• Lunes 28 de diciembre

Mi mamá y mi papá decidieron que teníamos que irnos de la ciudad. “En verano, Buenos Aires es un infierno”, solía repetir mamá. Cuando los días de calor llegaban solíamos irnos todos los años a algún lado. A veces, a Parque del Plata en Uruguay, en donde mis papás alquilaban una casa con un bosquecito de pinos en el fondo, por donde me encantaba correr esquivando árboles o buscar piñas para que papá hiciera el asado. Otras veces nos íbamos más cerca, a alguna playa de por acá, como Claromecó o Monte Hermoso. Este año, con todo esto del Coronavirus no querían ir muy lejos, por lo que decidieron pedirle a la abuela Vero, la mamá de mi mamá, la casa que ella tenía en el campo. Mamá ya está de vacaciones y papá puede seguir trabajando con su computadora desde cualquier lugar. En la mañana del sábado ya estábamos los tres armando los bolsos. Mamá me ayudó guardando mi ropa y yo elegí un libro para llevarme. Cuando terminamos con mi bolso, mamá se fue a preparar unas bolsas con comida para que papá vaya cargando el auto. Mientras esperaba para irnos vi entre los libros que papá había elegido para llevarse uno que me llamó la atención porque en su tapa había un dibujo como de un fantasma de color rojo. Se llamaba “El Horla” pero no me acuerdo el nombre del escritor. Lo abrí y vi algunas páginas en donde leí que era como un diario con los días que iban pasando. Se me ocurrió escribir uno yo mismo.

  • Martes 29 de diciembre

La casa es como de dos pisos. En realidad es una casa con una habitación arriba que, según me contó mamá, la hizo la abuela Vero y el abuelo Juan cuando nació el tío Marcos. El abuelo Juan en realidad no era el papá de mi mamá, pero sí era el papá de Marcos. Ellos tres vivieron en esa casa hasta que el abuelo Juan murió y la abuela Vero quiso mudarse a Buenos Aires. A mi me toca dormir en la habitación en la que se crió el tío Marcos, que es como un altillo en el que apenas entra una cama apoyada sobre el alfombrado gris que cubre todo el suelo hasta la escalera caracol. De las paredes viejas y amarillentas colgaban algunos cuadritos con fotos del tío Marcos de joven, abrazado junto a otros amigos y amigas, alguna pescando en la playa junto al abuelo Juan, y también unos póster de una banda de rock y uno con los jugadores de Boca formando antes de empezar el partido. El techo termina en punta “a dos aguas”, como me dijo papá que se llamaba ese tipo de techo. De cada lado hay unas pequeñas ventanas redondas enfrentadas entre sí, como si fueran ventanas de un barco.

Recién ayer terminé de sentirme cómodo. El día que llegamos papá me puso un ventilador en la habitación y, si bien el calor podía ser insoportable, también hacía mucho ruido así que me costaba dormirme. La verdad es que lo que más me molesta es que cada ruidito de la casa me asusta. Ahora ya no tanto porque me fui acostumbrando. Hace dos noches pensé que podía hacer una lista de los ruidos más raros para poder comprobar, al otro día, de qué se trataban. Así pude ver que el ruido del techo no era algún animal con garras correteando buscando algún hueco para colarse, sino que se trataba de las ramas de un árbol que se sacudían con el viento. También descubrí que las casas de madera rechinan solas constantemente y que a la noche, con el silencio, se escuchan más, aunque parezca que haya alguien que se metió en la casa. En mi lista también estaba la pregunta de por qué es que los perros del barrio ladran tanto por la noche, a lo que mamá me contestó que se ladran entre ellos, o porque pasa algún ratoncito y quieren ahuyentarlo. No tenía por qué tener miedo de eso tampoco. Gracias a esto, la noche anterior dormí tranquilo. Aunque en realidad también hay algo más en mi lista pero no me animé a preguntar. Me daba algo de vergüenza porque no estoy del todo seguro de que hubiera existido. Cuando lo vi estaba casi dormido ya, y además me parecía algo muy raro de ver en ese lugar. La noche del domingo creí ver una luz roja finita cruzar de ventana a ventana. Una luz como si fueran de esos láser que a veces la gente tiene en los llaveros. No sé qué es, ni si en realidad lo ví. Pero tampoco me preocupaba demasiado, porque a pesar de que me despabiló por un rato, no lo volví a ver esa noche ni la noche de ayer.

