Escrito en la semana del 13 al 19 de abril

Cuarentena y popularidad

Vamos a decirlo desde el principio: las palabras que siguen no son inclusivas. No incluyen a aquellos precarizadxs que no están cobrando su sueldo, a los que viven de changas, a los que están hacinados en las villas. A los que la cuarentena les afecta mucho más que el simple hecho de no poder salir a la calle. Vaya si se trata de un recorte. Evidentemente me refiero a un grupo –del que soy parte-, casi minoritario de población. En mi caso, un clase mediero que salió de una familia típica de la historia del ascenso social de “mi hijo el médico”; que hoy, si bien empobrecida, mal que mal la zafa sin aspirar a mucho -¿a lo sumo un autito?-. Somos esos que aun vemos en el firmamento las estrellas del ascenso social argento, a pesar de que hace mucho que desaparecieron. El recorte es necesario y no por un sentimiento culposo que en otras épocas llevo a prácticas de “proletarización” y “desintelectualización”, sino para saber de quién se está hablando pero sobre todo, sobre quién estoy en condiciones de escribir.

Hechas las aclaraciones del caso, se da un fenómeno curioso: el presidente que nos “impone” a todxs una cuarentena a la que todxs nos resignamos a cumplir porque “es necesario”, que explica que el éxito de la misma no es de un gobierno sino de una sociedad con “conciencia colectiva”. Ese presidente y ese gobierno que nos hacen atravesar este estado de “excepción” que a nadie le gusta, goza de inéditos índices de popularidad. Se dirá que, a la luz de lo sucedido en España, Italia y Estados Unidos, la gente y el gobierno llegaron a la misma conclusión respecto a la necesidad de la cuarentena. Correspondería a la explicación en base a la toma de conciencia. Creo que algo de esto hay, pero mucho menos de lo que se cree.

Otro problema se erige sobre el horizonte. Qué sucede con todxs aquellos realmente afectados por esta situación, objetivamente impelidos de ganarse el mango, perjudicados más allá de la ayuda del gobierno -que además hay que ver si les llega-. Nuevamente, tenemos la hipótesis de la conciencia. Otra vez, a mi juicio insuficiente. Si bien aquí vale en parte lo dicho en un principio, también es cierto que más allá del escalafón social en el que estemos objetivamente, hay un factor clave que es cuál es el lugar de la escala social que creemos ocupar. Se sabe, en Argentina, a juzgar por los discursos dominantes, todxs somos de clase media y todxs tenemos una Pyme. Si a un marciano le llegara por misteriosas razones todo lo que nosotrxs pensamos sobre nosotrxs mismos, visualizaría un país donde todxs tenemos nuestra casita, el perrito, el asadito del domingo y, obviamente, cada uno con su negocito hecho a pulmón, kiosquito, comercio, pequeña industria y otras yerbas. La realidad es que este discurso probablemente no reflejó nunca la estructura social -mucho menos hoy-. Pero lo cierto es que, si a algún subgrupo se ajusta más, es al que pertenezco: la clase media que fue siendo o que es “fuendo”. Por eso, para todxs aquellos “excluidos”, podríamos suponer que la relación entre popularidad del presidente y las dificultades severas que implica la cuarentena, se explican mediante la identificación con esa clase media idílica correspondiente al discurso que la clase media real adopta.

