Quiso hacer como si su espalda no hubiera sentido el pinchazo frío del aguijón al penetrar su carne temblorosa. Pero no tardó en notar que el veneno ya se esparcía por su cuerpo, como si fuera la misma diáspora que había traído a sus antepasados a habitar esas tierras tan propias como ajenas. Pensó que, tal vez, eso era la muerte. La injusticia poética del final augurado. Porque no existen certezas que logren disipar ese deseo que se guarda desde el primer aliento, durante todo el tiempo que dura una vida, de que solo se trate de eso. De un augurio. Al menos no hasta ese momento en que, en su caso, pudo sentir su sangre espesarse mientras un sudor helado escapaba de sus poros, como si fuera un inefable aviso fúnebre. Y ya, con la irremediable comprobación de que aquel añorado augurio nunca fue tal, quiso recordar su rostro. El de aquel muchacho que tuvo la gentileza de ser su hijo. Pero su esfuerzo por recordar fue en vano. Porque lo último que sintió fue un cosquilleo en su brazo, como si se tratara de las patitas del agresor, que ahora abandonaba su cuerpo con la satisfacción jactanciosa de quién ve realizada su tarea. Pero no murió, aún, sino que dejó de sentir. Y sus piernas entumecidas se doblegaron ante el peso de su propio cuerpo inerte, desplomándose sobre la tierra de aquel páramo que tanto amaba, y que ahora lo recibía con tanto cariño y tanta avidez. Porque el polvo de aquel terreno seco no esperó demasiado para saltar sobre su rostro, hasta inmiscuirse entre sus labios para disputar con su boca todo vestigio de humedad. Resignado ante la impotencia de su lengua, logró desviar su atención y, con las últimas dádivas de una vista evanescente, creyó distinguir una semilla de araucaria que reposaba sobre un pequeño montículo de tierra. Y todo ese esfuerzo empeñado previamente ya no fue necesario. Porque el sonriente rostro trigueño de su hijo se impuso en su pensamiento. Su pelo del color de la melaza y su constante sonrisa augural. Recordó los ríos y las noches. Recordó sus dedos y los suyos levantando esas mismas semillas para saborearlas. Recordó habérselo enseñado. Y recordó enseñarle, también, que ese nombre, el del árbol de esa semilla, era, como el de su tierra y el de su pueblo, un nombre ajeno que solo sirve para inventar desiertos. Pensó que ese era el camino más noble que podía tomar. El de inmiscuirse entre la tierra y las semillas para seguir negando esos desiertos. Asignó el más exiguo de los esfuerzos para alcanzar con sus dedos, a pocos centímetros de distancia, aquella singular semilla con la que deseaba destronar esos desiertos. Pero la sorpresa lo turbó aún más, cuando las yemas de sus dedos se estremecieron ante el frío cuerpo de esa semilla que amenazaba con no ser tal. Y lo invadió la angustia de quien se descubre a sí mismo en una situación que ya había decidido olvidar. Pensó en que, tal vez, esa semilla fría como el casquillo de una bala, no era una semilla; que aquel cosquilleo que sintió en su brazo no eran las patitas del verdadero agresor abandonando su cuerpo tieso; que no era el dolor del veneno el que se esparció entre sus nervios; que no había sido un aguijón lo que penetró la carne temblorosa de su espalda; y que todo su cuerpo ya estaba temblando por el ruido estridente y ensordecedor del estruendo, incluso antes del pinchazo frío. Pensó, entonces, que era momento de decidir: cerró sus dedos sobre la semilla, deseando combatir al desierto. Y mientras sentía cómo el polvo, habiendo ya conquistado su boca resignada, avanzaba por su garganta, lo invadió una alegría indiferente. Porque pudo recordar otra vez. Entonces supo que, de ahora en más, la sonrisa de su hijo lo acompañaría. Después de todo, quizás, ese final, su final, era solo un augurio.