  • Viernes 1 de enero

Algo increíble pasó. Ya casi me había olvidado de escribir en este diario, pero ahora me pongo a escribir otra vez porque ayer a la noche pasó algo. Cenamos con mamá y papá en casa, pero apenas terminamos el brindis de las doce salimos para la plazita del barrio decampo. Me la acordaba mucho más grande, pero eso es algo muy común. Cuando uno es más chico siente que las cosas son más grandes de lo que en realidad son. Solo un cuadrado de pasto con algunos hamacas y un tobogán, y en el centro un círculo de baldosas rosas y un mástil con la bandera de Argentina. Las veces que había ido antes, cuando era más chico, no había nadie en el lugar más que yo y mamá o papá, o la abuela Vero, pero ayer a la noche estaba lleno de gente. Todos con barbijos y separados por el tema del virus, pero algunos chicos corrían entre la gente, creo que jugando a “la mancha”. Algunos adultos pasaban y saludaban a mamá y a papá como si los conocieran, diciendo: “Feliz año”, a lo que ellos respondían de la misma manera. Apenas llegamos trajeron un gran carro con un muñeco gigante hecho de papel, y un hombre panzón y sin camisa se acercó y lo prendió fuego desde los pies. En pocos segundos las llamas crecieron tanto que casi todo el muñeco estaba cubierto de fuego y ya comenzaba a romperse y a derretirse. Yo miraba el fuego hipnotizado justo cuando algo en el piso me llamó la atención. Era el láser. Se movía como un grillito rojo que saltaba entre mis pies. Enseguida me di la vuelta y giré mi cabeza de lado a lado buscando descubrir al que estaba usando ese láser. Lo encontré, o mejor dicho, la encontré. Tenía la piel del mismo color que el dulce de leche, y el pelo castaño, largo y tan lacio que brillaba por el reflejo del fuego. Pero lo primero que vi fueron sus ojos marrones y finitos como dos almendras que me miraban asomando por encima de su barbijo como si supiera que no era la primera vez que veía su láser, como si hubiera estado en ese lugar esperándome a mí, y a nadie más. Pero así como me miró fijo durante un momento que pareció eterno, se dio la vuelta y corrió perdiéndose entre la gente.

Cuando volví a casa y me acosté, tenía mucha intriga de que vuelva a aparecer ese láser por las ventanas redondas del techo. Esperé en la cama casi dos horas hasta que ya no aguanté más y me dormí.

  • Sábado 2 de enero

¡Apareció!
Anoche nos acostamos más temprano que de costumbre. A eso de las nueve papá se puso a cortar en fetas la carne del asado de la noche anterior para armar unos sanguches que terminamos de comer, y cerca de las diez o diez y media ya estaba en mi habitación. Fue un día medio pesado, aburrido, y la verdad es que lo único que quería era que pase para que llegue la noche y esperar a encontrarme otra vez con el láser. Había pensado en fijarme bien por cuál de las dos ventanas entraba, para ir al otro día a buscar la casa de la chica con los ojos como almendras. No sé bien para qué pero me gustaría, al menos, verla de lejos una vez más.