Ahora bien, por dónde pasa entonces la cuestión. En verdad, más allá del “home office”, lo real es que la cantidad de horas de trabajo se reduce. Y si eso no sucede, por lo menos al jefx pelotudx ahora lo vez por zoom y no en vivo y en directo, se corta la señal y escuchaste la mitad de lo que dijo. Y eso te pasa a vos y al resto así que la competencia es “leal”. De repente, la sociedad puso stop o avanza pero mucho mas lento. Llego el momento de pintar la habitación, limpiar las hornallas de la cocina, derrochar horas en Netflix, sacar la guitarra del ropero. A veces, reconectarse con uno, con sus afectos (en directo o virtualmente), hacer por el placer de hacer. Otras, volverse un adicto al celular, “fumarte” a tu familia, pelearte con tu novix. Ciertamente, visto desde este ángulo, el resultado podría ser neutro. Pero qué pasa si lo observamos desde el lado de lo que no podemos hacer. No podemos ir a trabajar en, un subte hacinado donde siempre hay dos que se están por pelear pero al final no, en un tren abarrotado de gente en el que durante el viaje hay que calcular la “marea” para enganchar la “corriente” que nos permita llegar a la puerta en el momento justo; no nos fumamos un jefx que inventa trabajos con tal de vernos hacer algo, un ambiente cargado de oficina, un café instantáneo y un sánguche a precio de salmón rosado; volver cansadx, chivadx, con dolor de cabeza y con el cerebro suficientemente quemado como para ver el Instagram como un autómata; una cena de comida fría de delivery o cocinar a contra reloj mientras miras un noticioso o una serie de Netflix. En definitiva ¿qué es lo que nos estamos perdiendo? Poco, casi casi nada. Es esta la trágica realidad, no estábamos en un paraíso sino en una tragedia cotidiana y rutinaria. Es este el mismo mundo -solo que desde otra arista- de la pandemia, donde la miseria es cada vez mayor, la desigualdad cada vez más grande y donde el ecosistema se cae a pedazos. Y no hace falta cagarse de hambre, vivir inundadx y con la mierda hasta el cuello por que se tapan las cloacas cuando llueve -si es que hay-, contaminadx no por el mosquito Aedes aegipty sino por el mosquito del glifosato y/o/u alguna otra situación horrible. Obviamente, las situaciones no son equivalentes. Pero eso no significa que ambas dos no sean malas. Creo que por acá pasa la cosa: la explicación de la “toma de conciencia” encubre la falta de conciencia de nuestros verdaderos intereses que, aunque no blanqueados, encuentran una manera soterrada y transfigurada de salir a la superficie. Claro, nadie va a admitir que su vida se desarrolla en un entorno de mierda; o sea, que nuestra vida es mayormente -¡sí! hay que animarse a decirlo- bastante mierda. Probablemente no lo hubiese admitido un esclavo negro de una plantación de algodón en el sur de Estados Unidos ¿por qué lo habríamos de hacer nosotrxs?

Antes de que me gane el motus de emo adolescente tardío, dense la posibilidad de pensar si están contentos con su vida, si sienten que pudieron hacer lo que tenían ganas de hacer, si están en vías de lograrlo. Ahora vuelvan a hacerse la misma pregunta pero con un presupuesto previo: nada de lo que es tiene que ser necesariamente como es. Tampoco nada de lo que fue tuvo que ser necesariamente así. No hay nada natural en nuestras vidas sino que vivimos, somos parte y reproducimos constantemente un determinado constructo social.  Probablemente el resultado sea completamente distinto siempre que sepamos que lo que realmente queremos no es de por sí imposible. Y este es mi punto. La cuarentena entonces, cual pausa de las relaciones sociales cosificadas, funciona como un alivio. Y para aquel que quiera mirar, amplía la posibilidad de imaginar un horizonte completamente distinto.

