Recuerdo que hace bastante tiempo mis padres me llevaron, como todos los años, a la marcha del 24 de marzo. Sin dudas, no era la primera vez que iba pero tal vez fue la primera en la que mi memoria decidió seleccionar recuerdos. Caminábamos los cuatro -mi hermana, mi mamá, mi papá y yo- a la par de la multitud que escoltaba la interminable bandera con las fotos en blanco y negro de esas personas que, según me habían contado, allí estábamos homenajeando. Eran desaparecidos y asesinados por los militares que unos cuantos años antes habían tomado el poder del país, sumiéndolo en el más profundo de los terrores. Recuerdo que se respiraba un aire de hermandad, de comunidad, pero que también se sentía una latente tristeza, de esas inefables que te acompañan y no se van. Sin dudas, esa historia que tantas veces me había contado mi familia, me resultaba algo muy triste, violento y hasta me hacía probar apenas un poco de aquel miedo que se había tramado infundir. Pero había algo que no terminaba de comprender. Así fue que le pregunté a mi papá: “¿Por qué estamos, nosotros, hoy acá?” Si esto fue hace tanto tiempo, si aquellas personas de las fotos ya han sido desaparecidas y asesinadas, y si los secuestradores y asesinos ya no están en el poder, ¿por qué estamos hoy acá nosotros? Y aún más, ¿por qué está toda esta gente acá también? A lo que mi padre me dio la respuesta que mi ingenuidad de niño no podía encontrar: “Para que sepan que se van a tener que enfrentar con todos estos si se les ocurre hacer algo”. Con su respuesta me bastó, pero no podría decir que me tranquilizó. ¿Acaso 30.000 no son muchos también? Sí, es cierto que la avenida de Mayo se veía colmada hacia donde se mire, pero nunca me había propuesto tampoco ver a 30.000 personas todas juntas en la calle. Imaginaba que no se vería tan distinto. ¿Cuántos son 30.000? ¿Cómo son 30.000 personas? ¿Qué es decir “30.000”? ¿Cúal es el sentido de la dimensión “30.000”?

En el pasaje del siglo XVII al XVIII se produce un cambio radicalmente significativo que ubicaría en la historia uno de los momentos inaugurales del pensamiento moderno occidental. Se trata de una concepción distinta del “yo” de la que se consideraba en el siglo XVII. Mientras que para la filosofía clásica del s. XVII la existencia del “yo” se conceptualizaba como una excedencia de la existencia en tanto que existencia en el espacio, la intervención de Kant y -más tarde- el romanticismo introduce a la existencia en la sucesión temporal. El cogito de Descartes en su célebre fórmula (cogito ergo sum: pienso, luego existo), ya no puede ser formada por el “yo pienso el espacio” sino más bien “yo pienso el tiempo”. Si para la esencia del barroco el problema está en la búsqueda de un centro de referencia en el espacio, para el romanticismo se trata de la orientación en el tiempo.

Esta transformación que introduce el pensamiento moderno emerge sobre el final del s.XVIII a partir de la discusión entorno al concepto del infinito actual.[1] Para Kant, no es posible considerar la existencia del infinito actual, es decir de un conjunto infinito de elementos en acto, siendo esto una base fundamental para el pensamiento del s.XVII. Y así lo considera porque, precisamente, no puede prescindir del tiempo en la conceptualización. El infinito no puede tener un término definido, sino que más bien se trata de lo indefinido. El infinito actual expuesto a la sucesión temporal se transforma en una síntesis temporal que no puede ser definida. Se marca así la diferencia entre el infinito actual y el infinito que solo es en tanto que potencia, es decir, con indefinición de sus elementos. Es la diferencia entre el conjunto y la serie.

Con la intención de ser claro, tomo aquí un ejemplo con el que el mismo Kant expresa sus consideraciones. Él toma el ejemplo de un círculo. En el concepto de círculo se sobreentienden dos cosas: que es posible trazar tantas líneas rectas desde el círculo hacia su centro (o sea el radio del círculo) como se quiera; y que cada una de estas líneas rectas va a tener la misma dimensión que cualquier otra recta que tracemos en el círculo. En consecuencia, nos podría parecer correcto decir que todos los radios son iguales. Pero esta aseveración es para Kant un contrasentido, o más bien, lo que él llama una función lógica de la universalidad del juicio[2]. Decir que “todos los radios son iguales”, en realidad, solo puede significar que cada línea y no la totalidad de las líneas que pueden ser trazadas sobre una superficie a partir de un punto dado tendrá las mismas dimensiones que el resto de las líneas, ya que siempre existe la posibilidad de trazar una nueva línea entre dos líneas trazadas y así al infinito. Esto significa que no es posible la totalidad simultánea de las líneas trazadas, porque siempre vamos a tener la posibilidad de trazar una nueva. Pues porque el tiempo no es algo que se presuma, y el acto de trazar una línea es siempre preexistente al juicio de la totalidad. Es entonces que ya no se trata de un infinito actual, o mejor dicho: el infinito actual es solo una universalidad del juicio cuya función lógica no considera al tiempo. Y lo que hace Kant es, precisamente, incorporar al tiempo, adoptando una función distributiva del juicio que produce la síntesis temporal.