Subí a mi habitación y me tiré en la cama a esperar con mis ojos clavados en ese espacio vacío que se arma en el techo “a dos aguas” entre las ventanas. La única vez que había visto el láser ya estaba medio dormido, pero esta vez quería estar atento al momento justo en que aparezca para poder ver bien de qué ventana venía. En ese momento me pareció que fue eterno el tiempo que esperé pero enseguida vi mi reloj y no habían pasado más de quince minutos para cuando el láser apareció por la ventana de la izquierda atravesando el techo hasta salir por la de la derecha, titilante y moviéndose como tímido y nervioso a la vez, hasta que se apagó. Y ya está, eso fue todo. Esperé como dos horas mientras escuchaba que mamá y papá iban al baño, se lavaban los dientes, papá hacía sus gárgaras con bicarbonato como siempre, y hasta que cerraban la puerta de entrada con llave y el silencio se volvía absoluto. Ahora eran los perros y sus ladridos los únicos que me acompañaban en la espera. Recordé que había visto dentro del armario una pelota de tenis y pensé en que tal vez podría usarla para entretenerme. La reboté un par de veces contra una de las paredes pero enseguida dejé de hacerlo porque me dí cuenta de que era algo muy ruidoso. En realidad era que había demasiado silencio. Intenté leer un rato el libro que me traje. Es un libro sobre los mitos griegos escrito por una mujer que se llama Graciela Montes. A pesar de que es la segunda vez que lo leo y me encanta leerlo, no pude concentrarme para nada, así que lo dejé. Solo quería mirar ese espacio entre las ventanas, pero por mucho que me esforcé para mantenerme despierto el láser no volvió a aparecer y el sueño me terminó ganando.

Hoy me desperté ansioso, y apenas terminé el desayuno salí de la casa y me paré justo debajo de la ventana por la que el láser había entrado. Me di la vuelta apoyando la espalda contra la pared y mientras me cubría los ojos del sol con la mano, intenté descubrir algún lugar desde el que podría haber salido el láser. Puro bosque y pasto se veía en esa dirección. Para poder ver más allá debería llegar hasta la esquina y doblar a la izquierda. Le pregunté a mamá si podía caminar, y ella quiso acompañarme. Así que caminamos los dos hasta la esquina y continuamos calle arriba. Seguía siendo todo árboles, arbustos y pasto, pero justo cuando llegamos a la esquina siguiente pude ver que doblando de nuevo a la izquierda, casi al final de la cuadra, parecía haber una de esas entradas para autos que pasan por encima de las zanjas. Enseguida le pedí a mamá que sigamos caminando un poco más, pero ella necesitaba volver porque había dejado algo cocinándose y me prometió que mañana podíamos caminar más. No quería volver pero tuve que aceptar la propuesta de caminar mañana. Después de almorzar mamá se fue a dormir la siesta mientras papá y yo jugamos a hacer pases con la pelota, pero la verdad es que yo solo pensaba en si esta noche aparecerá el láser o no.

  • Domingo 3 de enero

No apareció.
Después de desayunar le recordé a mamá nuestra caminata, y en pocos minutos ya nos estábamos poniendo los barbijos para salir. Cuando pasamos justo por la entrada para autos, me hice el disimulado y me agaché como juntando unas piedritas que había en el camino. Aproveché para observar lo máximo posible. Del otro lado de la tranquera de la casa comenzaba un camino recto de piedritas naranjas que terminaba justo debajo de esos grandes portones de garaje que suben y bajan para que entren los autos. ​ Más adentro del terreno se veía una pequeña escalinata que daba a la puerta de entrada, cubierta por un alero por encima del cual asomaba el segundo piso. En toda la casa solo se veía una ventana en el segundo piso, la cual parecía estar completamente cerrada al igual que todas las puertas y, por como estaba de crecido el pasto, daba la impresión de que nadie venía desde hace un buen tiempo. Volvimos.

Estoy algo confundido y ya no quiero pensar en esto, así que voy a ir a juntar ramas para el asado que papá va a hacer a la noche. No me aguanté. A la tarde, un rato antes de que se vaya el sol, le pedí a mamá si me dejaba ir a andar en la bicicleta del tío Marcos. Ella me dijo que no, que no conocían muy bien el barrio. Pero le insistí y me dejó, aunque me hizo prometer que no me alejaría más allá de nuestra cuadra. No era lo que yo quería, pero igual acepté, le pedí a papá que me infle las ruedas mientras yo buscaba en mi habitación la pelota de tenis. Se me había ocurrido algo. Cuando la encontré la guardé en mi bolsillo, e puse el barbijo y salí.