Semana del 25 al 31 de mayo

Winter is coming o el futuro ya llego

Repaso lo escrito y confieso que me sorprende su vigencia. La cuarentena –flexibilizada, es cierto- aun goza de inéditos niveles de popularidad. Con ella, la figura del presidente roza el 85% de aprobación. Y, agreguemos, en el contexto de una virulenta campaña de los medios hegemónicos anti-cuarentena. Así y todo, me gustaría agregar un par de cuestiones/correcciones.
Por ser trabajador esencial, he tenido la posibilidad de comparar los niveles de movimiento en los barrios populares respecto del resto de los barrios de la capital federal. Mientras en barrios de clase media, el movimiento de gente viene creciendo, no creo que ese sea el caso de los barrios populares. Por un lado, la coyuntura actual marca que está pasando lo que muchos sabíamos que iba a pasar: llegó el virus a las villas de la capital y está penetrando lentamente en los barrios populares de la provincia de Buenos Aires. Agarrate. Por otro lado, el alto nivel de acatamiento de la cuarentena y de conciencia de su necesidad en los sectores populares no puede ser imputado a esta suerte de identificación a la clase media. En todo caso, de existir, es más bien un fenómeno marginal. Hay que resaltar dos aspectos: el aislamiento social y obligatorio es una medida –paradójicamente- colectiva y los barrios humildes tienen un desarrollo significativo de su conciencia comunitaria. Por necesidad, porque para arreglar, por ejemplo, un palo de luz que se cayó tienen dos opciones: o lo levantan y arreglan ellos o presionan en colectivo al “Estado de turno” para que se ocupe. La lógica mercado individualista no encuentra el nicho en lo real que le permita trascender la particularidad para volverse hegemónica. Resaltar esta cuestión ahora –y no haberlo hecho un mes atrás-, también creo nos habla de cómo este aparente estado de inmovilidad, este tiempo no tiempo, está abriendo el camino a la construcción de otro tiempo, que “mide” otras cosas, una regla distinta. La idea de tiempo no tiempo, o de relativa inmovilidad, de suspensión de las relaciones sociales profundamente penetradas, construidas o reconstruidas por el capital, tiene el problema de naturalizar ese tipo particular de movimiento, esa forma específica de medir el tiempo. Cuando un tiempo se suspende, se le abre la posibilidad a otro. Es trascendente observar cómo van cayendo una a una las piezas del imaginario social que permitían creer en la idea del “salvese quien pueda”. Como explica Zizek, hoy ser egoísta es pensar en el otro. Podes tener tu obra social, tu yate, tu avión….podes tener. Pero, cuando llegue el momento, no tenés la garantía de que eso te vaya a salvar. Nuevamente, la racionalidad instrumental tecno-capitalista, se encuentra con un escollo en lo real que le está costando digerir. Lo dicho, no niega la relación obvia entre desigualdad, pobreza y enfermedad. Más bien, este es un momento donde la desigualdad nos pega como cachetazo del pingüino de halls. Se trata de un movimiento contradictorio porque a la vez que pone sobre relieve la pornografía de la distribución desigual del ingreso, también nos viene a recordar que los problemas sociales, se resuelven socialmente. La lógica de la mercancía, no ofrece una respuesta racional a los problemas que se están enfrentando. Pasa un poco lo del cuento de “La máscara de la muerte roja” de Poe, la peste tiene lugar para todxs en un Titanic que va directo a estrolarse contra un mega témpano. Por eso, el regreso triunfal del Estado. Y aquí, se abre una nueva disyuntiva. Es obvia y clara la necesidad de la intervención estatal para el conjunto social pero, justamente por eso, sería un error suponer que la misma tiene un sesgo per-se pro sectores populares. Más bien, todo lo contrario. A pesar o gracias -da para un largo debate- al gobierno actual. Como se apuntaba: problemas sociales, respuestas sociales. Ahora bien, si algo se va a jugar en el futuro cercano es la capacidad del Estado de encorsetar las respuestas sociales a su imagen y semejanza. Y, aunque se juegue a corto plazo, la trascendencia del resultado se va a ver reflejada a posteriori y aquí reside el peligro. Lo social es más que lo público, es más que el derecho, es más que la norma. Lo social no es una abstracción, es nuestra realidad concreta de todos los días. Es nuestra vida privada y nuestra vida pública. El Estado, por más progresivas y/o radicales que sean sus medidas y acciones, se encuentra aquí con un escollo insuperable porque en la pelea por la dinámica, alcance y efectividad de su intervención, a la larga choca contra sus propios fundamentos. Por ello se hace tan necesario construir con y desde el Estado pero siempre también, por fuera de él y sobre todo más allá de sus límites.

Semana del 29 al 3 de julio

La nueva normalidad o el pico que no llega

La cana mata pibxs, Palermo, Recoleta y Caballito se indignan, el campo somos todos (sin x), los barrios populares están a un “fósforo” de que se incendie todo….Pareciera que la normalidad está fagocitando la pandemia. La cuarentena es como un experimento de un científico grandote, lento y medio torpe hecho de un barro que, a cada movimiento medio brusco, pierde pedazos desde sus extremidades. Las grandes corporaciones son como los pájaros en una huerta cuando se avivan que el espantapájaros es de mentira. Las palabras del presidente son hojas que volaron en el otoño y se perdieron en el invierno. Todo empieza un poco como que aburrir…es que la normalidad es un cuadro colgado en el living en tu casa que ya no te llama más la atención y el momento exacto en que te empezó a dar igual te es completamente inabarcable, no tiene un punto cero. El Coronavirus apareció como un “dato” “externo” y asombroso que se nos impuso como una tormenta de arena en el desierto, cual novela fantástica pero parece que ahora ya lo estamos empezando a “asimilar”. Es claro que la exterioridad era una simple apariencia pero dejemos de lado eso por esta vez. Los días comienzan y terminan, la gente muere y nace y no hay capacidad de asombro lo suficientemente grande para abarcar el ¿poder? de adaptación y acostumbramiento humano. Yo ¿espero? poder terminar esto acá, como si este artículo fuese un diario de viaje llegando al punto de arribo final.

3 COMENTARIOS

  1. Naturalizar o acostumbrarse suele ser siempre riesgoso. Me gusta la idea de seguir indagando en ésto que nos pasa, mas allá de lo que nos digan. Muy interesante la nota

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