. Al menos no de manera consciente en aquellos días.

Pasaba horas leyendo y releyendo los poemas, colocaba los libros abiertos en las páginas con las dedicatorias, uno al lado del otro para visualizarlos todos juntos, incluso hasta recuerdo leer los primeros versos de cada poema todos juntos, y empezar de nuevo con los versos sucesivos. Sin embargo, pasaron muchos meses y no encontré nada que despertará algún sentido a mi juicio.

Una noche de invierno e insomnio decidí que era preciso dejar de forzar el sueño, ya que cuanto más uno lo busca menos aparece. Encendí la luz del velador y saqué de debajo de mi cama la caja con los nueve libros que mi madre me había enviado. Los hojeé durante algunos minutos, y ahí fue cuando descubrí algo. No era algo que uno podría leer como un mensaje encriptado, o un mensaje subliminal, ya que podría haber sido producto de una casualidad. Sin embargo, viniendo de aquella enigmática figura de madre, para mi ese “algo” era todo lo que tenía. Porque yo no tenía ni el nombre de mi madre. Y eso mismo fue lo que me dio la pista. Pensé en su firma: “A.L.”. Pensé en los seudónimos que mi padre me había contado. Pensé que lo único real de esos nombres, serían, precisamente, aquellas dos letras. Y por un momento, no las leí como iniciales sino que las leí como una palabra: “Al”. Las leí juntas, y me dije que eso era, para mi, el nombre de mi madre. Y ahí fue el momento en que se me ocurrió hacer lo mismo pero con los poemas y los libros. Uno tras otro fui comprobando que cada uno de los títulos de los libros comenzaba con la misma letra que lo hacía cada uno de los poemas. “Luz negra” de Carmen Hurtado, con el poema “Lo mío”. “Isla de cobre” de Rogelio Rojas Soto, con “Insolación”; y así se repetía este patrón en cada uno de los nueve casos. Solo restaba probar si, efectivamente, las iniciales de cada título formaban una palabra. Salté hasta los pies de mi cama y tomé un lápiz y un cuaderno del bolsillo exterior de mi mochila. Coloqué los libros en el orden en el que me los había enviado y comencé a anotar las iniciales. “Nuestros días”; “N”. “Obertura”; “O”. “Tuétano”, “T”. “El mar”; “E”. “Note” o “No te”. ¡Algo se estaba formando! Y así fue, cuando llegué al final, algo se había formado, o mejor dicho, algo estaba siendo formado. Todas las iniciales formaban una frase incompleta: “No te olvid”.

Aquella noche casi no dormí, ya que el insomnio se enfatizó con las posibilidades que aquella frase inconclusa generaba en mis pensamientos.

A la mañana siguiente, el recuerdo de aquellos presuntos acertijos me resultaron ridículos y vacíos de sentido. Pero los meses pasaron y a medida que se acercaban aquellos días de junio en que comenzaba a despedirse el otoño y se avizoraba la entrada de los aires fríos del invierno, la ansiedad por descubrir, ya no solo el libro y el poema que mi madre me dedicaría, sino especialmente aquellas iniciales de los títulos que podrían dar continuación a esa frase inconclusa.

Y si eran mis manos las que temblaban al sostener el libro del año anterior, ahora era todo mi cuerpo el que temblaba cuando me encerré en mi habitación y comprobé que en las primeras páginas del libro “Obstinados versos” del poeta argentino Armando Díaz Bruni, me había dedicado el siguiente poema:

“OBTURACIÓN

Soy normal

Muy normal

No padezco nada extraño

tampoco tengo historias de dolor

Solo las necesarias

Así que no esperen demasiado

No podrán satisfacer su fausto morbo,

no.

No conmigo.

No les voy a dar ese gusto.

No puedo hacerlo.

Mis dolores son como los de todos.

Brutos, torpes y anecdóticos.

Mi infierno es el de lo ambiguo

El del ni fu ni fa

Ni muy muy ni tan tan

La medida precisa de sensatez

La cuota justa de locura

Una mitad de amor propio

Y la otra,

hacia los demás.

Pero no para aquellos

que están de más

Para esos nada

Lo de siempre

Lo de todos

Lo que me queda

Ignorancia

Resentimiento

Olvido

Puf

No sé qué más

Distancia

Nada

Nada más

Esta desdicha

Este dolor

Son míos

Y de nadie más

No me comprendan

No me busquen en su dolor

No van a encontrar nada

No les va a servir para nada

Porque yo no soy nadie

Solo me soy en mi dolor

Que es solo mío y

de nadie más

No me insulten

No me busquen

Yo no estoy

Ahí no estoy

Acá estoy

Sola

Con mi propio dolor

Mi propio infierno

Mio

Con mis diablos

Mis fuegos

Miedos y deshonras

No me busquen

No lo busquen

No me insulten

Es solo mío

Y de nadie más.

A.L.”

Siempre recordaré aquella sensación en que mi sangre se volvía cada vez más espesa a medida que recorría mi cuerpo al agresivo ritmo de aquellos versos, que mis ojos leían con una voracidad inusitada. Para cuando mis labios susurraron el último verso del poema que en esta oportunidad mi madre me dedicaba, ya no quedaba nada de aquel entusiasmo que me provocó confirmar que la frase que aquel día se completaba era: “No te olvido”. ¿Cómo hacer caso alguno a este presunto acertijo oculto y ahora revelado, posiblemente, por mi ilusión como única culpable? ¿Cómo obviar el tesón de aquellos versos que parecían, incluso, querer abandonar sus formas para gritar en prosa todos los argumentos del olvido? ¿Cabía posibilidad de que ese “olvido” y de que ese “no me busquen” no sean versos imperativos hacia mi padre y a mi?

A pesar de que al año siguiente, durante los primeros días del mes de junio, mi expectativa y ansiedad se habían apoderado de mis pensamientos, todo indicaba que aquel poema: “Obturación” era, precisamente, el último que mi madre me dedicaría. No necesité llegar hasta aquellos días, ni tampoco esperar a los años siguientes para comprender a mi madre. Porque fue aquella misma tarde en que leí los versos de ese último poema suyo, cuando comprendí que el olvido es también una presencia.

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  1. Hola Andres, cuando comomence a leer tu cuento, no pude parar de leer, queria llegar al final, hace rato que no me atrapaba tanto un cuento. Mientras leia, pasaban por mi menente imagenes, de AL, de Roque y su padre. El dolor del olvido te agrieta el alma, pero al mismo tiempo, la busqueda de la verdad hace llevadero ese dolor, y que hizo que Roque pudiera decifar la maravillosa frase “No te olvido”.
    Una historia muy atrapante, gracias Andres!!!
    Te saluda, Graciela Fernandez

  2. Realmente adhiero a dos opiniones, me dejó sin palabras para expresar lo que siento. Y tambien buscando el final con ansiedad.
    Es muy envolvente, uno va corriendo juntamente con el protagonista para ver donde uno termina. Ademas me ha conmovido, y la presencia de una ausencia es impactante. Muy bueno, aunque aún no he podido procesarlo. Necesitare un tiempo. Felicitaciones Nora

  3. Me gusto mucho este cuento! Atrapante. Se lee como si fuese una carrera hacia un final imprevisto. La presencia en el olvido es su sentido último para mí…! Muy bueno Andrés

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