Estaba decidido. Si era rápido, no se darían cuenta. Fui y vine como tres veces por la calle, y a la cuarta vez, viendo que ni papá ni mamá estaban mirando, doblé a la esquina y me paré en la bicicleta pedaleando como nunca antes. En muy pocos segundos ya estaba frenando la bicicleta de golpe frente a la entrada para autos. Miré hacia adentro y comprobé que todo seguía igual que a la mañana. Me aseguré que nadie me viera desde la calle, y con todas mis fuerzas tiré la pelota de tenis que fue a rebotar sobre el techo del garaje y cayó por detrás, al jardín trasero de la casa. Ahora tenía una excusa para entrar. Primero intenté llamar: “¿Hola?”. Pero nadie salió. Después intenté con el típico aplauso de las casas en el campo. Pero nadie salió tampoco. Iba a entrar. Nervioso pero seguro trepé la tranquera con el mayor de los cuidados para que el candado y su cadena no se agiten haciendo ruido. Cuando salté y caí en el pasto que me llegaba hasta la rodilla sentí miedo pero ya no tenía vuelta atrás. Me acerqué hasta la escalinata de la entrada y golpeé la puerta solo para comprobar que no había nadie. Caminé hasta el garaje y lo rodeé atravesando un pasillo que se armaba entre la pared y los enormes arbustos que cubrían los alambres del terreno. Detrás del garaje había una pileta de cemento vacía. El pasto estaba tan alto que no llegaba a ver dónde pudo haber caído la pelota. Me acerqué hasta el borde de la pileta pero solo se veían algunas hojas secas y un poco de tierra, sin rastros de la pelota. Me dí la vuelta y vi que en la parte trasera de la casa había una puerta de metal con una ventana en el centro. Me acerqué pero la ventana estaba cubierta por una cortina que solo dejaba algunas hendijas por las cuales intenté mirar cubriéndome los ojos de los últimos rayos de sol que se colaban entre los árboles. Cerca de la puerta solo se veían unos papeles sobre una mesa, pero la cortina no me dejaba ver mucho más allá. Mientras movía mi cabeza contra el vidrio de la puerta para buscar alguna hendija que me deje ver más, el ruido del motor de un auto pasando por la calle me sobresaltó. No había encontrado la pelota pero tenía que volver, ya era demasiado tiempo. Después de todo era muy posible que esa casa nada tuviera que ver con la niña del láser.

  • Lunes 4 de enero

Mamá y papá se dieron cuenta de que ayer me alejé con la bicicleta. Me dijeron que la cosa no está para que ande solo por ahí, aunque fuera en el campo. Me preguntaron por qué me alejé y les dije que me aburría andar en la cuadra. Como no hay más que una bicicleta me dijeron que podíamos salir los tres, ellos caminando y yo en la bici. Les dije que en ese momento no tenía muchas ganas de hacer eso. En realidad no tenía muchas ganas de hacer nada, así que estuve casi todo el día viendo algunas películas de Harry Potter que me había llevado descargadas en la compu de papá ya que era domingo y no necesitaba usarla para trabajar. Recién a la tarde mamá me pidió que la ayude a arreglar el jardín, así que eso fue todo. El láser no apareció.

  • Martes 5 de enero

Todavía me siento raro. No sé bien qué pasó ni cómo. Anoche estaba acostado en la cama leyendo el libro de mitología griega, hasta que el láser rojo volvió a atravesar las ventanas. Ahora estaba fijo, aunque también titilante. Lo primero que sentí fue algo de miedo, y hasta pensé en ir a despertar a mamá y a papá para contarles y que me expliquen qué estaba pasando. Pero enseguida recordé a la niña de ojos como almendras, y pensé que ni papá ni mamá tampoco sabrían qué es lo que pasa. Por unos segundos me quedé quieto en la cama como si estuviera clavado, sin moverme, y sin saber qué hacer, hasta que se me ocurrió una idea. Intentando hacer el menor ruido posible, arrastré la cama sobre el piso alfombrado hasta ponerla justo debajo del espacio entre las dos ventanas. Pero no era suficiente, así que puse la silla del escritorio del tío Marcos encima de la cama, y me subí con mucho cuidado para no caerme. Agarrándome del borde de la ventana por la que entraba el láser alcancé a mirar a través. Incluso tomando el riesgo de ponerme en puntas de pie era muy poco lo que alcanzaba a ver, pero con el mayor de mis esfuerzos logré distinguir entre las ramas y la oscuridad de la noche, la ventana del segundo piso de la casa por la cual escapaba la luz roja del láser, atravesando el cielo negro hasta pasar por encima de mi cabeza. No podía creerlo, pero menos puedo creer hoy lo que hice después de eso.