En una sucesión temporal, es decir en una duración, la cantidad de líneas que pueden ser trazadas en el círculo es indefinida y no infinita, o bien, lo que podría denominarse como infinito potencial. Esto implica un enorme cambio cosmológico, porque hace que sea necesaria la consideración de cada línea trazada como una línea que es trazada aquí y ahora. Cada una de las líneas que se trazan están sujetas al tiempo, a la duración de su trazado, puestas en una serie de trazos indefinidos. El sujeto que constituye la línea ya no puede ser considerada en subordinación al espacio sino que es puesta en la serie de la sucesión temporal indefinida. El “yo pienso” debe ser entendido como un “yo pienso el tiempo”.

Se estarán preguntando: ¿a qué viene todo este racconto? Pues a que esta potencia de lo indefinido, de lo indeterminado -porque no tiene término ni fin-, es lo más cerca a una respuesta de aquello que mi no tan ingenua conciencia de niño sospechaba entre la multitud aquel 24 de marzo. ¿Qué es lo que se está diciendo cuando se dice 30.000? ¿Cuál es la dimensión de ese número, y aún más, de la acción performática que implica decirlo?

Como alguna vez el escritor Martín Kohan ha sabido decirle al más pérfido de los consejeros pérfidos: el mismo número es una denuncia de los hechos, de la sustracción de los cuerpos, del secuestro de bebés, y del ocultamiento (incluso hoy vigente) de archivos que podrían ser centrales para la restitución de la identidad a personas que todavía en nuestros días están privadas de ella. Decir “30.000” es muchas cosas menos una cuestión aritmética. Y es ahí en donde puede haber una pista para desentrañar y desarticular las motivaciones de ese negacionismo que siempre encuentra momento para retomar sus intenciones. El negacionismo no se propone negar la historia, ni en nuestro país ni en el mundo. El negacionismo nunca se propone borrar los hechos. Se propone algo incluso más perverso, que es borrar los vínculos, las relaciones entre los hechos, es decir, la puesta en serie de los acontecimientos. Encorsetar la historia en las limitaciones de un conjunto ya dado, definido, determinado. El negacionismo es una práctica de ejercicio de poder cuya función lógica, es un contrasentido que presume la existencia del conjunto con sus partes infinitas ya determinadas. Es una cosmología del infinito actual, que sus intenciones son las de obturar la potencia de la sucesión temporal, de la puesta en serie.

Y es en este sentido que me gustaría retomar aquella pregunta y aquella respuesta de mi padre aquel día: ¿por qué estamos acá? ¿por qué cada 24 de marzo vamos al encuentro de esas fotos en blanco y negro que parecen tan distantes como cercanas? Porque 30.00 es un número que es una potencia. Porque 30.00 no es sólo un número abierto como denuncia de que, precisamente, el horror de la dictadura cívico-militar ocultó la verdad de sus atrocidades. Es especialmente un número cuya cosmología se comprende en el infinito potencial. Es un número, una dimensión puesta en la serie de una sucesión temporal. Es decir una potencia. Una potencia del pensamiento (Memoria), una potencia discursiva (Verdad) y una potencia del acto (Justicia). Para que se sepa lo que pasó, para que no vuelva a pasar y para que no siga pasando.Y como toda potencia aumenta o disminuye, la respuesta a mi pregunta inicial es lógica. Estamos ahí, y siempre estamos ahí para aumentar la potencia de los 30.000.


[1] Para mayor precisión algebraica y aritmética al respecto recomiendo el excelente artículo en dos partes de Ana Legaspi, también publicado por la revista La isla.

https://revistalaisla.com.ar/infinitos-infinitos-parte-i/ https://revistalaisla.com.ar/infinitos-infinitos-parte-ii/

[2] Las citas de Kant son de la correspondencia que mantuvo con su amigo Marcus Herz, y han sido extraídas de un curso sobre Spinoza que realizó Gilles Deleuze en la universidad de Vincennes en Francia, entre 1980 y 1981: Deleuze, G. En medio de Spinoza. (2019). 3a (ed.). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Cactus.

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