Nunca me pareció particularmente destacable el gol de mano de Maradona contra los ingleses. Creo que en algún momento pensé incluso que lo que hacía era “ensuciar” lo que el Diego había hecho en ese partido y en su trayectoria como futbolista. Su genialidad era tan grande que me parecía como un incidente innecesario. Y puede ser que, si nos quedamos pura y exclusivamente con el aspecto futbolístico, no me haya equivocado. De hecho, la visión venía por ese lado y tenía sentido en un país donde el fútbol se vive de muchas y múltiples maneras y a veces se olvida la más importante de todas, la del juego.

Entre todas las cosas que se escribieron estas semanas, algunas de las cuales llegué a leer, me quedó picando una nota de Guillermo Saccomanno donde rescataba la figura de Maradona como intelectual. A mí me resuena en la noción amplia de intelectual que tenía Gramsci, sacando a la figura del pedestal del pupitre relacionándola con la organización, comunicación y educación. También con su concepto de praxis, de la relación dialéctica entre teoría y práctica, de cómo —de una u otra forma— la teoría es, o una práctica sedimentada a lo largo de los años, o una crítica de esa práctica teórica —crítica que para ser tal, debe ser práctica a la vez—. Reviendo el episodio de la mano a la luz de estos conceptos, uno puede reconocer la figura del Maradona intelectual, del Maradona que intuye, de ese que tiene una visión periférica, que “lee” las situaciones. Y no casualmente estas descripciones también sirven como aproximaciones a su forma de jugar. “El fútbol es como la vida” es una frase que no me voy a cansar de escuchar y repetir.

¿Cuál es la genialidad de esa mano? ¿Es simplemente el contexto añadido al acontecimiento como si se tratase de un mero aditivo que le viene desde afuera? ¿no estaba Maradona dentro de ese contexto que luego interpretó su gol con la mano?

Agarremos al plantel inglés y el argentino de aquellos cuartos de final del 86’, comparemos las infancias que pasaron, la calidad de vida hasta llegar a triunfar en el fútbol, las diferencias entre el alicaído imperio británico y el país de desaparecidos, dictaduras, Malvinas, crisis económicas y múltiples varios más ¿Hay equivalencias? Ciertamente que no.

El fútbol es hermoso porque cualquier cosa puede suceder en 90 minutos, todo es posible. Aunque hay posibles más posibles que otros. Esa igualdad de 22 tipos y una pelota se parece mucho a la igualdad formal propia de las democracias burguesas, a cómo se supone que el referí/juez es imparcial a la hora de impartir justicia/señalar o no una falta y, a la vez como su trabajo empieza y termina dentro de la cancha/juzgado. “Lo que pasó adentro de una cancha queda ahí”

La igualdad no es real, la igualdad esconde la diferencia, esconde la desigualdad. El reglamento/las leyes son nuestra principal herramienta para luchar/jugar por ponernos en igualdad con los otros y, a la vez, son el principio desde el cual “compramos” la ficción: no lo sabemos pero lo hacemos. Meter un gol con la mano en ese contexto es quebrar la ficción, es poner a jugar esa capacidad de observación que llega a intuir que algo huele mal, que el fútbol, por más hermoso que sea, no puede tapar el sol con las manos, que hace falta meter con la mano a la verdad en el juego. Y lo más impresionante es que no lo hizo un Schiavi, un Laspada o un Fabbri. Lo hizo el mejor y más grande de todos.

Cuando, previo a la semifinal con Italia en el estadio de Nápoles, Maradona lanza “Le piden a los napolitanos que sean italianos por una noche, mientras que los otros 364 días les llaman terroni” otra vez está quebrando una ficción. Ahora la de la nación italiana (y ojo que esto vale para cualquier Estado-nación), otra vez está quebrando las reglas. De hecho, a simple vista no había razón para enojarse con que los italianos apoyaran a su equipo contra Argentina. Sin embargo, el Diego, con el rabillo del ojo otra vez vio una jugada más, esa que es excepcional y que, a la vez, cual rayo parte la cancha a la mitad. Y quizás es por ser el mejor, por manejar este deporte de manera tan excelsa que eso mismo le permite hasta pasarlo por arriba. Es un poco como esa expresión “si hace ese gol me voy de la cancha”, lo sublime clausura (y algo de esto creo pasó con la selección pos Diego).

Maradona lo intuye a través de la capacidad de observación de su propia vida y la de sus compañeros (de clase):

Las leyes y los Estados se hicieron y escribieron con sangre.

Y qué bien le vendría algo de esto a un presidente que entiende la sedimentación de décadas de privilegio de la clase dominante argentina bajo la figura de “derecho adquirido”. Un presidente, un ministro del interior y un jefe de gabinete que la semana pasada montaron una versión libre “los tres chanchitos” con Rodríguez Larreta representando al lobo feroz. Libre porque el final no está claro, parece que la casa-Estado no termina nunca de afianzar unos cimientos que le permitan no desmoronarse ante cada soplido (o suspiro) del lobo feroz. Mientras tanto el presidente, cual Macri cuando era jefe de Gobierno, siempre encuentra a alguien para echarle la culpa: fue culpa de la policía de la ciudad —¿quién puso al lobo a cuidar a las ovejas?—, fue culpa de la familia que quería que el funeral termine a las cuatro —¡qué capacidad para sacarse de encima la responsabilidad! —. Leamos sus palabras:

“El problema fue en la 9 de Julio, donde hubo una acción desmedida de la Policía de la Ciudad, es muy evidente”

¿Qué quiere decir con acción desmedida? Sería bueno que llame a las cosas por lo que son: represión. Por otro lado, cabe preguntarse qué sería una “represión desmedida” y qué no. Uno de los puntos importantes de las gestiones de Néstor Kirchner y de Cristina fue ponerle un punto —casi— final a la represión. Y digo casi, Berni mediante. Que yo recuerde, ustedes dirán, evitar la represión para Néstor y Cristina era evitar la represión, no hay una máquina que mida qué se supone que es desmedido y qué no. Pero el presidente no se quedó ahí, sino que además responsabilizó a los concurrentes al funeral:

Vinieron muchos hinchas de fútbol, mucha de esa gente exacerbada en su ánimo que solemos ver en las canchas de fútbol, a tratar de entrar de cualquier modo. Obviamente, mucha de la gente que entró en ese momento lo hizo con ánimo de hinchada de fútbol, por decirlo de algún modo. Debimos haber previsto la presencia de barrabravas”

¿“Esa” gente (¿esa chusma?) me parece a mí o son sus votantes?, aquellos que, en las calles, casi con impotencia y sin creerlo, le echaban la culpa a Larreta. Pero otra vez, Alberto dice pero no dice, en un acto clásico pasivo-agresivo sugiere pero no se hace cargo. Algunos llaman a esto astucia política, a mí me parece que le cabe otro calificativo…

No se trata de un caso aislado, es un modus operandi. Y sino veamos la culpabilización que el gobierno nacional y provincial hizo a la izquierda ante la represión en Guernica.

Cristina el año pasado, con un tobillo demacrado y sabiéndose en inferioridad de condiciones, se mandó, pasó a uno, a otro, se la tiró larga al tercero y dio un pase entre las piernas de un brasilero dejándolo solo al Cani/Alberto contra el arquero. ¿Jugada magistral?

Habrá que ver si en YouTube aparece en un compilado de goles o, si mucho tiempo después, en uno de esos videos que te muestran los goles fallidos, de esos en los que no podés creer la mala suerte de que justo tuviera que definir ese burro infaltable que condena una jugada magistral al olvido. Por ahora, todavía estamos a tiempo de gritar:

“es por abajo”

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