Crack… Crack…. Ese ruido. No puedo evitar desear ese ruido. Es el mejor de todos los ruidos;el mejor de todos los momentos; aquel en el que encuentro o, simplemente, me topo con alguno por ahí, caminando con esa torpeza que los caracteriza sobre la veredita que bordea el edificio; o cuando intentan desplazarse a través del jardín, pasando sus patas de un brote de pasto al otro siempre a riesgo de darse vuelta y condenar sus vidas a una agonía por demás irritante y humillante, quedando panza arriba y agitando inútilmente las patas hasta terminar exhaustos y morir de cansancio, o en manos de alguna otra criatura dispuesta a usarlos de alimento. Y es ahí, entonces, cuando me cruzo con alguno y… ¡Crack!, lo piso con todo el peso de mi cuerpo.

Y no es en absoluto que les tengo miedo, o asco; ni siquiera los odio. ¿Por qué los odiaría? ¿Envidia, quizás? Debo admitir que más de una vez cruzó por mi cabeza el deseo de ser como ellos que no tienen más que limitarse a existir entre los yuyos y los suyos. Pero lejos está eso de convertirse en el motor de mis acciones. No es envidia, no. Al menos, no esa clase de envidia. No tendría ningún motivo para sentir tales emociones. No. Mi motivación es mucho más mundana y vergonzante. Es el ruido. Ese simple pero inigualable sonido que sólo consigo sentir en esa acción. Y digo “sentir” y no “oír” porque es un sonido que no sólo se aprecia con los oídos, sino que viaja desde el talón de mi pie y recorre todo mi cuerpo. No hay nada parecido. He probado con otras cosas; con otros bichos, o nueces, o bolitas de ping-pong; incluso he probado con huevos, pero nada se le parece en lo más mínimo. Entiendo que cualquiera podría pensar que mi actitud es deleznable; que soy un desconsiderado, una persona cruel y sin corazón. Y, para ser absolutamente sincero, no me creo en la posición de negarlo. Y, asumo, que deberé esperar, con toda impavidez, la piedra de cualquiera que esté dispuesto a lanzar. Aunque, la verdad, tampoco existe mucha gente que conozca de esta actividad. No esque la oculte, tampoco. Simplemente no hay mucha ocasión para sacar el tema. Sólo me limito a no hacerlo frente a otros y ya. Aunque, de ser así, no se darían demasiada cuenta, ni les importaría demasiado. Incluso, en ocasiones, la gente quiere que lo haga. Como me pedía Romina aquella vez: “¡Pisalo! ¡Pisalo!”.

Hacía poco tiempo que estábamos saliendo, y eran las primeras veces que ella se quedaba a dormir conmigo. De todos modos, para ser justo, ella no tenía la más mínima idea de lo que aquello significaba para mí. Ni mucho menos lo que significaría; porque no recuerdo alguna vez anterior en que haya sentido ese ruido en toda esa dimensión del “sentir” que comentaba recién. No. Debió haber sido aquella vez. Ni siquiera tengo un recuerdo de niño, lo cual, ahora que lo pienso, me resulta raro ya que es bien conocida la crueldad de la que los niños son capaces, más aún en estos asuntos.

En fin. La cuestión es que todo venía bien hasta que un día me desperté en mi cama y, apenas abrí los ojos esperando encontrar la nuca despeinada de Romina, vi a uno de estos bichos desplazándose con toda lentitud y con esa torpeza que tanto los caracteriza, sorteando los pliegues de la almohada con una indiferencia y un arrojo tan grande que provocó en mí una verdadera simpatía. Enseguida me enderecé en la cama buscando escuchar a Romina en la cocina o en la sala, pero no fue así, por lo que decidí recostarme y relajar los ojos algunos minutos antes de levantarme y preparar mi desayuno. Pensé en que ese día ya se presentaba con un buen comienzo, ya que podría sentir ese ruido cuando lo deseara. Pero no tenía ningún apuro. Me levanté y me cambié, ya como para estar listo para ir a trabajar y fui hasta la cocina. Después de un desayuno rápido volví a la habitación y vi que aún estaba ahí, sobre la cama, justo entre la unión de la almohada y del colchón, como si se hubiera dispuesto a dormir. La verdad es que la inusitada simpatía que comenzaba a sentir por aquel intrépido ejemplar no me permitió hacer lo que tenía pensado, por lo que decidí cerrar las ventanas y la puerta de la habitación, y me fui al trabajo esperando volver esa misma tarde y encontrarlo allí. No es que tenía alguna clase de dilema que me impulsara a postergar mis intenciones; ese “crack” tan preciado. Solo que esa actitud tan indiferente, casi pendenciera, había logrado, en cierta medida, cautivarme.

Mientras caminaba hacia el trabajo, caí en la cuenta de lo divertido que sería cuando Romina regrese y entre en la habitación. Se pegaría un susto de aquellos. Pero eso no sucedió. Porque, al regresar aquella tarde, me encontré con que Romina no había vuelto. Todo seguía igual a como lo había dejado, incluyendo la puerta de mi habitación en donde aún estaba ese bicho tan denodado, recorriendo la superficie de la cama, entre las sábanas blancas como si estuviera aventurándose entre montañas blancas.

Tal vez, impulsado por cierta frustración al comprobar que Romina no estaba, decidí que tampoco en ese momento me dispondría a gozar de aquel ruido que, desde su aparición, venía prometiendo aquel fiel y confianzudo compañero. Pero lo cierto es que, dadas las circunstancias, comenzaba a sentir que aquel bicho se volvía una agradable compañía. Inmediatamente, se me ocurrió bajar al jardín del edificio para traerle unos brotes de pasto, con el objetivo de hacer más confortable su estadía en mi cama, aunque se limitó a ignorarlos apenas se los coloqué justo delante, entre él y uno de los pliegues de las sábanas.

De todos modos, los días pasaron y fui conociendo, con más detalle, sus costumbres y preferencias. Por ejemplo, no era el pasto seco, arrancado de su raíz, el que conseguía cobijarlo. Solo una mente ilusa, artificial y reseca como la mía podía haber considerado eso. Así que decidí ponerlo en un balde, con pasto, ramitas y algo de tierra que, antes de salir al trabajo, regaba metódicamente para mantener cierta humedad. Día tras día pensaba en cosas nuevas para meter en el balde: una piedra, para que la humedad de la tierra debajo se conserve más tiempo; hojas secas y algunas lombrices para que purifiquen la tierra; incluso, un día, se me ocurrió poner un corazón de manzana para ver qué sucedía, aunque terminé sacándolo porque comenzaba a pudrirse.

De Romina nunca supe más nada, ni nunca la volví a ver. Pero durante aquellos días no me importaba demasiado. A decir verdad, casi que lo único que me importaba era volver del trabajo para agregar algo a ese balde en donde había construido el hábitat de ese compañero que, cada tarde, sin falta, me esperaba allí, posado sobre la misma rama que yo lo había trasladado al interior del balde el primer día, como si supiera que a tal hora llegaría a verlo. Y eso era lo que yo más hacía. Podía pasarme horas observando el interior de ese balde, estudiando la torpeza de sus movimientos y pensando en más cosas para agregar. Así como ese paquete de semillas que compré por internet y que recibí en mi trabajo con tanto entusiasmo que estuve durante todo el día leyendo y releyendo el paquete o investigando en internet cuál era la mejor manera de plantar ese tipo de gramilla en particular. Sin embargo, nunca llegué a hacerlo. Porque aquella misma tarde, que sería la última, en la que volví entusiasmado del trabajo, justo después de abrir la puerta de mi departamento con la tranquilidad de saber que
tendría algunas horas libres para disfrutar de esa tarea y para poder observar a ese fiel compañero, algo me detuvo en el pasillo. Ya no estaba posado, dentro del balde, sobre su misma rama de siempre dispuesto a recibirme. En cambio, estaba allí, en el piso, frente a mí, quieto y desafiante, como si, en esta ocasión, el observado fuera yo. Y fue entonces que mi talón comenzó a vibrar en un cosquilleo insoportable, hasta que, casi sin mediar decisión, sentí:
¡Crack!

Aún con la sensación de ese tan preciado y esperado sonido retumbando en mi cuerpo, vacié el balde y me fui a acostar temprano. Y, mientras me acurrucaba entre los pliegues de mis sábanas blancas pensé que solo se trataba de un cascarudo.

Ilustración: Marcos Amayo (https://www.instagram.com/amayodibujante/)