Cuidando de no caerme bajé de la silla y, como si lo hubiera hecho antes, bajé la escalera caracol, tomé las llaves de la repisa donde papá las guardaba, me puse mi barbijo y salí con la bicicleta sin hacer el menor ruido.

El corazón me latía como nunca cuando doblé en la esquina calle arriba mientras el viento en la cara me secaba los ojos y hacía un ruido que solo se detuvo cuando frené la bicicleta justo delante de la entrada para autos. Ahora el viento ya no hacía tanto ruido y el silencio de la noche me congeló el cuerpo de miedo. Pero ya estaba ahí y tenía que volver a cruzar por encima de esa tranquera. Así lo hice, no sin antes asegurarme de que nadie podía verme. Cuando toqué el pasto largo de la casa con mis pies, pensé en que debería haberme puesto pantalones largos para proteger mis piernas que ya me picaban por el simple roce del pasto con mi piel. Levanté mi mirada hacia la ventana del segundo piso pero nada parecía estar distinto. A medida que me iba acercando a la casa la luz de la calle se iba, dejando en su lugar la poca luz de la luna tapada por el cielo nublado. Esta vez decidí que lo mejor sería pasar directamente hacia el jardín trasero ya que lo único que quería era ver esa ventana por la que salía la luz del láser. Me acerqué al garaje mientras los mosquitos zumbaban en mis orejas, y
caminé despacio hasta llegar al pasillo que se formaba entre la pared y esos enormes arbustos que ocultaban la poca luz de la luna. Estiré mis brazos por temor a golpearme con alguna rama sin verla, y avancé algunos pasos con mucho cuidado. Ahí fue que me detuve, no porque vi algo o escuché algo, sino porque mis manos se encontraron con una cara, su cara. Al principio me asusté y saqué mis manos, pero ella encendió su láser apuntando hacia el pasto y ahora era eso lo único que mis ojos hipnotizados podían ver, hasta que volvió a apagarse. Mientras mis ojos intentaban acostumbrarse de nuevo a la oscuridad, sentí una de sus manos que tocaba mi cara. Estiré mis brazos de nuevo hasta que mis dedos alcanzaron su cabeza con su pelo lacio, sus orejas, su barbijo y su nariz. Nada veía con mis ojos pero su imagen se armaba con total claridad. No sé cuánto tiempo duró pero para mi fue un momento larguísimo que terminó cuando ella tomó mi mano y me dejó la pelota de tenis del tío Marcos. Y mientras cerraba mi mano escuché sus pasos alejándose hacia el fondo de la casa. Por un segundo me quedé congelado, hasta que enseguida reaccioné y corrí detrás de ella, pero ya era tarde. No estaba, ni afuera ni tampoco parecía haber abierto la puerta de la casa. Había desaparecido en la oscuridad. Me acerqué a la pileta en donde solo había un sapo que saltaba entre las hojas secas. Tomé algo de distancia y miré hacia arriba en busca de algún movimiento en la ventana, pero nada apareció.

Hoy nos toca volver a Buenos Aires. Mientras vamos por la ruta escribo y pienso que debería haberme quedado más tiempo esperando a ver si volvía a aparecer, o incluso golpear la puerta y arriesgarme a que salga otra persona. Me llevo la pelota como un recuerdo de estos días, que todavía no sé si son días de tristeza o de alegría. Espero algún día descubrirlo.

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí